sábado, 31 de diciembre de 2011

El año que se va

La tarde es fría mientras camino por la ciudad de México. Un viento atípico en los últimos días rasga mi rostro y los últimos momentos del último día del último mes del año 2011. Mis pasos son vigilados por el Angel de la Independencia y la Diana Cazadora. Camino sobre el Paseo de la Reforma. Es una calle preciosa. Me encanta recorrerla más por la tarde que de día o de noche. Y en invierno. Es en esta época cuando su belleza escondida surge de su interior, brotando y salpicando a todos los que tenemos la dicha de recorrerla. Esa belleza no se debe a los adornos navideños. Por supuesto que no. Los tonos marrones que pintan sus cielos, bordeados por los edificios, palmeras y esculturas, me brindan una alegría y optimismo como en ningún otro lugar.
Mis pasos me llevan a una plaza comercial cerca de Insurgentes. Recorro sus pasillos y encuentro una librería. Entro y echo un vistazo. La tienda está relativamente desierta. Todos atiborran las tiendas de ropa, de juguetes y de alcohol. Nadie regala libros en estas fechas, o quienes lo hacen son los menos. Sólo una vez he recibido por obsequio un libro y no fue muy de mi agrado: aunque admiro su trabajo, Rius no entra en lo que yo considero "libros". Decidí comprar un par, aunque al final fueron tres en total. Presentes para mí. Un par de clásicos que no he leído y que tarde o temprano hay que hacerlo: Los Miserables de Victor Hugo y Ana Karenina de Tolstoi, además de una colección de cuentos de Borges. Siempre que alguien con quien compartía mi vida me preguntaba qué quería de regalo de cumpleaños o de navidad, siempre daba al menos diez títulos de libros, incluídos los dos primeros. Luego me preguntaban por películas y discos, y al final me regalaban una bufanda o una taza. ¿Para qué molestarse con tanta pregunta entonces?
Al pagar en caja el trío de tesoros, recibí el mismo comentario de los últimos días al hacer cualquier compra. "Feliz año nuevo", musitó el empleado. "¡Ah, es cierto!, dije en tono de suma felicidad, ¡feliz año también para ti!". Mi audaz comentario, aunque en tono sorpresivo, logró arrancarle una sonrisa nerviosa al empleado. De esas sonrisas que significan "que ya se aleje este sujeto". Eso me alegró el momento.
Volví a caminar por los pasillos del centro comercial y encontré un café. El segundo mejor lugar para sentarse a pensar. El primero es un buen bar sin tanto ruido. Ocupé un lugar alejado del ir y venir de los clientes, en una mesita afuera del establecimiento. Una chica llegó a atenderme. Pedí un express doble seguido de un americano. "Enseguida", respondió la chica mientras me veía directamente a los ojos y sonreía. No entendí si me quiso decir algo con la mirada. Abrí mis recientes adquisiciones y hojeé los dos clásicos. No dediqué a esto más de un par de minutos. Pero Borges dedicó toda mi atención. Comencé a leer un primer cuento suyo. A la mitad de mi lectura, regresó la chica con mi orden. "Creí que primero querrías tu express doble; en cuanto me digas te traigo tu americano", me dijo sonriendo. Me agradó su sonrisa, se lo agradecí y volví a mi lectura. Terminé de leer ese primer cuento, junto con mi express, y cerré el libro. Borges me resulta increíble, fascinante. En sus cuentos, nunca encuentras un adjetivo de más. Él ejemplifica como nadie la máxima de "vale más encontrar el sustantivo perfecto que colgar adjetivos de más". Saqué mi libreta y mi pluma, las que siempre llevo conmigo, dispuesto a comenzar a escribir estas líneas. Le pedí a la chica que me trajera mi americano, lo cual hizo inmediatamente y ya sin la misma sonrisa anterior, pues ésta ya la disfrutaban un par de chicos en otra mesa. Y sonreían con ella. Eso me alegró.
Y comencé a emborronar mis pensamientos. Un año más que se iba. Un año dificil, de extremos, como han sido los recientes. Todos los años hago un recuento de lo pasado en el año. Atesoro lo bueno y lo malo. Toda experiencia es provechosa. Cosas muy buenas, seguidas de cosas muy malas. Sonreí cuando recordé alguna cosa curiosa. Me emocioné con algún triunfo ocurrido. Y cuando vinieron los momentos tristes, difíciles, dí un buen sorbo al café caliente para confundir la lágrima que derramaba con el dolor provocado por la quemadura en mi boca. Sigo sin creer que hay alguien que no volveré a ver en esta vida. Alguien con quien compartí todo y que ha partido de este mundo. Nos separamos hace más de un año. Cada quien que siguiera su camino, sin rencor y en buenos términos. Y al estar ahí en su sepelio, no creí que fuera quien estuviera en esa caja. La muerte ha pasado rozando mi vida y dejó mella. Pienso firmemente en escribir mi primer elegía. La primera y seguro que no será la última. Pero también pienso en ti que ahora has llegado a mi vida. Justo cuando sentía esa profunda pérdida llegaste tú. ¡Qué ironía encontrarte! Y que alegraras mi vida en esos momentos tan difíciles lo fue más. Lo que dure, ha de durar, siempre me he dicho. Y mientras dure, a ser feliz, juntos, si así lo quieres.
Bebí los últimos residuos de café y guardé mis cosas. Mi vista se alejó hacia la salida de la plaza comercial y suspiré con una mezcla de melancolía y resignación, y quizás un poco de esperanza. Esperanza. Eso es raro en mí. ¿Qué gozo puede haber en la vida cuando al mismo tiempo encuentras o provocas tanto dolor? Caminé nuevamente sobre Paseo de la Reforma hasta alcanzar mi coche. Ese olor a invierno nocturno sobre esa calle es inigualable. Quizás sea la última vez que lo percibo. Todos los días siempre pueden ser el último de hacer algo. Y no nos damos cuenta.
Ahora estoy tecleando mis emborrones. Terminando esta entrada del blog. Los emborrones que habían estado revoloteando en mi cabeza los últimos días y que no escribí en mi libreta. Porque no salí de mi casa. No caminé por Reforma, ni me sonrió esa chica, ni me quemé la boca mientras lloraba. Me quedé aquí, frente a la computadora, escribiendo y pensando, mientras el olor de la cena de año nuevo llena la casa de mi madre. Pienso en todo lo bueno y en todo lo malo de este año, y ahora no me quemo para justificar mis lágrimas. Pienso en mis amigos y les deseo lo mejor. A todos. Los vea o no. Pienso en sus males y tristezas y espero que pronto se solucionen, que alcancen la tranquilidad y el remanzo ordinario que existe en la vida, como yo espero que ocurra en la mía. Pienso en mis muertos y busco una resignación dificil del alcanzar. Y a punto de apagar la computadora, recibo tu primer mensaje de la noche. Creo que tenemos futuro si tú así lo decides. Pienso que tú me alegras la vida como hacía tiempo que no lo hacían. Lo que dura, ha de durar, pienso nuevamente. Espero que tú sí me regales a Victor Hugo o a Leon Tolstoi. Y pienso en el olvido en que tengo a muchos de mis amigos. Y también pienso que ya es una entrada suficientemente larga para celebrar que sobrepasamos las 5 mil visitas.
¡Feliz año a todos! A los que lean este blog, a los que lean esta entrada. Y a los que no, pues también.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Letras románticas I

He de confesar algo. Para quienes me conocen de muchos años atrás no será nuevo. Para los que me conozcan recientemente pues quizás sea sorpresa y para los que no me conozcan es intrascendente, como casi todo lo contenido en este blog. Mi confesión es que soy un romántico. ¡Qué novedad! Pero hay que aclarar qué clase de romántico soy. Por que los hay de muchos tipos. No soy de los que regala flores en la segunda cita, o recita poemas al pie del balcón de su amada, o se tatúa su nombre como muestra de llevarla en la piel; ni de los que acosa en todo momento con llamadas, mensajes o correos cursis. Soy de otra especie. De aquella que cuando despierta piensa en esa persona. Que antes de dormir y en sueños dice su nombre. Del que se enamora 15 veces al día al contemplar la belleza que camina por las calles. Del que canta la canción que recuerda a la prenda amorosa, a la relación intensa o melancólica, al profundo momento de unión o de separación entre tú y yo, existas o no. Soy del tipo que en sus brazos susurra un verso, una estrofa de cierta canción en su oído, con la única intensión de hacerle saber lo que siento en ese momento, porque para mañana o en cinco minutos el sentimiento ya será otro. Soy de los que viven el amor escribiendo poemas. Y leyendo poemas. Y prosas y versos que sientan, griten y compartan lo que se siente en ese momento, de todas las maneras posibles: sonriendo, sufriendo, llorando, muriendo, creciendo, amando, viviendo por esa persona, por esa relación, sea la que sea. Por supuesto que también soy partidario del amor como lo describe Joaquín Sabina. Pero hay ocasiones en que Sabina es incapaz de describir ciertos sentimientos. No son parte de él. Hay que buscarlos en otro lado. Hay que buscarlos en ese tipo de románticos del que soy parte. Un romántico del estilo de Manuel Alejandro.

Sí, por supuesto, ya estoy escuchando la pregunta obligada: ¿quien chingados es Manuel Alejandro? Manuel Alejandro es un compositor, músico, arreglista y productor español, que se ha mantenido en el medio desde los 60's. No voy a escribir una biografía de él, eso lo pueden ver en este link a wikipedia. Lo que quiero compartirles son algunas de sus canciones. ¡Puts, son hermosas!, románticas ciento por ciento. ¡No se cómo voy a elegir a las que pondré más adelante! En fin, vayamos paso a paso, ya me preocuparé por eso después. Entre las grandes voces de los 70's y 80's que grabaron sus canciones están José José, Raphael, Emmanuel, Rocío Jurado, Lupita D'alessio, José Luis Rodríguez "el puma", Julio Iglesias... ¡Puts, todas esas grandes voces románticas ochenteras! Y sigue vigente, pues por ejemplo recientemente Enrique Bunbury grabó la canción "Frente a frente" que es precisamente de Manuel Alejandro y que hizo famosa Jeanette en los 80's. Incluso, todas las canciones del penúltimo disco de Luis Miguel (el "Complices" del 2009) son de su autoría. Exceptuando a Luis Miguel, si soy fanático de todos los cantantes anteriores, es porque las canciones con las que me cautivaron fueron escritas por Manuel Alejandro (¡Todo mundo sabe que soy fanático de Luis Miguel!). Es decir, admiro a Manuel Alejandro por su concepto del amor.

Hay dos discos icónicos del romanticismo ochentero. Ambos compuestos en su totalidad por Manuel Alejandro. El "Intimamente... " de Emmanuel de 1980 y el "Secretos" de José José de 1983. El primero llegó a mi casa porque se lo regalaron a mi madre,  y yo contando con 5 o 6 años me encantaba escucharlo. El segundo fue el primer disco que pedí que me compraran. Sí, así es. No parchis, no menudo, no timbiriche. Jeje recuerdo que mi mamá no podía creer que quisiera ese disco.

En fin, cual si fuera curso de "Letras románticas I", veamos dos canciones de cada uno de estos discos. Espero entiendan lo dificil que resultó escogerlas porque la verdad, todas las canciones que integran ambos discos son preciosas. Añadiré la letra, la canción y al final la razón por la que me encanta. Labor titánica, cabe mencionar.

Intimamente... 
El día que puedas. Emmanuel

Ahora me voy, no me lo repitas,
estoy recogiendo las cosas precisas para irme a un hotel;
un par de pijamas, jabón, zapatillas,
y un par de camisas para no volver.

Ahora me voy, no me lo repitas, 
también me he cansado de tantas mentiras de no serte fiel;
aquí en esta bolsa me cabe la vida, 
con ella a la espalda, soy libre otra vez.

El día que puedas me mandas con alguien,
las cosas que ahora pudiera olvidar,
el libro de versos que yo te leía,
los días felices que no volverán.

El día que puedas me mandas con alguien,
las cosas queridas de mi propiedad,
las cosas comunes las tiras al aire,
que vuelen sin rumbo, que no duelan más, nunca más.




Esta canción me llega mucho. Demasiado. Plantea justo el momento de la ruptura de la relación, en el que uno sostiene la mirada al otro y quien la desvíe primero es quien ya no quiere saber más. ¿Cómo enfrentarlo? ¡Con valor! "Aquí en esta bolsa me cabe la vida, con ella a la espalda, soy libre otra vez". Hay serenidad en quien canta ante la ruptura, junto con un recuento de lo maravilloso que fue aquello vivido: "el libro de versos que yo te leía, los días felices que no volverán..."; y que sabe que a futuro, lo va a extrañar. Chillo con esta canción...

Intimamente... 
Tengo mucho que aprender de ti. Emmanuel


Enséñame, enséñame, a ser feliz como lo eres tú,
a dar amor como me lo das tú, 
a perdonar como perdonas tú,
sin recordar el daño nunca más, nunca más.

Enséñame, enséñame, a consolar como consuelas tú,
a confiar como confías tú,
a repartir sonrisas como tú,
sin esperar a cambio nada más, nada más.

Tengo mucho que aprender de ti, amor
tengo mucho que aprender de ti, amor
tu dulzura y fortaleza, tu manera de entregarte,
tu tezón por conquistarme cada día.

Tengo mucho que aprender de ti, amor
tengo mucho que aprender de ti, amor
como olvidas los enfados, como cumples las promesas,
como guías nuestros pasos cada día.

Enséñame, enséñame, a no mentir como no mientes tú,
a no envidiar como no envidias tú,
a ahogar las penas como lo haces tú, 
a compartir la dicha como tú, como tú.

Tengo mucho que aprender de ti, amor...






Esta es la segunda canción que, de niño al escucharla, me hacía llorar. Obvio, todavía. Esta canción magnifica a la persona que amas, la encumbra al cielo donde admiras lo que hace, porque no sólo reparte sonrisas y ahoga penas, sino porque te arranca suspiros y sonrisas al estar a su lado. Te hace querer aprender a ver la vida como esa persona lo hace y qué mejor manera de lograrlo que estando a su lado. "Como olvidas los enfados, como cumples las promesas, como guías nuestros pasos cada día", ¿hay algo mejor escrito para decir la admiración y amor que le tienes a quien vive a tu lado?



Secretos
Lo dudo. José José

Anda y ve, te está esperando, anda y ve,
no lo hagas por mí, que al fin y al cabo 
somos solo amigos.

Anda y ve, te veo nerviosa, anda y ve,
y que sientas con él, lo que en su día
tú sentías conmigo.

Pero lo dudo, conmigo te mecías en el aire,
volabas en caballo blanco el mundo, 
y aquellas cosas no podrán volver.

Pero lo dudo, porque hasta a veces me has llorado con un beso,
llorando de alegría, y no de miedo,
y dudo que te pase igual con él.



José José con esa gran voz que tenía. ¡Qué canción! Otra manera de enfrentar, no nada más una ruptura, sino claramente una traición. Una traición a mí, a ti, a lo nuestro que teníamos. ¿Vas a buscar mejor fortuna lejos de mí? Está bien, "anda y ve, y que sientas con él, lo que en su día tú sentías conmigo". Pero soy categórico y firme en mi pronóstico: "pero lo dudo, porque hasta a veces me has llorado con un beso, llorando de alegría y no de miedo, y dudo que te pase igual con él..." Quien canta le da la libertad a su ex que se marche. Que haga lo mejor para su convenciencia. Pero sabe que en el fondo jamás podrá volver a ser tan feliz como lo fue con uno. Y eso es tristemente cierto.


Secretos 
Esta noche te voy a estrenar. José José

No me dejas que te toque, 
ni la sombra de tu pelo, 
no me dejas que te roce
tu mejilla con un beso.

Si bailamos abrazados,
siempre estás diciendo "menos",
si me quedo con tus manos
las retiras al momento.

Ya está bien de niñerías,
ya está bien de tanto miedo,
ya no soy ningún muchacho,
sabes bien que te deseo.

Y en el fondo está lo mismo,
y en el fondo estás pidiendo,
que te llene de caricias 
como yo lo estoy pidiendo.

Hasta aquí he podido aguantar,
pero ya no habrá "adios" sin mil abrazos.
Esta noche te voy a estrenar
y a beberme tu amor de un solo trago.



¿A quién no le ha pasado esto? ¡A todo mundo! Desde chavo hasta cuando ya uno es un experto en estos asuntos del filtreo, del ligue pues. Sabes que me gustas, yo se que te gusto, ¿porque no me dices que sí a lo que sea, aunque sea de una noche?, que seguramente será intenso, pasional, inmenso como nosotros. "Hasta aquí he podido aguantar", decimos, y plantamos el beso, abrazamos y luchamos contra esa resistencia que ofrecen y que al final vencemos para terminar con lo que habíamos perseguido durante toda una noche, o durante toda una vida.

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Wooow, que letras tan chidas de Manuel Alejandro. Y a quien no les guste, con su pan se lo coma...

viernes, 16 de diciembre de 2011

De silencio y partida

De silencio y partida inundas mi vida,
Cubres de nada mis sueños voraces,
Saltas tejados, balcones, cornisas,
Triste me suenan tus excusas audaces.

Yo que te sigo pensando profundo,
Pensando conmigo, sin fin, cada instante,
Tú te dilatas cual sombra distante,
Creciendo en ti nuevos abismos nocturnos.

Tu "ya quiero verte" no suena sincero,
Tu "cómo te extraño" atiza mi fuego
De llamas de celos por no ser tu dueño,
Que encienden mis hojas, quemando estos versos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La utopía perfecta

Soneto.

He de confesarte que a estas alturas
eres sin duda utopía perfecta.
Suspiro etéreo, sueño entre penumbras
y abrigo que cubre mi larga espera.

Cuando tus manos me brindan ternura,
todo mi mundo se invierte al instante;
cálido a frío, prudencia en locura,
tu voz en silencio, todo en restante.


Cielo prohibido, mi calma serena,
tu cuerpo no es mío y eso me enferma,
purgo en silencio la triste condena

de verte con otro y ya no ser tuyo.
Regreso a mi vida, lloro iracundo;
contigo distante, yo me derrumbo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Escribiendo de día

Desde septiembre no escribo nada en el blog. Muy mal. Peor que en el abandono. Parece como si estuviera alistándome para alguna campaña política, o para el ejército, y por eso no he escrito nada.

Tantas cosas que contar, tanta weba de hacerlo. El día tras día, siempre aburrido, y no parece que exista más remedio que seguir igual, como zombi deambulando por las calles haciendo la misma diferente rutina diaria.

Esta mañana me falta talento. Las mañanas sólo deberían servir para desayunar y bañarse. Es imposible escribir con luz de día. Pero por alguna extraña razón, es a la única hora en que hoy tengo tiempo. Y ganas.

Puedo sentir que hay ojos mirando mis teclazos, mofándose en cada yerro que cometo, en cada error ortográfico, gramático o de pensamiento. Por eso debería prohibirse escribir de día.
Mejor de noche. Arropado con la oscuridad, no hay ojos que se tornen jueces, ni principios morales bailoteando en tu mente. Sólo bajo el ropaje de escribir en la noche, uno puede animarse a gritar en texto al mundo, "Ayer me besé con una chiquilla de preparatoria, que vestía uniforme azul con gris. Sus padres, a dos cuadras, esperaban su salida del colegio.". O vociferar "Anoche en mi viaje en el tranvía me hice el dormido para no ceder mi asiento a la señora con su bebé en brazos.". O tal vez confesar "La otra noche que salí a un bar con mi novia la hice enojar para que se marchara, sólo para quedarme a ver qué pasaba con el afeminado que me sonreía desde el otro lado de la barra". Son historias que sólo se pueden escribir de noche, no de día; y menos que las escriba yo, sobretodo tomando en cuenta que ni tengo novia ni viajo en tranvía. Es moralmente adecuado escribirlas de noche. ¡No está permitido escribirlas de día! Sonarían falsas, engañosas e inciertas.

Al escribir de día, uno siente el impulso de empezar su texto con algo como, "La mañana trajo una nueva ilusión a su morada". ¡Que hipocresía! Es como permitir que alguien más escribiera por ti. Que tu pluma la empuñara un inocente y pulcro caballero que viste planchado, que duerme sus ocho horas diarias y que jamás dice una mala palabra, creado por el aire fresco respirado de un nuevo día. Que asco. En cambio, al hacerlo de noche, acompañado del mejor de los tragos (que por cierto es el que tomas en ese momento), con el cansancio de la jornada, con el ímpetu del día frustrante, infructuoso y tortuoso, uno empezaría su texto así: "No dudaba que aquel día había sido el peor de su vida. Al pensar que mañana todo podría empeorar, sonreía". ¡Qué gusto el plasmar la verdad de tu sentir! La hipócrita mañana corrosiva que infecta tu visión, que te hace creer que el resplandeciente sol iluminará tu insípida vida, no debería influir en tu escritura. Ni en cuentos, ni en poesía, ni en tus ensayos. ¡En nada! Ni siquiera en tu vida.

A desterrar la mañana de nuestras vidas.
No cabe en los aprendices de escribanos,
de escritores, mucho menos de paganos.
La mañana solo debería servir
para tres cosas: leer el diario,
vestirnos de hipocresía
y despertar con alguien al lado.
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Escrito sábado a las diez de la mañana...

sábado, 24 de septiembre de 2011

La playita de Akumal

Pues ya de regreso. Dos semanitas en la playita de Akumal organizando el OSI 9 (Optics of Surface and Interfaces). Superchido... uno aprende un buen de cosas en estos congresos y sobretodo que uno no anda tan perdido. A veces cuando uno hace ciencia uno duda un poco de lo que hace, igual uno cree que sus resultados no le importarían a nadie. Pero luego cuando ves que hay gente haciendo cosas similares a las tuyas, compartes ideas y se consigue mejorar los trabajos.
Bueno, muy chido el asunto. Muy chido el lugar donde nos hospedamos. Ahí mismo se organizaron las pláticas. Pero muy cagado el asunto. Fue uno de estos hoteles gigantescos "all inclusive". Tragos, comida, refri, todo, todo, todo. Pero resulta que este hotel, como muchos, son de los que denunció en su momento La Jornada y muchos periódicos más, donde se vuelven playas privadas. Y así es. Para empezar como en todo hotel, sólo pueden deambular por ahí los que sean huespedes. Eso es obvio. Pero la playa resulta que es parte del hotel, tons no pueden andar por ahí más que los huespedes y los que trabajan en el hotel. O sea, los paisanitos del pueblo más cercano, nomás no pueden acercarse a vender sus chacharitas, ni a mover la pansita, ni ofreciendo mariscos, ni las pepitas o los de canasta. Todos los empleados del hotel, en todo momento te atienden con una enorme sonrisota. Un servicio excelente! Seguro a todos ellos les pagan una mierda y por eso pueden mantener a tantos. Y por eso los turistas se van tan contentos. Pinche atención de 10 que estoy seguro en ningún lugar del mundo!
El mar increíble... de pronto llovía y a los minutos salía radiante el sol... una pinche ginebra que de seguro costaba como 50 pesos la botella pero que era excelente!!!... el vino tinto de la casa una mierda, era boing de uva con tonaya... el vino blanco peeeooooor, autentico vinagre de vino blanco pa la ensalada... Las ruinas mayas que visitamos (no me pregunten cómo se llamaban porque ni me acuerdo); ahi tenías a los viejitos científicos pedaleando para ver las ruinas... la visita y nadada (aunque todos saben que yo no se nadar) al Gran Cenote... Superchido! La comida, excelente... los mariscos, la langosta, los cortes... estoy seguro que regreso como con 5 kilos de más... chinga, a volver a ser bulímico para bajarlos...
Le queda un paquetote a los alemanes que organizarán en dos años el siguiente OSI. La neta no les saldrá tan chido como nos salió este... Los viejitos científicos nadando en las albercas o en el mar... el partido de fut para cerrar el congreso... Aaaah y mi cuate Albert el argentino, que conocí en la disco... Próximo organizador de la siguiente convención en su casa "porque vos sabrás que tengo una barra que va de aqui a allá"... Y la belleza hermano, ¡la belleza por tooodos lados! Diooos, insisto, debería o prohibirse la belleza, o bien que sea obligado compartirla... ¡cuánta belleza, no mames! Y yo que soy un perfecto perverso, viendo y disfrutando la belleza alrededor... Superchido la neta!!!
Pero ya es tiempo de regresar... me hace falta disfrutar de mi música, cantar a Sabina, tocar mi guitarra, sentarme en mi sillón a leer, y obvio salir de antro... Jejeje sí la neta eso se extraña... Y de todo lo que uno aprende en estos congresos, me di cuenta que no es mi inglés lo que me hace falta practicar, sino dejar de ser tan calamardo y relacionarme más con las personas (como buen aprendiz de misántropo)... Es tan importante relacionarse como la investigación misma... Practicaremos en los antros... Haremos el enoooorme sacrificio... Total, no pasan que me digan "nos incomodas"... jeje, chinga... y para variar una noche en la disco a punto de cantarme el tiro unos weyes por "meterme con sus esposas"... chale, pos pa que las dejan solas!!! Eso me pasa por hacer favores y meterme con mujeres...
En fin, de regreso hay que retomar toda la chamba acumulada. A ver si nos damos la escapada para divertirnos un rato tras tanto trabajo en la playita de Akumal.

Presagios

Persiguiendo horizontes apareciste en mi vida. Surgiste distante entre céfiros lejanos. Sobre un rayo de luz nublaste mi conciencia. Traspasando mis sueños te acomodaste en un rinconcito, aquí cerca. Comiste de mi vida y dormiste en mi ser una mañana, muchas tardes y noches de espera.
De tu mano brotaron presagios, voces posibles de un jardín discreto donde tú y yo seríamos, por un instante, de amor eterno. Los presagios se hicieron, con el tiempo, pasado sereno. Lagos profundos, manantiales transparentes, con mi alma de fondo y nadando tus besos cuales peces multicolores.
Y de todos los presagios que tatuaste en mi cuerpo, omitiste dos importantes, consecutivos, inseparables: perder mi vida y que tú fueras mi única estrella; porque en cuanto fuimos uno, te dí mi vida a cambio de que te volvieras la mía entera.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Feeling on the rocks

Muros de arena se levantan,
tardes sombrías teñidas de sol
se entrecruzan y sangran,
gritando olvido sin voz.

Impetu de noche arroja pereza,
las olas se avecinan somnolientas
y la luna esta barca endereza,
extravío de rumbo alcanzado a tientas
por un pasado perdido de razón

Instantes como olas rompen sobre rocas,
aparecen tus ojos zurcando por mi oido,
dos últimos teclazos apurados a la netbook,
los hielos con el vodka golpetean mi boca
mientras aspiro a vivir pronto contigo
el idilio de beber un feeling on the rocks.

Que mañana el día decida
cómo escribo esta noche
del futuro de una noche
perdida en perdición.

domingo, 28 de agosto de 2011

México, un ejemplo para el mundo

México es hoy un ejemplo para el mundo. Todos los países voltean a ver nuestro presente y estudian nuestro pasado reciente. ¿Para qué? Para alejarse lo más posible de nuestro futuro. Para nunca acercarse a lo que México es hoy.

Somos la consecuencia del abandono de nuestro campo, del olvido en el futuro de nuestros jóvenes, de la esclavitud permitida en las maquilas, de la impunidad de los crímenes que se han cometido sin existir culpables y del desinterés de nosotros mismos hacia nuestra vida política y social. Hoy nos encontramos a donde nosotros mismos nos hemos llevado.

Pero por encima de todo, hay una razón general. La que cubre y emponzoña todo lo que toca. Que lascera y convive con nosotros en cada familia, en cada esquina, en cada rincón del país. Y hay que decirlo. Hoy nos encontramos "donde nos encontramos", por la corrupción.
Imposible negarlo. ¿Cuántas generaciones han crecido en este país con la ideología de "el que no tranza no avanza"? ¿Cuántas familias no han inculcado la importancia de "se chingó por pendejo"? ¿O "si no aprovechaste, qué pendejo"? Por ejemplo, un caso ideal:
- Fui tesorero de mi edificio durante un año";
- ¿Y cuánto te chingaste?;
- No, ¡nada!; todo fue derecho;
- Uy, pues que pendejo.
Cambiemos las últimos dos líneas por la respuesta común en nuestro país:
- Me los chingué con la mitad del varo.
- No pues sí. Yo hubiera hecho lo mismo. Cuando me toque...

Como sociedad tenemos muy enraizada la corrupción como un elemento social. Tal parecería que no podríamos hacer absolutamente nada sin la mordida. Alguna vez escuché al historiador Lorenzo Meyer externar la pregunta: ¿Porqué en México está tan arraigada la corrupción? El propuso que la corrupción está con nosotros desde la época de la conquista; leyes diseñadas por y para los criollos/españoles y que los indígenas jamás podrían cumplir. Fue una respuesta interesante de Meyer, aunque él mismo dijo que no lo podía entender bien.

Déjenme contarles tres historias de corrupción que recuerdo en este momento. Una vez platicando con un alumno, de esos faroles que se las dan de muy chingones, me contaba sus aventuras:
- Fijate pinche Hidalgo que la otra vez por mi casa, un wey de cablevisión que estaba trabajando dejó su coche abierto así de par en par.
- Uy pues a ver si no se lo chingaron, comenté.
- Pues claro, yo mero. Le chingué el rollo de cable y un equipo. ¿Como ves? A poco no fui chingón.
- ¡No mames!, protesté, ¿pero porqué se lo robaste?
- No, ni madres, no se lo robé. Me lo chingué por pendejo.
- Ni el rollo ni el equipo eran tuyos; eran del trabajador y tú se los robaste.
- Que no lo robé, me lo chingué por pendejo.
- Bueno y ¿para que quieres eso?
- Pues ya veré que hago, pero de mientras no me vi pendejo y me lo chingué.

Sí, esa urgencia de no ser pendejo haciendo que alguien más se vea pendejo es cotidiana en nuestras relaciones sociales. Otra vez, caminando por la calle recuerdo como un papá recagó a su hijo de 8 a 10 años porque había devuelto una cartera.
- Qué pendejo eres m'ijo, al menos, ¿te chingaste el dinero?;
- No papá, así se la regresé al señor como la recogí;
- Qué pendejo eres.
¿Tú crees que ese chamaco volverá a obrar bien? ¿Devolverá el cambio cuando se lo den mal? ¿Regresará los centavitos que se le acaban de caer a la abuelita y que no se dio cuenta? Sabiendo que en su casa, actuar de esa manera es "ser pendejo" jamás lo volverá a hacer, y tendremos, claro, ¡un ciudadano modelo!, criado en nuestras familias.

Y la peor de todas. Cuando daba clases en el CETis en una ocasión me abordó un papá con su hijo, un muchacho tranquilo pero flojo, preocupado por la calificación de su muchacho.
- Es que mi hijo lleva reprobados los dos parciales maestro.
- Pues sí. Tiene que ponerse a estudiar.
- ¿Y no habría forma de que me echara una mano?, me dijo cínicamente. Lo peor fue la manera en que el chavo se sintió incomodo ante lo que había dicho su padre.
- Claro que sí lo voy a ayudar; como a todos, le voy a dar chance de que vuelva a entregar sus trabajos, respondí haciéndome el desentendido ante la "propuesta". Pero el señor fue directo:
- No maestro, mejor nos arreglamos con una lana y ya estuvo con mi muchacho.
No pude evitar sonreirme. Y eso puso contento al señor. El chamaco, conociéndome tras dos meses de trabajo, apenas pudo verme a los ojos. Le dije al chavo:
- Si quieres pasar mi materia, entrégame de manera correcta todos los trabajos que te faltan y los que entregaste mal. En cuanto a usted, voltee a ver al señor, pues ¿qué le puedo decir...? Ya lo escuchó su propio hijo... Me dí la media vuelta y me fui.
El chavo no regresó a mi clase y no recuerdo si regresó el siguiente semestre. Supongo que no era la única materia en la que estaba mal. "Vamos a soltarles una lana a tus pinches maestros para que pases", seguro fue lo que dijo el sabio padre al pobre muchacho. ¿Qué podemos decir en la escuela cuando los propios padres inculcan esto?

Todos conocemos casos como estos o hemos caído en alguno. Desde pasarse un alto, manejar tu coche un día en que no circula, brincarse la verificación, colgarte de un diablito para tener luz, manejar sin licencia o dar una lana para agilizar un trámite. Yo creo que todos, o casi todos, hemos hecho alguno de los anteriores. Pero hoy debemos entender, que la próxima vez que seamos parte de un acto corrupto estaremos hundiendo más y más al país. Porque no hay diferencia entre soltarle 50 varos pal chesco al oficial si ando sin licencia o para agilizar mi papel en la delegación, que soltar 50 mil varos para que se cambie un uso de suelo, o soltar 500 mil varos para que todo un sindicato reciba menos prestaciones a cambio de más chamba, o recibir unos 10 mil dolares para que en la aduana esos trailers pasen sin pedo. No hay diferencia en el acto (aunque obviamente sí en las consecuencias, eso será materia de otra próxima entrada).

Debemos arrancarnos la corrupción como un mecanismo de nuestra economía, de nuestras relaciones sociales, ¡de nuestra sociedad misma! Si yo no acepto ser parte de un acto corrupto, entonces no permitiré que otros lo sean y entonces podré exigir. ¿Cómo puede ser posible que en México existan las Elba Esther Gordillo, los Vicente Fox, los Fernández de Cevallos, los Montiel, los Hank González y los Hank Rhon, los Creel, todos esos miembros de la clase política que son distinguidamente corruptos? Pues existen porque la sociedad en general los tolera. Los tolera porque muchos piensan que si se les permite a ellos hacer esos actos, a nosotros también se nos permitirá hacerlo cuando tengamos esas migajas de poder con las que soñamos y no seremos sancionados. Este es el pensamiento de la mayoría de la población, no el mío.

Es esa tolerancia al acto corrupto la que trae consigo el siguiente peor mal en nuestro país: la impunidad. Corrupción e impunidad juntas, nos han llevado al abismo en el que ahora nos encontramos como sociedad.

Calderón y el presidente que venga podrá militarizar cada esquina del país; pero si no hay una estrategia social ni cultural (que no la hay) para deshacer los últimos 40 años de destrucción nacional, no habrá futuro. Estaremos perdidos como sociedad y el Estado estará en peligro, como lo está ya en muchas partes del país. Tenemos que empezar ahora mismo por sanar el tejido social. Creo que un primer paso es arrancarnos poco a poco el problema de la corrupción. Tengo aun fe en que si lo logramos, habremos dado un primer gran paso. De abajo hacia arriba. Siempre. Los cambios no se hacen de arriba, siempre lo hará el pueblo mismo.

Comenten a ver qué opinan.


jueves, 11 de agosto de 2011

Puteado de vida

El amanecer surge. La alarma del teléfono suena como siempre a las 5 de la mañana. Trato de despertar restregándome las manos en la cara. Ese espantoso sabor acre en la boca aparece. Otro día vacío. Otro deambular sin rostro. Otro mismo horizonte.
Me siento al borde de mi cama y te busco sin mirarte. Me falta tu mano. ¡Cómo sueño con tu mano! Y tu espalda, tu erótica espalda. Y ahora que la sobriedad golpea mi mente, sé que es absurdo tratar de recordarte. ¿A quién añoro? ¿Por quién sufro?, si mi cama ha sido visitada tantas veces que soy incapaz de recordar tu rostro, menos tu nombre. Dudo que me lo hubieras dicho. Yo un día soy Paco, al otro Javier, otro Israel; incluso Saul un día que me sentí misionero. Y todo acaba igual. Compartiendo el lecho, sea el mío o el ajeno con quien sea. Ebrio, drogado, solo, trasnochado, perdido, hundido sin remedio. Abandonado a mi suerte, como desde que tuve veinte. Y ahora busco un nombre. Un nombre al rostro que no distingo.
Puteado de vida. Sudo conciencia. Hurgo en mi mente buscando razones que me impidan volver a pisar los sitios que frecuento. No recuerdo ni una. No recuerdo ni dónde estuve anoche. Pero hoy milagrosamente no desperté tirado en la calle, o a los pies de una cama desconocida, o en un rincón de mi propia casa sollozando, abrazando alguna vacía botella, con el vómito endurecido en mi camisa, con mis hojas de poesía empedernida vertidas a mis pies, entre mis libros, fieles acompañantes en mi día a día. Ni pateando la puerta al vecino, ni insultando al primer pobre diablo que se me cruzara enfrente. Ni tampoco con un ojo cerrado o el hocico roto. Ni tampoco en prisión.
"Al menos podré ir al trabajo", me digo a mí mismo. Mas cuando me incorporo, todo da vueltas, la cabeza punza y mi vista se nubla: el alcohol vuelve a ascender por mi mente, castigándome, cegándome, embruteciéndome. Sigo ebrio. Me golpeo con la puerta del closet, piso alguna cosa extraña que permanecía en el suelo y caigo irremediablemente. Contemplo la basura que me rodea. Basura acumulada durante días, semanas, meses. Vasos, botellas, papeles, empaques de comida, algunos vacíos, otros aún con comida. Nada recogido. Yazco en un basurero y contemplo mi vida.
Y ahora, en una ráfaga de sobriedad me inundan los pendientes que tengo en el trabajo. Dar clase de 8 a 10 de Mecánica Estadística, una conferencia magistral en 2 semanas, terminar 3 artículos y reuniones con mis estudiantes. Tantas cosas banales, vacías al final y ninguna digna de ser mástil de mi barca, de ser ancla en mi vida. Nada que distinguiera en mi embarcación su propio barlovento o sotavento, nada que guiara mi frágil barca a puerto seguro. Ninguna por la que me dé alegría despertar y mantenerme consiente. Mejor mantenerme ebrio.
Y en medio de todo, sigo sin distinguir tu cara. ¿Por qué sigo pensando en tu cara? Creo que dejaste tu número en el buró. Con prisa insegura, manoteo sobre la pequeña mesa tirando todo lo que existía sobre ella, hasta encontrar un papel minúsculo, pero escrito con una letra ajena a la mía un número. "Llámame", recuerdo que me dijiste mientras cubrías ese par de alas tatuadas en tu espalda y te disponías a marchar. Sí, aquí está. Marco los 10 números escritos con tu puño y letra. ¿De dónde sacaste la pluma para escribir?, me pregunto. ¿Cuántos días han pasado desde que dejaste este angelical regalo? Reconozco tu voz al contestar y tu rostro, en mi mente, se ilumina de pronto. "Eres un ángel", recuerdo que te dije en la barra de ese bar oscuro, perdido a la vista de Dios, donde lo último que alguien encontraría a esa hora sería un ángel verdadero. "Y pronto sabrás porqué", contestaste. "¿No podías llamar más tarde?", me reclamas y cuelgas. Y el silencio cae de nuevo a mi lecho, frío, oscuro, inquebrantable, con el bip de low battery del celular resonante.
Otro día vacío. Otro deambular sin rostro. Puteado de vida, a seguir me dispongo. Todo sería más fácil, si volvieran unos labios a besar mis ojos.