Yo no discrimino.
A todos sonrío y saludo; lo mismo a los blancos o pintos,
chaparros, pardos o verduzcos.
Pero me crispa la pelambre cuando, de entre sus torcidos divanes,
¡la vida me pone frente a un zurdo!
¡Un paso atrás cuando con uno me cruzo!
¡Malaya la vida que en mi camino te puso,
hechicero de lateralidades!
¿¡Qué trucos oscuros escondes bajo tu mano siniestra!?
¡Ente asimétrico de los abismos quirales!
¡Émulo de Belial!
¡Esbirro de Satanás!
¡La hoguera, incapaz sería, de construir la operación de inversión a tu propia simetría!
¡Comparsa de Moloc!
¡Cruz, cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús!
En el aquelarre levógiro, ¡seguro conjuras contra la herejía, desleal dextrógiro!
Se mezclan entre nosotros y,
para el ojo inexperto,
pasan como tu amigo,
o tu novio, o tu vecino,
¡o viaja contigo en el metro!
Mas tienen los zurdos enemigos mortales,
que pueden mostrarnos su natural desfase.
No es el rezo, ni los rosarios,
ni imágenes ideales especulares:
¡es la taza, el lápiz o la libreta!,
objetos místicos ancestrales,
lo que desvanece con presteza,
el manto trémulo que los preserva,
que los arrincona, los evidencia, y los hace inquirir:
"¡maldita sea el espiral de la libreta!".
"Ahora que las tormentas son tan breves y los duelos no se atreven a dolernos demasiado." Nada más que un intento por describir un poco lo que soy, lo que veo y lo que entiendo. Simplificando sueños y vaciando tragos mientras nos enfilamos a la vida que empieza cuando la propia acaba.
miércoles, 26 de junio de 2019
miércoles, 6 de febrero de 2019
Pedaleando de noche en CDMX
Bueno, pues les cuento que coincidí con una chica en bici. Comenzamos nuestro trayecto juntos desde la altura del Walmart de universidad, muy cerca de CU. Ibamos muy felices pedaleando, ella delante mío y yo de chismoso viendo qué maniobras hacía. Sospeché que venía de CU porque portaba una mochilita azul con su cilindro de agua. Además, mi instinto, ese que pocas veces me juega engaños, me indicó que ella estudiaba arquitectura o diseño. Algo me hizo pensar eso y, por favor, no me pidan razón lógica alguna; solo lo percibí con el olfato de la vista, u know what I mean. En el tramo que va justamente de ese walmart al otro walmart de Miguel Angel de Quevedo, que no serán más allá de 800 m, vi que no pedaleaba mal para la bicicleta urbana sencilla que traía. Portaba su casco azul que me hizo confirmar su formación en arquitectura (insisto, no me pregunten por qué). Los que conocen ese cruce de Av. Universidad y M. A. de Quevedo saben que es un desmadre a toda hora por los camiones. Mi estrategia era tomarmelo sin prisa. Avanzar conforme los coches y los camiones a la vez que decidí observar cómo maniobraba la chica. Trató de meterse entre coches y no pudo. Se detuvo a centímetros de un camión cuando los coches de su izquierda empezaron a avanzar. Ella, por intentar su maniobra que no resultó, estaba entre dos carriles. Yo, en medio del carril y atrás del camión, permití que se incorporara delante mío. Luego, se coló por la derecha del bus sin importarle que la gente sube al bus o se atraviesa. No supe cómo la libró. Yo, con tranquilidad pude pasar hasta adelante y detenerme en el cruce dentro de la zona especial para bicicletas donde volvímos a coincidir. Cruzamos M.A de Quevedo y seguimos por Universidad. La rebasé y fue cuando me di cuenta del peligro: la chica, estudiante de arquitectura o diseño, no traía ni una puta luz, ni delantera ni trasera. Y ese tramo de Coyoacán es muy oscuro. Y yo, aunque tengo casco, no me gusta usarlo porque me veo más cabezón y así menos saldré de la soltería, pero salir de noche sin luces es tremenda pendejada. Fue entonces que decidí esperarla y ponerme atrás de ella y ser sus luces para que nos vieran. No es que yo tenga un culo grande, ¿verdad?, pero traigo una intermitente chingona. En fin, la niña siempre intentó rebasar a los buses por su lado derecho, el extremo derecho de la avenida. Yo no sé qué indica el reglamento de tránsito, pero es obvio que rebasar a los camiones por el lado derecho es tremenda pendejada porque simplemente no te ven. Yo, en cambio, prefiero mantenerme visible y rebasar por el lado izquierdo, de modo que los autos que van en los carriles centrales me ven. La chamaca pendeja no. Siempre pegada al lado derecho. Finalmente, en el cruce de Universidad y Río Churubusco, que es otro cruce conflictivo, puso la cereza al pastel de su pendejismo. Se subió a la banqueta y cruzó Río Churubusco sin fijarse siquiera en los coches que dan vuelta a la derecha. ¡Vi claramente cómo estuvieron a punto de llevársela! Claro, el conductor del coche lo que menos espera es que le salga un pendejo en bici. Yo, en cambio, seguí mi estrategia: siempre visible en el lado izquierdo del carril derecho, así anuncio que no daré vuelta y tiraré recto.
Después de ese cruce, le di mi bendición y yo tomé rumbo a Gabriel Mancera, ahí por Centro Coyoacán y ella quién sabe para dónde siguió. Yo solo espero que no la hayan planchado por imprudente y mensa más adelante porque ¡qué sería de este país sin una futura arquitecto!
Después de ese cruce, le di mi bendición y yo tomé rumbo a Gabriel Mancera, ahí por Centro Coyoacán y ella quién sabe para dónde siguió. Yo solo espero que no la hayan planchado por imprudente y mensa más adelante porque ¡qué sería de este país sin una futura arquitecto!
sábado, 1 de diciembre de 2018
La 4ta Transformación de AMLO
Hoy comienza lo que el Peje y sus seguidores han decidido llamar la 4ta Transformación. AMLO, el peje, llega a la presidencia de la República tras años de necedad y de insistencia. No 6, no 12, no 18 años, muchos más, siempre apostando al apoyo de las bases para su crecimiento, no a través del propio aparato político como la inmensa mayoría de políticos hacen.
Voté por él las 3 ocasiones que persiguió la presidencia de la República. Sigo pensando que Felipe Calderón, en contubernio con todos los poderes fácticos del país, se robó la presidencia; para mí siempre será el ilegítimo, el espurio, el usurpador y debe ser juzgado por la guerra genocida que desató en un intento por buscar legitimarse, desviar la atención como usurpador y tratar de unir a México en torno a él y su lucha. Sacar al ejército e iniciar una guerra es la más vieja de las estrategias políticas para buscar el apoyo del pueblo. No lo consiguió. Recuerdo cuando Calderón, aún siendo presidente electo, le ofreció a AMLO, quien tenía su plantón en Reforma, un puesto en su gabinete, alabando su trabajo político. Me recordó la desfachatez con la que otro usurpador, el invasor de Maximiliano de Habsburgo llenó de halagos a Benito Juárez, pidiéndole que se uniera a su gobierno monárquico por el bien del Imperio Mexicano. Siempre la misma actuación de los usurpadores.
Si algún historiador, que seguro ya habrá muchos, revisara la vida política de AMLO, seguro encontraría muchas más derrotas que victorias. Y he ahí una de las grandes cualidades del viejito: siempre ha sabido sacarle provecho a cada derrota que sus adversarios (como él los llama) le han propinado. Cada derrota que parecía que sería el fin o que parecía que abrían la posibilidad de que se sentaría a dialogar, el viejito sacó partido, fuerza y nuevas estrategias para continuar en su necedad de alcanzar la presidencia. Es imposible negar que esa necedad y visión para sacar partido de esas derrotas lo tienen hoy como el presidente más votado de la historia, a unas horas de ceñirse la banda presidencial. Y en eso se parece a los liberales que combatieron al Imperio de Maximiliano: derrota tras derrota, perseguidos, arrinconados, simplemente esperando, combatiendo con lo que tenían al alcance a esperar que el propio Imperio, por sus propios errores, se cayera. De igual modo sucedió en la etapa reciente.
Seguiré pensando, como AMLO, que Peña Nieto fue un pelele, un títere de los poderes fácticos. Quizás la presidencia más débil que ha tenido la República. Error tras error, pésima comunicación, ni una sola presencia relevante o brillante en el gabinete. Nada, absolutamente nada. Corrupción tras corrupción. Sean ciertos o no los actos de corrupción denunciados, el gobierno de EPN se preocupó por más por esconderlos que por aclararlos. Un equipo formado por amigos, sin visión de Estado, el peor gobierno priísta, al mismo nivel (o peor) que los dos anteriores gobiernos panistas. AMLO le debe mucho a Peña. Tantos errores y desatinos del gobierno saliente seguro le sumaron muchísimos puntos.
AMLO encabezará la presidencia de la República de nuestro gobierno dominado por la burguesía. Aunque deseo que le vaya bien, no me ilusiono mucho con la tal cuarta transformación: habrá nuevos grupos de poder privilegiados, la riqueza seguirá acumulándose en los grandes capitales y el trabajador seguirá siendo explotado. AMLO dice que es el fin de la política neoliberal en México, aunque seguirá con su economía capitalista. La verdadera transformación se logrará cuando se haya aniquilado de la sociedad mundial a esa clase parasitaria llamada la burguesía. La verdadera transformación se alcanzará cuando deje de existir la clase opresora y todos, absolutamente todos, nos volvamos clase trabajadora. La verdadera transformación será mundial donde poco a poco todos los grandes capitales y todos los medios de producción sean expropiados por los propios trabajadores. La verdadera transformación se logrará con unión del proletariado, jamás por la clase política y menos en contubernio y benevolencia de la clase burguesa. ¡Organización, lectura y discusión!
Voté por él las 3 ocasiones que persiguió la presidencia de la República. Sigo pensando que Felipe Calderón, en contubernio con todos los poderes fácticos del país, se robó la presidencia; para mí siempre será el ilegítimo, el espurio, el usurpador y debe ser juzgado por la guerra genocida que desató en un intento por buscar legitimarse, desviar la atención como usurpador y tratar de unir a México en torno a él y su lucha. Sacar al ejército e iniciar una guerra es la más vieja de las estrategias políticas para buscar el apoyo del pueblo. No lo consiguió. Recuerdo cuando Calderón, aún siendo presidente electo, le ofreció a AMLO, quien tenía su plantón en Reforma, un puesto en su gabinete, alabando su trabajo político. Me recordó la desfachatez con la que otro usurpador, el invasor de Maximiliano de Habsburgo llenó de halagos a Benito Juárez, pidiéndole que se uniera a su gobierno monárquico por el bien del Imperio Mexicano. Siempre la misma actuación de los usurpadores.
Si algún historiador, que seguro ya habrá muchos, revisara la vida política de AMLO, seguro encontraría muchas más derrotas que victorias. Y he ahí una de las grandes cualidades del viejito: siempre ha sabido sacarle provecho a cada derrota que sus adversarios (como él los llama) le han propinado. Cada derrota que parecía que sería el fin o que parecía que abrían la posibilidad de que se sentaría a dialogar, el viejito sacó partido, fuerza y nuevas estrategias para continuar en su necedad de alcanzar la presidencia. Es imposible negar que esa necedad y visión para sacar partido de esas derrotas lo tienen hoy como el presidente más votado de la historia, a unas horas de ceñirse la banda presidencial. Y en eso se parece a los liberales que combatieron al Imperio de Maximiliano: derrota tras derrota, perseguidos, arrinconados, simplemente esperando, combatiendo con lo que tenían al alcance a esperar que el propio Imperio, por sus propios errores, se cayera. De igual modo sucedió en la etapa reciente.
Seguiré pensando, como AMLO, que Peña Nieto fue un pelele, un títere de los poderes fácticos. Quizás la presidencia más débil que ha tenido la República. Error tras error, pésima comunicación, ni una sola presencia relevante o brillante en el gabinete. Nada, absolutamente nada. Corrupción tras corrupción. Sean ciertos o no los actos de corrupción denunciados, el gobierno de EPN se preocupó por más por esconderlos que por aclararlos. Un equipo formado por amigos, sin visión de Estado, el peor gobierno priísta, al mismo nivel (o peor) que los dos anteriores gobiernos panistas. AMLO le debe mucho a Peña. Tantos errores y desatinos del gobierno saliente seguro le sumaron muchísimos puntos.
AMLO encabezará la presidencia de la República de nuestro gobierno dominado por la burguesía. Aunque deseo que le vaya bien, no me ilusiono mucho con la tal cuarta transformación: habrá nuevos grupos de poder privilegiados, la riqueza seguirá acumulándose en los grandes capitales y el trabajador seguirá siendo explotado. AMLO dice que es el fin de la política neoliberal en México, aunque seguirá con su economía capitalista. La verdadera transformación se logrará cuando se haya aniquilado de la sociedad mundial a esa clase parasitaria llamada la burguesía. La verdadera transformación se alcanzará cuando deje de existir la clase opresora y todos, absolutamente todos, nos volvamos clase trabajadora. La verdadera transformación será mundial donde poco a poco todos los grandes capitales y todos los medios de producción sean expropiados por los propios trabajadores. La verdadera transformación se logrará con unión del proletariado, jamás por la clase política y menos en contubernio y benevolencia de la clase burguesa. ¡Organización, lectura y discusión!
sábado, 20 de enero de 2018
La lección aprendida
La puerta de su oficina fue golpeada suavemente tres veces solicitando permiso para pasar.
- ¿Se puede profesor? ¿Está ocupado?
- Pasa Felipe, adelante.
Eran las 9 de la mañana de una mañana fría en la ciudad y más en esa zona donde se situaba la universidad. La clase tenía escasos 30 minutos de haber terminado y Felipe había estado presente en primera fila como todas las sesiones.
- Vengo por mis exámenes profesor.
- Claro, Felipe. Busca los tuyos aquí -le dijo el profesor mientras le acercó tres paquetes que contenían hojas y letras de todos tamaños y calificaciones de todo tipo.
- Oiga profesor, ¿le puedo preguntar algo?
Quienes nos hemos dedicado a la docencia sabemos que, muchas veces (la mayoría de veces diría yo), si la pregunta es de tipo personal, alejada del aula, es antecedida por este tipo de preámbulos. El profesor se acomodó en su silla y apartó su vista del monitor para dirigirlos hacia Felipe, quien aún seguía buscando sus exámenes.
- Dime Felipe.
- ¿Cómo es afuera? Es decir, ¿es fácil conseguir trabajo como ingeniero? ¿Sí hay trabajo en las empresas o no?
El profesor volvió a acomodarse en el sillón, aliviado porque la pregunta que creía personal sí era personal pero no del tipo de "preguntas incómodas". Vamos, todos tenemos ese tipo de preguntas personales que muchas veces, con ciertas personas, no queremos que nos formulen porque no queremos responder.
- Hay trabajo Felipe, por supuesto si eres bueno. Tengo muchos amigos con los que estudié que les va muy bien. Ingenieros biomédicos, químicos, electrónicos, eléctricos, metalúrgicos, farmaceúticos, civiles y ambientales que tienen buenos trabajos. Viajan mucho dentro del país y al extranjero, tanto para capacitarse como para dar capacitación. También conozco físicos que les va muy bien, aunque claro esa no es tu área. Conozco a muchos ingenieros que trabajan en la industria porque llevo muchos años dando clase y sé que a muchos de ellos, al menos en el ámbito profesional, les va bien -mientras decía esto último rió un poco, como en afán de decir una verdad ampliamente conocida, un chiste discreto y local. Aprende inglés Felipe, asiste a cuantos cursos de actualización de tu área puedas y aprende todas las matemáticas que puedas: eso siempre es valioso y útil aunque no lo creas.
Felipe escuchaba las palabras y reflexionaba.
-Es que la verdad profesor yo cuando salí de la prepa decidí dejar de estudiar. Me aburrí de la escuela. Y decidí no seguir en la universidad y dedicarme a trabajar. Pero la verdad después de seis meses decidí estudiar la universidad y una ingeniería.
Y mientras se sinceraba con estas palabras, Felipe miraba al profesor con esa mirada que confiesa que había tenido una mala experiencia, o que al menos había aprendido una lección de la manera en que mejor se aprenden las lecciones: la manera dura.
- ¿En qué trabajaste esos seis meses Felipe?
Con sus exámenes en la mano, Felipe cambió de pie de apoyo para dar respuesta. Esa es la típica señal que muestra que necesita al menos pararse bien para contar lo que sigue. Señales que uno aprende no en los libros ni en cursos de capacitación, sino en muchísimas charlas con distintas personas.
- Trabajé seis meses de ayudante de albañil profesor. Y la neta, con eso me bastó.
Fue entonces que se sinceró y el muro de respeto que él mismo se imponía a su posición maestro-alumno se derrumbó. Y continuó.
- La neta fue una chinga profesor. Yo sé que usted no sabe de eso, pero en mi familia no hay dinero. Entonces la neta pensé que podía ganar buen dinero como ayudante de albañil. Y sí se gana bien porque neta hay trabajo. Pero son unas chingas. Mi patrón siempre tiene trabajo. Entonces era llegar a las seis de la mañana al changarro a cargar la camioneta con lo que fuéramos a trabajar. Luego llegar a la casa donde íbamos a trabajar y estar en chinga, toda la mañana, en el sol. Es un trabajo muy duro profe. Muchas veces en las tardes nos íbamos a hacer otros trabajos más sencillos, pero ya uno acababa bien cansado. A veces eran más de doce horas de estarle dando, de comer lo que fuera, incluso en la lluvia o enfermo. Y entonces dije, ¡no, ni madres, esto no es lo mío! Y entonces hablé con mis papás y les dije que quería volver a la escuela, que la chinga como albañil no era para mi. Mi papá es guardia de seguridad y mi mamá ayudante de enfermería y la verdad apenas nos alcanza. Yo la neta pensé que mis papás se iban a enojar o a poner tristes porque ya no iba a aportar el dinero que yo daba, pero la verdad sí les dio gusto que yo regresara a la escuela. Me dijeron que ellos me iban a apoyar nada más que le chingara. Que ellos verían cómo le hacían, pero que para la universidad no iba a hacer falta dinero, aunque comiéramos frijoles. Entonces pues por eso estoy aquí. ¿Cómo ve profe?
El profesor sonreía y asentía mientras escuchaba aquella historia. Esa sonrisa de complicidad de quienes comparten una misma experiencia en distinta aventura pero con una misma lección aprendida.
El profesor sonreía y asentía mientras escuchaba aquella historia. Esa sonrisa de complicidad de quienes comparten una misma experiencia en distinta aventura pero con una misma lección aprendida.
- Pues esa lección que me cuentas Felipe, yo la aprendí cuando tuve 15 años. Yo trabajaba en una papelería y mi patrón un día nos mandó a mi y a otro con quien trabajaba que le fuéramos a conseguir su tanque de gas porque no tenía y se lo subiéramos hasta la azotea de su edificio en un quinto piso. Una cosa era descargar la camioneta de cuadernos, libros, paquetes de hojas, plumas, cigarros y dulces para vender, ponerte a limpiar muebles, trapear pisos y entregar pedidos, y otra muy distinta cargar el tanque de gas lleno y subirlo hasta un quinto piso. Ahí me di cuenta, como tú, que eso no era para mi. Y bueno, yo me di cuenta que además me gustaba estudiar y pues ya pasaron muchos años y ahora estoy aquí.
Ahora también Felipe asentía entendiendo perfectamente lo que el profesor contaba.
- ¿Y entonces le fue bien estudiando profe?
- No me quejo Felipe. Yo decidí dedicarme más a la investigación y a dar clases que a la industria. Es algo que me gusta. Así que hice estudios de posgrado. He trabajado en centros de investigación en otros países. He podido mostrar la investigación que hago en congresos internacionales en diferentes partes del mundo. No me arrepiento de haber tomado hace muchos años esta decisión y no me quejo. Disfruto lo que hago y de mi trabajo, y eso creo que es algo que todos deberíamos de tener: el placer de trabajar en lo que nos gusta.
Entonces Felipe fue quien ahora reflexionó. Y súbitamente lanzó la pregunta inocente:
- Caray profe, y con todo eso que ha hecho y hace, ¿le da tiempo de hacer vida social, vida personal?
A veces los años no nos preparan para todas las preguntas. Y a veces no todas las preguntas tienen respuesta. A veces también es mejor terminar una charla diciendo "eso es cosa aparte" que influir en alguien de manera negativa contándole tu realidad al respecto.
Nadie aprende en cabeza ajena, bien dice el dicho. Por eso a veces, como en este caso, es preferible que él aprenda si la vida profesional y la vida personal se pueden llevar bien. Ojalá algún día se lo cuente. Y ojalá que para ese día, el profesor tenga en ese cajón de hasta abajo de su escritorio aquella elegante licorera que tiene en casa, y que esté llena de ese bourbon que alegra tan bien las tardes y noches, y que seguramente también alegra las mañanas.
- ¿Y entonces le fue bien estudiando profe?
- No me quejo Felipe. Yo decidí dedicarme más a la investigación y a dar clases que a la industria. Es algo que me gusta. Así que hice estudios de posgrado. He trabajado en centros de investigación en otros países. He podido mostrar la investigación que hago en congresos internacionales en diferentes partes del mundo. No me arrepiento de haber tomado hace muchos años esta decisión y no me quejo. Disfruto lo que hago y de mi trabajo, y eso creo que es algo que todos deberíamos de tener: el placer de trabajar en lo que nos gusta.
Entonces Felipe fue quien ahora reflexionó. Y súbitamente lanzó la pregunta inocente:
- Caray profe, y con todo eso que ha hecho y hace, ¿le da tiempo de hacer vida social, vida personal?
A veces los años no nos preparan para todas las preguntas. Y a veces no todas las preguntas tienen respuesta. A veces también es mejor terminar una charla diciendo "eso es cosa aparte" que influir en alguien de manera negativa contándole tu realidad al respecto.
Nadie aprende en cabeza ajena, bien dice el dicho. Por eso a veces, como en este caso, es preferible que él aprenda si la vida profesional y la vida personal se pueden llevar bien. Ojalá algún día se lo cuente. Y ojalá que para ese día, el profesor tenga en ese cajón de hasta abajo de su escritorio aquella elegante licorera que tiene en casa, y que esté llena de ese bourbon que alegra tan bien las tardes y noches, y que seguramente también alegra las mañanas.
jueves, 23 de febrero de 2017
Quince minutos
Dos años y medio sin escribir. Demasiado tiempo. Una vida quizá. En esos más de dos años me ocurrieron muchas cosas. Algunos ya las sabrán, otros las conocerán poco a poco en este blog. Viví en Barcelona esos dos años, en la comunidad autónoma de Catalunya en el reino de España. Vaya que si tengo historias. Algunas, cortas de una noche. Otras, continúan en mis sueños taladrando mis noches con sus "si hubiera" y sus "suponiendo que". Vivir en Sabadell (a 20 km de plaza Catalunya en Barcelona) ha sido de las más grandes experiencias en mi vida. Ya iré contando un poco por aquí lo que llegó a pasar.
Hoy, de mientras, me importa más retomar mi blog. Porque si algo me gusta, aparte de leer, es escribir. Pero mi trabajo me impide muchas veces guardar todo y concentrarme en este tipo de hobbies. En fin, intentemos una historia breve.
Va por ustedes.
-------------------------------
Hace quince minutos que te has marchado. Llevo treinta minutos en esta cafetería y me he pensado pedir un tercer café o la cuenta, para irme al bar que está en la esquina. Te cité aquí para tratar de solucionar nuestros problemas. Que si la ropa en el suelo, que si mis llegadas tarde, que si mi alcoholismo, que si mis gritos, que si mi falta de interés, que si los trastes que no lavo, que por qué trabajo tanto. Vine a aclarar todos tus reclamos. Vine de buena fe. Y tú viniste a otra cosa. Tu decisión la tenías ya bien tomada. En la mesa siguen el par de cosas que has dejado: la pulsera que compartíamos y las llaves de mi piso. ¿Qué voy a hacer con ellos? Ni siquiera me dejaste hablar. Llegaste y dijiste la cantaleta de las últimas semanas: "ya no aguanto, no te intereso, ya ni me saludas, ni me pelas, ya te valgo". Reclamos de niño mimado. Huecos, vacíos, pero, a tu modo, sinceros.
Quince minutos en los que los últimos tres años pasan por mi mente en forma de resumen. ¿Para qué apostar si aunque parezca que ganas, al final siempre pierde uno? Ordené mi casa como quisiste, compré las cosas que quisiste, puse mi horario como preferiste, cambié mi rutina por ti, rechacé un par de trabajos y puedo decir que detuve mis sueños por ti. No es reclamo, pero es así. Ah, pero no fue suficiente. Ni el hecho de soportar a tu gato, ese animal peludo que metiste en mi vida y que detesté al principio. Pero querías el control total, el dominio absoluto de mi persona. Me querías sumiso, callado, con la cabeza gacha: la única manera posible de demostrarte mi amor. "Si me amas harás lo que yo diga" aún resuena en mi cabeza. ¿Cómo pude caer en eso?
Quince minutos en los que, ¡por fin!, tus ridículos arranques de celos han cesado. "¿Qué le ves?", "¡déjame ver tu móvil!", "¿a quién le escribes?", "seguro te andas besuqueando con veinte más", "un día te voy a espiar", "ya puse cámaras escondidas aquí para tenerte vigilado", "¿por qué llegaste temprano?", "¿por qué llegas tarde?". Me río y suspiro. Se acabó y brindaré por eso.
Pero ahora tu gato ya no me recibirá cuando llegue. Ni encontraré huellas de sus patitas sobre mis notas o sobre mi escritorio. Ni se paseará por mis piernas, ni me ronroneará mientras ceno. Ni andará tras de mi a donde quiera que vaya en mi piso. Ni continuará su eterna pelea con la escoba los días que tocaba limpieza. Ni se acostará sobre mi mientras bebo una cerveza viendo Netflix, o leyendo un libro. Ni se alejará de ti buscándome feliz. Ni jugará conmigo con cualquier cosa que se me caiga al suelo. Ni se plantará en la ventana las tardes de lluvia, cola colgando y moviendo al gusto, volteándome a ver a ratos invitándome a contemplar la magnífica vista de la ciudad. Ni saltará de aquí para allá escondiéndose, jugando a que lo encuentre. Ni subirá por mi brazo para instalarse entre mi cuello y el sofá. Ni me brincará encima por las mañanas para despertarme. Ni me lamerá los dedos mientras lo acaricio. Ni se quedará dormido en mis piernas mientras trabajo en la computadora, sintiendo su respiración pausada, cálida, serena sobre mi, que me daba paz en el tormento diario de vivir contigo.
Quince minutos que ayudan a la reflexión. A darme cuenta que, a pesar de todo, fui amado en esta relación. Quince minutos que te has ido. Y no se qué haré sin tu gato.
Hoy, de mientras, me importa más retomar mi blog. Porque si algo me gusta, aparte de leer, es escribir. Pero mi trabajo me impide muchas veces guardar todo y concentrarme en este tipo de hobbies. En fin, intentemos una historia breve.
Va por ustedes.
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Hace quince minutos que te has marchado. Llevo treinta minutos en esta cafetería y me he pensado pedir un tercer café o la cuenta, para irme al bar que está en la esquina. Te cité aquí para tratar de solucionar nuestros problemas. Que si la ropa en el suelo, que si mis llegadas tarde, que si mi alcoholismo, que si mis gritos, que si mi falta de interés, que si los trastes que no lavo, que por qué trabajo tanto. Vine a aclarar todos tus reclamos. Vine de buena fe. Y tú viniste a otra cosa. Tu decisión la tenías ya bien tomada. En la mesa siguen el par de cosas que has dejado: la pulsera que compartíamos y las llaves de mi piso. ¿Qué voy a hacer con ellos? Ni siquiera me dejaste hablar. Llegaste y dijiste la cantaleta de las últimas semanas: "ya no aguanto, no te intereso, ya ni me saludas, ni me pelas, ya te valgo". Reclamos de niño mimado. Huecos, vacíos, pero, a tu modo, sinceros.
Quince minutos en los que los últimos tres años pasan por mi mente en forma de resumen. ¿Para qué apostar si aunque parezca que ganas, al final siempre pierde uno? Ordené mi casa como quisiste, compré las cosas que quisiste, puse mi horario como preferiste, cambié mi rutina por ti, rechacé un par de trabajos y puedo decir que detuve mis sueños por ti. No es reclamo, pero es así. Ah, pero no fue suficiente. Ni el hecho de soportar a tu gato, ese animal peludo que metiste en mi vida y que detesté al principio. Pero querías el control total, el dominio absoluto de mi persona. Me querías sumiso, callado, con la cabeza gacha: la única manera posible de demostrarte mi amor. "Si me amas harás lo que yo diga" aún resuena en mi cabeza. ¿Cómo pude caer en eso?
Quince minutos en los que, ¡por fin!, tus ridículos arranques de celos han cesado. "¿Qué le ves?", "¡déjame ver tu móvil!", "¿a quién le escribes?", "seguro te andas besuqueando con veinte más", "un día te voy a espiar", "ya puse cámaras escondidas aquí para tenerte vigilado", "¿por qué llegaste temprano?", "¿por qué llegas tarde?". Me río y suspiro. Se acabó y brindaré por eso.
Pero ahora tu gato ya no me recibirá cuando llegue. Ni encontraré huellas de sus patitas sobre mis notas o sobre mi escritorio. Ni se paseará por mis piernas, ni me ronroneará mientras ceno. Ni andará tras de mi a donde quiera que vaya en mi piso. Ni continuará su eterna pelea con la escoba los días que tocaba limpieza. Ni se acostará sobre mi mientras bebo una cerveza viendo Netflix, o leyendo un libro. Ni se alejará de ti buscándome feliz. Ni jugará conmigo con cualquier cosa que se me caiga al suelo. Ni se plantará en la ventana las tardes de lluvia, cola colgando y moviendo al gusto, volteándome a ver a ratos invitándome a contemplar la magnífica vista de la ciudad. Ni saltará de aquí para allá escondiéndose, jugando a que lo encuentre. Ni subirá por mi brazo para instalarse entre mi cuello y el sofá. Ni me brincará encima por las mañanas para despertarme. Ni me lamerá los dedos mientras lo acaricio. Ni se quedará dormido en mis piernas mientras trabajo en la computadora, sintiendo su respiración pausada, cálida, serena sobre mi, que me daba paz en el tormento diario de vivir contigo.
Quince minutos que ayudan a la reflexión. A darme cuenta que, a pesar de todo, fui amado en esta relación. Quince minutos que te has ido. Y no se qué haré sin tu gato.
lunes, 16 de junio de 2014
La promesa
El golpeteo incesante en la puerta principal interrumpió violentamente nuestra intimidad. Como en otras ocasiones, creí que el lugar era lo suficientemente grande para mantenernos escondidos. Pero al caer la última puerta que nos guarecía me asusté, y por primera vez, temí por nosotros. Aquellos extraños inoportunos que vestían de uniforme azul ya sabían dónde estábamos. Eran demasiados y venían por nosotros. Contigo a cuestas corrí por el pasillo, subí por la escalera saltando escalones, anhelando alcanzar el siguiente que me llevaría a las puertas del cielo, a nuestra libertad.
Abajo, las sombras uniformadas vociferaban y gritaban demandando mi inmediata presencia. Me ordenaban que me detuviera y te soltara. “Qué ingenuos” pensé, mientras continuaba sin parar. Sonaban silbatos y ladridos de perros. Pasos atropellados perseguían a los míos que, sin descanso, ascendían con el amor entre mis brazos. Firmemente sujetaba tu torso desnudo mientras escapábamos a cada paso. Tus largas piernas bailaban al ritmo de mi ascenso. Yo temía que en cualquier momento pudiera perder alguno de aquellos detalles tuyos que me habían cautivado, cegado, conmovido. Y así ocurría: a cada paso tu belleza languidecía, iluminada únicamente por las dos esmeraldas con que me veías, con que me suplicabas no darme por vencido y cumpliera mi promesa. Al dar una rápida vuelta en nuestro ascenso, casi sales de mis brazos. Alcancé a sujetar tu cabello rojizo que en el último descanso había caído; pero aparatosamente tu pie golpeó la pared y cayó sin remedio. Los gritos de aquellas infatigables sombras se arremolinaron en mi dirección, señalando mis pasos y esfuerzos. Finalmente conseguí alcanzar la puerta de mi redención que atranqué con la silla más próxima que tuve al alcance de mi mano.
El viento nocturno de octubre nos brindó esperanza. El frío nos cobijó dulcemente. El cielo estrellado y la luna llena en todo su esplendor sonreían ante nuestro triunfo. Cuántas noches habíamos contemplado ese fondo, solos tú y yo. Recordé entonces aquella en que, con un susurro intenso, confesaste que me amabas; que darías tu vida entera por mí si yo era capaz de sacrificar la mía por ti. Y desde entonces nada nos había separado. Clandestinamente cada noche me colaba por la puerta principal y permanecía escondido, a veces en los sanitarios, otras más en los probadores. Cuando la iluminación intensa daba lugar a la tenue luz que indicaba que nadie más interrumpiría nuestros encuentros, sabía que era tiempo de salir de mi refugio para alcanzar el verdadero: el de tus brazos. Y bailábamos y reíamos y soñábamos con el futuro. Un día sin quererlo llegamos aquí, arriba de todo y de todos. Y contemplamos el vacío que nos separaba del suelo. Y el aire nocturno fue cómplice de nuestros secretos. “Si pudiéramos volar, nos iríamos lejos” me dijiste en un suspiro. Yo te abracé y te prometí que algún día sería. Algún día.
Una noche comenzaron las interrupciones. Primero un anciano armado con su lámpara sorda trató de sorprendernos, pero alcanzamos a refugiarnos. Días después fue un guardia flanqueado por un perro entrenado. Nunca consiguieron darnos alcance. A mí no me importaba si lo que hacía estaba bien o mal. Lo único que valía era saber que estaba contigo. Y que eras feliz a mi lado.
De pronto, las incesantes increpaciones del otro lado de la puerta recién atrancada rompieron mis pensamientos. Me miraste y, temerosa, te guareciste en mis brazos. Cálida, segura y enamorada me besaste. Tu mano acarició mi cara y entonces lloré sobre tu pecho, esperando que aquella pesadilla terminara y que volviéramos a nuestra intimidad violada. Los golpes a la puerta no parecían importunar aquel momento en que eras mía y yo de ti, como tantas otras noches nos habíamos pertenecido.
Súbitamente sentí un golpe seco en mi cabeza. Todo dio vueltas y me desplomé. Sujeté tu mano con todas mis fuerzas, pero ellos me separaron de ti. Al ver que tu mano se arrancaba de tu cuerpo me aferré a tus piernas que también se vencieron, se desgarraron, ¡se hicieron pedazos de ti! Sometido por aquellos canallas fui testigo de la indiferencia con que te trataron. Viviendo el abandono en que te dejaban, imploré que te ayudaran, que te salvaran, ¡que no te dejaran ahí! Pero sólo conseguí carcajadas y un segundo golpe que nubló mi razón. Con el resto de mis fuerzas logré liberarme. Corrí hacia ti golpeando al último guardia que permanecía a tu lado y logré nuevamente sujetarte. Con largos pasos alcancé nuestro sueño, volando juntos surcando la noche. Sonreíste y lloraste en nuestro vuelo. “Sabía que cumplirías tu promesa”, confesaste.
Lo último que recuerdo es el tremendo dolor en todo el cuerpo. Mi sangre tiñendo el pavimento. La vista perdida y la imposibilidad de moverme. Las luces rojas acercándose y aquel zumbido ensordecedor que se confundía con sirenas lejanas. Y tú, reducida a mil pedazos desperdigados. Tus ojos rodando hasta caer por la alcantarilla. Y tu mano, sujetando la mía.
La impotencia de no haber cumplido mi promesa me atormenta en las noches, peor que los tratamientos médicos con los que pretenden sanarme. Maldigo esos pasos finales que me trajeron aquí, que me alejaron de ti. Se que nunca conseguiré salir. Las paredes son demasiado pequeñas, demasiado altas, demasiado blancas. Demasiado tersas para volar lejos, allá, rumbo a aquel aparador donde una noche de mayo me detuve y, por un instante, tras de aquel vidrio, te miré sonreír. Mañana será; volaré mañana con el viento. Sí, mañana, surcando los cielos azules, infinitos, sintiendo el viento en mi cabello, tocando el sol con mis dedos, y tú, a mi lado de nuevo.
jueves, 29 de mayo de 2014
Suenos reales
Cada noche te pienso.
Cada día, en cada respiro, a cada instante.
Surges de repente, surcando mi mente.
Navegas en silencio hasta alcanzar la orilla,
infinita, de mis deseos por volver a verte.
Tu mano, fuerte, aprisiona mis sueños,
que de a poco se vuelven tuyos, nuestros,
que dejan de ser míos, para compartir con aquellos
que un día suspiraron de encontrarme dispuesto
a querer caminar juntos bajo cielos radiantes.
Y mi voz, se silencia.
Y mis ojos, se ciegan al mundo restante.
Más allá de tu esencia, nada existe, nada es estable.
Tu sola existencia ilumina mi ausente presencia
para yacer de rodillas a la espera de tu mano afable.
Y mi rostro, sin fuerza para mirarte,
se inclina hacia el suelo...
Nada persiste,
nada transcurre...
más que la espera de saber
que tu mano, dócil a mi pena,
tomará mi barbilla, alzará mi rostro
con el fin verdadero de brindarme la luz esperada
al volver a besarme.
Y existimos.
Tú, junto a mí. Yo, para ti.
Y mis ojos se reflejan en los tuyos.
Y mis manos, vacías hasta hace poco,
existen tomando las tuyas.
Y mis labios, secos de tu savia,
se inundan completos al juntarse a los tuyos.
Y tu olor, delirio perfecto, se agolpa en mi mente.
Surge inclemente la urgencia de poseerte.
Y te arranco las ropas, y arrojo las mías
y aquellas ganas de controlarme.
Y existimos presentes, y en armonía, todo somos,
y nada es sin nuestro oleaje.
Y mi mente asegura que somos perfectos,
como sueños reales, como aquellos que todos soñamos,
de los que nadie nunca quisiera despertarse.
Cada día, en cada respiro, a cada instante.
Surges de repente, surcando mi mente.
Navegas en silencio hasta alcanzar la orilla,
infinita, de mis deseos por volver a verte.
Tu mano, fuerte, aprisiona mis sueños,
que de a poco se vuelven tuyos, nuestros,
que dejan de ser míos, para compartir con aquellos
que un día suspiraron de encontrarme dispuesto
a querer caminar juntos bajo cielos radiantes.
Y mi voz, se silencia.
Y mis ojos, se ciegan al mundo restante.
Más allá de tu esencia, nada existe, nada es estable.
Tu sola existencia ilumina mi ausente presencia
para yacer de rodillas a la espera de tu mano afable.
Y mi rostro, sin fuerza para mirarte,
se inclina hacia el suelo...
Nada persiste,
nada transcurre...
más que la espera de saber
que tu mano, dócil a mi pena,
tomará mi barbilla, alzará mi rostro
con el fin verdadero de brindarme la luz esperada
al volver a besarme.
Y existimos.
Tú, junto a mí. Yo, para ti.
Y mis ojos se reflejan en los tuyos.
Y mis manos, vacías hasta hace poco,
existen tomando las tuyas.
Y mis labios, secos de tu savia,
se inundan completos al juntarse a los tuyos.
Y tu olor, delirio perfecto, se agolpa en mi mente.
Surge inclemente la urgencia de poseerte.
Y te arranco las ropas, y arrojo las mías
y aquellas ganas de controlarme.
Y existimos presentes, y en armonía, todo somos,
y nada es sin nuestro oleaje.
Y mi mente asegura que somos perfectos,
como sueños reales, como aquellos que todos soñamos,
de los que nadie nunca quisiera despertarse.
jueves, 16 de enero de 2014
Puntos distantes
En qué abandono me tienes!
Cuánto olvido nos separa!
Tú, sobre aquella nube de nieve;
yo, tras la vieja cumbre asfaltada.
La suerte, entre los dos, trazó
esta enorme distancia,
ungida de olvido,
adornada de nada.
Mas esta distancia existe
si existimos como puntos distantes.
Ven a mí, sin dudar un instante.
Mirémonos en silencio: lejanía menguante.
Borra mi olvido tuyo
con tu inocencia culpable;
adorna mi nada infinita
con aquella sonrisa afable.
Y de golpe, arranca mis suspiros con tus caricias!
invítame a existir, por fin!, después de besarte,
y a tus adentros, pleno, seguro, concédeme adentrarme!
que yo colectaré los pistilos de tu sino
que dejarás en mi vida,
cálidos, tibios, etéreos,
cuando se acerque el día
en que vuelvas a amarme.
Cuánto olvido nos separa!
Tú, sobre aquella nube de nieve;
yo, tras la vieja cumbre asfaltada.
La suerte, entre los dos, trazó
esta enorme distancia,
ungida de olvido,
adornada de nada.
Mas esta distancia existe
si existimos como puntos distantes.
Ven a mí, sin dudar un instante.
Mirémonos en silencio: lejanía menguante.
Borra mi olvido tuyo
con tu inocencia culpable;
adorna mi nada infinita
con aquella sonrisa afable.
Y de golpe, arranca mis suspiros con tus caricias!
invítame a existir, por fin!, después de besarte,
y a tus adentros, pleno, seguro, concédeme adentrarme!
que yo colectaré los pistilos de tu sino
que dejarás en mi vida,
cálidos, tibios, etéreos,
cuando se acerque el día
en que vuelvas a amarme.
lunes, 17 de junio de 2013
La espera
Nunca se caracterizó por ser una persona paciente. No lo fue de niño ni de joven, ni ahora de adulto lo era. Las esperas, esas largas pérdidas de tiempo lo incomodaban fuertemente. Siendo niño prefería que las cosas iniciaran de inmediato: los exámenes en la escuela, las visitas al médico, las fiestas, los primeros besos. No había razón alguna para que ocurriera algún retraso. Quizá el factor sorpresa podría ser una buena razón, pero no lo suficiente para soportar una larga espera. En su juventud, no esperaba a sus amigos. Dejó plantadas a varias chicas simplemente porque no podía soportar una espera mayor a diez minutos. Era su límite para esperar a una mujer, así fuera la más hermosa del mundo. "Yo llegué a tiempo, tú fuiste quien no fue puntual", arremetía cuando alguna chica le llegó a reclamar su falta. El tiempo es precioso, la única verdadera bendición en este mundo, había concluido desde joven, ¿porqué desperdiciarlo esperando cuando uno lo puede utilizar haciendo algo mejor? Era puntual en todo. Para salir, para llegar, para estar. Incluso las ocasiones que llegaba tarde, era planeado, con la intención justamente de disminuir al máximo esa terrible ofensa que era la espera. Hasta para llegar tarde hay que hacerlo a tiempo, se decía.
Así había sido durante toda su vida y ahora, entrando a sus 30 años, no tenía porqué cambiar. Su trabajo no demandaba demasiadas reuniones con su colegas, por lo que esa dependencia de la presencia de los demás no lo perturbaba. A las reuniones siempre llegaba dos o tres minutos tarde, nunca antes. Nunca era el último en llegar, por lo que no hacía esperar a los demás, ni mucho menos era el primero, haciendo su espera mayor. El tiempo mínimo necesario de espera, se decía. Su gente más cercana le había dicho que no era algo normal que pensara así, que actuara de esa forma. No es sano, le decían. No es una enfermedad el que no me guste esperar demasiado, les repetía. No toda espera estará dentro de tus manos, le replicaban; ¿qué pasará cuando mueras? ¿Acaso tampoco esperarás? Cuando llegue mi momento, haré lo que siempre he hecho: esperar lo mínimo necesario, ni un minuto más. Si no llega la muerte, entonces iré a buscarla. Sonaba a obsesión su comportamiento es cierto. Pero cuando se refería al momento de su muerte, su soberbia e imposición a no esperar resultaba molesta, casi ofensiva a los demás, y a la muerte misma.
Cuando salía de viaje, no era diferente su comportamiento. Sabía que no tenía solución la espera obligada para realizar su "check in", para documentar su equipaje o para pasar la aduana. Lo que sí podía hacer era dedicar ese tiempo a realizar alguna tarea pendiente, contestar algún correo, revisar algún documento. Nada dejado al azar, menos a la decidia. Todo planeado minuciosamente. Un día salió de viaje de negocios. Su vuelo salía a las 5:50 am, seguramente la primera salida del día, por lo que hizo su planeación acostumbrada. Llegó tarde, lo mínimo necesario, pero a tiempo. Entró a la sala de espera a las 5:00 am, como lo había planeado. A tiempo como siempre. 50 minutos para realizar los pendientes planeados. Observó a los otros pasajeros que ya esperaban antes que él. Una anciana leyendo concentradamente un libro. Un hombre en mediocre traje gris escribiendo en su laptop, seguramente alguna igualmente mediocre presentación. Un joven no mayor a 25 años que se movía al ritmo de la música que salía de sus audífonos blancos. Una pareja abrazada, dormitando a su vez. Y por último, frente a él, una madre con su hijo en brazos. Un bebé, sospechó, al tiempo que esperó que no compartieran vuelo por la posibilidad de que el niño en cualquier momento rompiera en llanto. Dibujó una sonrisa de mofa, de cierta burla a cada uno de ellos por el tiempo innecesario, según él, que ya llevaban ahí.
La espera no es buena, menos hacerlo perdiendo el tiempo sin razón, se dijo. Sacó de su morral su tableta para trabajar un poco. Conectó los audífonos para escuchar música. Iba a comenzar a trabajar cuando a su lado se sentó la anciana que hacía un momento estaba en otro asiento apartado de donde él se encontraba.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con un gesto de reproche, de notable incomodidad ante su interrupción.
- Siempre es mejor esperar un vuelo haciendo lo que se tenía planeado, y seguro eso no es charlar con un desconocido, le contestó fría y toscamente.
El tono casi ofensivo sorprendió a la anciana. Se retiró apenada de inmediato y él empezó a trabajar un poco en sus pendientes. Leyendo aquí, revisando allá. Nada urgente. Todo imprescindible. No así su espera. Esa inevitable espera. Por un momento, pestañó. Cerró los ojos evidenciando fatiga. Con la intención de despertar y no dejarse caer en el sueño, levantó la cara y miró alrededor. Al hacerlo se consternó. Las mismas personas yacían a su alrededor. La anciana leyendo, el hombre del mediocre traje gris, aquel de los audífonos, la pareja durmiendo y la madre y su pequeño. Nadie más. ¿Será acaso que sólo nosotros iremos en el vuelo? Eso nunca lo había visto. Tan pocas personas para un vuelo de varias horas no sería común. Faltando ya tan poco tiempo para que el vuelo saliera no podía tener lógica que no llegaran los demás pasajeros. Y al contemplar el reloj en su tableta, su consternación aumento: las 5:00 am anunciaba que aun faltaban 50 minutos para su vuelo. ¿Cómo era posible aquello? Llevaba más de 30 minutos ahí, o al menos eso suponía. Miró hacia los alrededores buscando algún otro reloj. Vio a lo lejos, justo arriba de un pequeño café, uno de manecillas que marcaban las cinco de la mañana. No puede ser posible, se afirmaba, estoy seguro que debe ser más tarde. Buscó su celular para revisar la hora que marcaba y el resultado el mismo: aparentemente no había transcurrido tiempo alguno. Suspiró inconforme, pero convencido. Seguiremos esperando entonces, se dijo para sí. Terminó los pendientes y leyó los documentos restantes. Los pendientes habían dejado de serlo para volverse asuntos concluídos. Inició la lectura del periódico. Un vistazo aquí, una lectura rápida allá. La desaparición de cinco personas llamó su atención. Ocurrió afuera de un bar, decía la nota. Aparentemente nadie los ha visto en días. Andarán muy contentos en la fiesta, se dijo con una sonrisa. De repente recordó que no había revisado en días su muro en el Facebook. Entró a su cuenta después de varios yerros en su contraseña. Su muro plagado de notas de amigos y familiares. Leyó algunas notas, contestó otras tantas, rió con algunos videos y observó varias fotografías. Hechó ligeramente de menos a quienes ahí recordó. Volvió entonces a su principal ocupación: debía de tomar un vuelo a las 5:50 y ya debía ser hora. Levantó la vista y no pudo creer lo que observó. La anciana seguía leyendo, el mediocre seguía trabajando, el joven seguía bailando ligeramente en su asiento, la pareja seguía dormitando y la madre y su pequeño continuaban esperando. Ni una persona más había llegado. Observó el reloj de su tableta, el de su celular y aquel lejano de manecillas y el resultado idéntico al de hacía un rato. Las 5:00 am anunciaban. Su desesperación aumentó notablemente. Se acercó a la anciana para preguntarle la hora.
- Hay un reloj de manecillas ahí enfrente, contestó en el mismo tono frío que él lo había hecho con ella hacía unos momentos, si es que eso tenía algún sentido temporal para él. Parece que no tiene mucha paciencia para esperar, añadió.
- Ya he esperado demasiado aquí, le contestó notablemente consternado. Esto no está bien.
- Todos tenemos que esperar algún día, querramos o no, por alguna cosa que ni sabemos qué es.
No permitió que la mujer terminara su comentario, regresó a su asiento y tomó su equipaje. Caminó hacia la entrada más próxima, encontró a un policía y le preguntó la hora.
- Las 5:00 am, contestó mirando su reloj, ¿a qué hora sale su vuelo?
- Es que no entiende, mi vuelo debió salir ya, respondió apurado. Tengo casi una hora esperando aquí o más y no hacen ningún anuncio.
- Permítame su pase de abordar, dijo serenamente el guardia. Su vuelo sale en 50 min.
- No es posible, ya esperé demasiado. Yo llegué a tiempo. Esto no puede estar sucediendo.
- Señor, le sugiero que vuelva a la sala y espere su vuelo, no hay ningún anuncio de cancelación. Vea en la pantalla, su vuelo está a tiempo. Sólo tiene que esperar 50 minutos.
Mas no hizo caso. Sorprendido a un grado inexplicable, entró al baño. Se mojó la cara y enjuagó la boca. Se sentía extraño, asustado a cierto grado. Ya la espera era demasiada tortura, pero este no transcurrir del tiempo, esta inmovilidad temporal lo estaba asfixiando. Se peinó con abundante agua pra refrescar las ideas y poner atentos a sus sentidos. Salió de nuevo al pasillo. Las mismas personas. La misma posición en las manecillas lejanas y una consternación en aumento. Entró en la primera tienda que encontró y compró lo primero que estuvo a su alcance en el mostrador. Esperó ansioso el ticket. La compra se había realizado a las 5:00 am. Tragó saliva y un frío temblor recorrió su ser. Esto ya no era posible. Se acercó al estante de las revistas y tomó la primera que encontró. La abrió en cualquier parte y comenzó a leer. Un reportaje de cierta familia real y de dónde vacacionan ciertos reyes europeos. No le interesó en lo más mínimo, pero su intención era dejar pasar el tiempo; consientemente dejarlo pasar. Sabía que la lectura completa de aquella nota rosa le había consumido al menos 5 minutos. Volvió al mostrador y tomó lo primero que encontró. ¿Olvidó algo hace rato?, dijo amablemente la cajera. Él no respondió. Sólo esperaba el ticket. Al recibirlo lo escudriñó violentamente. La misma hora anunciaba. Lanzó un grito inesperado que asustó a la cajera. El guardia que hacía un momento le había ayudado se acercó y habló violentamente: Señor será mejor que se calme. Tomó su equipaje y decidió huir. Salir de ese lugar. Perdería el vuelo. El viaje podía esperar pero ya no más aquella espera en ese lugar donde el tiempo no avanza, donde cada segundo inamovible que no pasa, que no vive para sucumbir al paso del siguiente, lo lapidaba una y otra vez. Caminó por el pasillo que hacía un tiempo lo había conducido por ahí. Y al dar la vuelta se encontró con la sala de espera donde había estado hacía un momento. Pero ahora notó un cambio sustancial. Seguían estando las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Pero ahora era diferente: el del traje gris leía, la anciana escribía en su laptop, la joven pareja escuchaba música, el joven esperaba y la madre y su bebé dormitaban, en las mismas posiciones en las que anteriormente los otros realizaban las actividades que los distinguían. Imágenes que aparecían y venían. Al pestañeo momentaneo, las imágenes se superponían unas sobre otras, haciendo parecer que la anciana se enfundaba en traje gris, que la pareja escribía en la laptop, que el bebé esperaba sentado, maduro, en su propio asiento, que la madre escuchaba música y que el mediocre tarareaba música. Un colapso temporal y dimensional atestiguaba. Tiempo y espacio definen un momento. Y él observaba cómo la realidad, su realidad, se derrumbaba, se confundía, se traslapaba un instante sobre otro. Voces confusas llegaban a sus oídos. Sonidos lejanos, indistinguibles hacían más irreal la escena. Ahora algunos agudos, ahora graves, sin alcanzar a distinguir su origen o la razón de existir que tuvieran. Igualmente la luz parecía apagarse en tonos rojisos por momentos o azulados en otros. Todo orquestado en una extraña sinfonía sin sentido que agudizaba su confusión, que incrementaba por cada segundo que no transcurría su ritmo cardíaco, haciendo que aquella sudoración que escurría por su frente lo cegara por momentos.
Corrió de ese lugar, buscando la salida. Sabía que iba en dirección de los puntos de seguridad del aeropuerto, pero no le importaba. Debía salir de esa confusión, de esa espera, de ese lugar donde el control del tiempo se escapaba de sus manos y lo hacía sentirse prisionero de algo ajeno a él. El pasillo se alargaba en cada momento. Parecía que a cada paso que daba, la distancia que lo separaba de aquella luz que era la salida se alejaba más y más, al tiempo que la luz iba disminuyendo inevitablemente a su alrededor. De pronto, oscuridad total. Silencio absoluto. Nada perturbaba la nada que existía a su alrededor, en la que yacía, a la que pertenecía en ese momento y de la cual quería escapar. Comenzó a sentir que el suelo se abría a sus pies, que lo tragaba. Un abismo que en aquella oscuridad no pudo ver, se abrió poco a poco a sus pies, devorándolo, tragándolo poco a poco sin la posibilidad de escapar. Intentó gritar, pero aquel silencio era imposible de quebrar. No pudo emitir sonido alguno. Y se sintió caer en aquella oscuridad profunda que lo alejaba de todo y lo llevaba hasta el inevitable fin donde nada existe y nada es...
Se despertó de un sobresalto. La tablet en la que hacía un momento trabajaba por poco cae al suelo. Su corazón latía con fuerza y un gota de sudor rodó por su mejilla. Miró alrededor. Las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Todos seguían ahí y nadie más. Temió lo peor. La anciana se acercó a él.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con cierto temor y angustia. Esto ya lo había vivido, o al menos así le parecía.
- Tiene razón. La espera siempre es mejor en compañía.
Y comenzó una plática entre ellos dos. Pasajera, irrelevante. El del traje gris cerró su laptop y fue por un café, el joven de los audífonos realizó una llamada, la pareja despertó y al instante se besaron y la madre y su bebé caminaron por la sala de espera. Luego, llegaron otros pasajeros, y comenzó a crecer un cuchicheo, aquel que implica la llegada de más y más personas. Y aquel que platicaba con la anciana y cuyo sudor ya se había secado, miró de rabillo el reloj de manecillas que estaba a lo lejos. Sólo faltaban 45 minutos para su vuelo.
Así había sido durante toda su vida y ahora, entrando a sus 30 años, no tenía porqué cambiar. Su trabajo no demandaba demasiadas reuniones con su colegas, por lo que esa dependencia de la presencia de los demás no lo perturbaba. A las reuniones siempre llegaba dos o tres minutos tarde, nunca antes. Nunca era el último en llegar, por lo que no hacía esperar a los demás, ni mucho menos era el primero, haciendo su espera mayor. El tiempo mínimo necesario de espera, se decía. Su gente más cercana le había dicho que no era algo normal que pensara así, que actuara de esa forma. No es sano, le decían. No es una enfermedad el que no me guste esperar demasiado, les repetía. No toda espera estará dentro de tus manos, le replicaban; ¿qué pasará cuando mueras? ¿Acaso tampoco esperarás? Cuando llegue mi momento, haré lo que siempre he hecho: esperar lo mínimo necesario, ni un minuto más. Si no llega la muerte, entonces iré a buscarla. Sonaba a obsesión su comportamiento es cierto. Pero cuando se refería al momento de su muerte, su soberbia e imposición a no esperar resultaba molesta, casi ofensiva a los demás, y a la muerte misma.
Cuando salía de viaje, no era diferente su comportamiento. Sabía que no tenía solución la espera obligada para realizar su "check in", para documentar su equipaje o para pasar la aduana. Lo que sí podía hacer era dedicar ese tiempo a realizar alguna tarea pendiente, contestar algún correo, revisar algún documento. Nada dejado al azar, menos a la decidia. Todo planeado minuciosamente. Un día salió de viaje de negocios. Su vuelo salía a las 5:50 am, seguramente la primera salida del día, por lo que hizo su planeación acostumbrada. Llegó tarde, lo mínimo necesario, pero a tiempo. Entró a la sala de espera a las 5:00 am, como lo había planeado. A tiempo como siempre. 50 minutos para realizar los pendientes planeados. Observó a los otros pasajeros que ya esperaban antes que él. Una anciana leyendo concentradamente un libro. Un hombre en mediocre traje gris escribiendo en su laptop, seguramente alguna igualmente mediocre presentación. Un joven no mayor a 25 años que se movía al ritmo de la música que salía de sus audífonos blancos. Una pareja abrazada, dormitando a su vez. Y por último, frente a él, una madre con su hijo en brazos. Un bebé, sospechó, al tiempo que esperó que no compartieran vuelo por la posibilidad de que el niño en cualquier momento rompiera en llanto. Dibujó una sonrisa de mofa, de cierta burla a cada uno de ellos por el tiempo innecesario, según él, que ya llevaban ahí.
La espera no es buena, menos hacerlo perdiendo el tiempo sin razón, se dijo. Sacó de su morral su tableta para trabajar un poco. Conectó los audífonos para escuchar música. Iba a comenzar a trabajar cuando a su lado se sentó la anciana que hacía un momento estaba en otro asiento apartado de donde él se encontraba.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con un gesto de reproche, de notable incomodidad ante su interrupción.
- Siempre es mejor esperar un vuelo haciendo lo que se tenía planeado, y seguro eso no es charlar con un desconocido, le contestó fría y toscamente.
El tono casi ofensivo sorprendió a la anciana. Se retiró apenada de inmediato y él empezó a trabajar un poco en sus pendientes. Leyendo aquí, revisando allá. Nada urgente. Todo imprescindible. No así su espera. Esa inevitable espera. Por un momento, pestañó. Cerró los ojos evidenciando fatiga. Con la intención de despertar y no dejarse caer en el sueño, levantó la cara y miró alrededor. Al hacerlo se consternó. Las mismas personas yacían a su alrededor. La anciana leyendo, el hombre del mediocre traje gris, aquel de los audífonos, la pareja durmiendo y la madre y su pequeño. Nadie más. ¿Será acaso que sólo nosotros iremos en el vuelo? Eso nunca lo había visto. Tan pocas personas para un vuelo de varias horas no sería común. Faltando ya tan poco tiempo para que el vuelo saliera no podía tener lógica que no llegaran los demás pasajeros. Y al contemplar el reloj en su tableta, su consternación aumento: las 5:00 am anunciaba que aun faltaban 50 minutos para su vuelo. ¿Cómo era posible aquello? Llevaba más de 30 minutos ahí, o al menos eso suponía. Miró hacia los alrededores buscando algún otro reloj. Vio a lo lejos, justo arriba de un pequeño café, uno de manecillas que marcaban las cinco de la mañana. No puede ser posible, se afirmaba, estoy seguro que debe ser más tarde. Buscó su celular para revisar la hora que marcaba y el resultado el mismo: aparentemente no había transcurrido tiempo alguno. Suspiró inconforme, pero convencido. Seguiremos esperando entonces, se dijo para sí. Terminó los pendientes y leyó los documentos restantes. Los pendientes habían dejado de serlo para volverse asuntos concluídos. Inició la lectura del periódico. Un vistazo aquí, una lectura rápida allá. La desaparición de cinco personas llamó su atención. Ocurrió afuera de un bar, decía la nota. Aparentemente nadie los ha visto en días. Andarán muy contentos en la fiesta, se dijo con una sonrisa. De repente recordó que no había revisado en días su muro en el Facebook. Entró a su cuenta después de varios yerros en su contraseña. Su muro plagado de notas de amigos y familiares. Leyó algunas notas, contestó otras tantas, rió con algunos videos y observó varias fotografías. Hechó ligeramente de menos a quienes ahí recordó. Volvió entonces a su principal ocupación: debía de tomar un vuelo a las 5:50 y ya debía ser hora. Levantó la vista y no pudo creer lo que observó. La anciana seguía leyendo, el mediocre seguía trabajando, el joven seguía bailando ligeramente en su asiento, la pareja seguía dormitando y la madre y su pequeño continuaban esperando. Ni una persona más había llegado. Observó el reloj de su tableta, el de su celular y aquel lejano de manecillas y el resultado idéntico al de hacía un rato. Las 5:00 am anunciaban. Su desesperación aumentó notablemente. Se acercó a la anciana para preguntarle la hora.
- Hay un reloj de manecillas ahí enfrente, contestó en el mismo tono frío que él lo había hecho con ella hacía unos momentos, si es que eso tenía algún sentido temporal para él. Parece que no tiene mucha paciencia para esperar, añadió.
- Ya he esperado demasiado aquí, le contestó notablemente consternado. Esto no está bien.
- Todos tenemos que esperar algún día, querramos o no, por alguna cosa que ni sabemos qué es.
No permitió que la mujer terminara su comentario, regresó a su asiento y tomó su equipaje. Caminó hacia la entrada más próxima, encontró a un policía y le preguntó la hora.
- Las 5:00 am, contestó mirando su reloj, ¿a qué hora sale su vuelo?
- Es que no entiende, mi vuelo debió salir ya, respondió apurado. Tengo casi una hora esperando aquí o más y no hacen ningún anuncio.
- Permítame su pase de abordar, dijo serenamente el guardia. Su vuelo sale en 50 min.
- No es posible, ya esperé demasiado. Yo llegué a tiempo. Esto no puede estar sucediendo.
- Señor, le sugiero que vuelva a la sala y espere su vuelo, no hay ningún anuncio de cancelación. Vea en la pantalla, su vuelo está a tiempo. Sólo tiene que esperar 50 minutos.
Mas no hizo caso. Sorprendido a un grado inexplicable, entró al baño. Se mojó la cara y enjuagó la boca. Se sentía extraño, asustado a cierto grado. Ya la espera era demasiada tortura, pero este no transcurrir del tiempo, esta inmovilidad temporal lo estaba asfixiando. Se peinó con abundante agua pra refrescar las ideas y poner atentos a sus sentidos. Salió de nuevo al pasillo. Las mismas personas. La misma posición en las manecillas lejanas y una consternación en aumento. Entró en la primera tienda que encontró y compró lo primero que estuvo a su alcance en el mostrador. Esperó ansioso el ticket. La compra se había realizado a las 5:00 am. Tragó saliva y un frío temblor recorrió su ser. Esto ya no era posible. Se acercó al estante de las revistas y tomó la primera que encontró. La abrió en cualquier parte y comenzó a leer. Un reportaje de cierta familia real y de dónde vacacionan ciertos reyes europeos. No le interesó en lo más mínimo, pero su intención era dejar pasar el tiempo; consientemente dejarlo pasar. Sabía que la lectura completa de aquella nota rosa le había consumido al menos 5 minutos. Volvió al mostrador y tomó lo primero que encontró. ¿Olvidó algo hace rato?, dijo amablemente la cajera. Él no respondió. Sólo esperaba el ticket. Al recibirlo lo escudriñó violentamente. La misma hora anunciaba. Lanzó un grito inesperado que asustó a la cajera. El guardia que hacía un momento le había ayudado se acercó y habló violentamente: Señor será mejor que se calme. Tomó su equipaje y decidió huir. Salir de ese lugar. Perdería el vuelo. El viaje podía esperar pero ya no más aquella espera en ese lugar donde el tiempo no avanza, donde cada segundo inamovible que no pasa, que no vive para sucumbir al paso del siguiente, lo lapidaba una y otra vez. Caminó por el pasillo que hacía un tiempo lo había conducido por ahí. Y al dar la vuelta se encontró con la sala de espera donde había estado hacía un momento. Pero ahora notó un cambio sustancial. Seguían estando las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Pero ahora era diferente: el del traje gris leía, la anciana escribía en su laptop, la joven pareja escuchaba música, el joven esperaba y la madre y su bebé dormitaban, en las mismas posiciones en las que anteriormente los otros realizaban las actividades que los distinguían. Imágenes que aparecían y venían. Al pestañeo momentaneo, las imágenes se superponían unas sobre otras, haciendo parecer que la anciana se enfundaba en traje gris, que la pareja escribía en la laptop, que el bebé esperaba sentado, maduro, en su propio asiento, que la madre escuchaba música y que el mediocre tarareaba música. Un colapso temporal y dimensional atestiguaba. Tiempo y espacio definen un momento. Y él observaba cómo la realidad, su realidad, se derrumbaba, se confundía, se traslapaba un instante sobre otro. Voces confusas llegaban a sus oídos. Sonidos lejanos, indistinguibles hacían más irreal la escena. Ahora algunos agudos, ahora graves, sin alcanzar a distinguir su origen o la razón de existir que tuvieran. Igualmente la luz parecía apagarse en tonos rojisos por momentos o azulados en otros. Todo orquestado en una extraña sinfonía sin sentido que agudizaba su confusión, que incrementaba por cada segundo que no transcurría su ritmo cardíaco, haciendo que aquella sudoración que escurría por su frente lo cegara por momentos.
Corrió de ese lugar, buscando la salida. Sabía que iba en dirección de los puntos de seguridad del aeropuerto, pero no le importaba. Debía salir de esa confusión, de esa espera, de ese lugar donde el control del tiempo se escapaba de sus manos y lo hacía sentirse prisionero de algo ajeno a él. El pasillo se alargaba en cada momento. Parecía que a cada paso que daba, la distancia que lo separaba de aquella luz que era la salida se alejaba más y más, al tiempo que la luz iba disminuyendo inevitablemente a su alrededor. De pronto, oscuridad total. Silencio absoluto. Nada perturbaba la nada que existía a su alrededor, en la que yacía, a la que pertenecía en ese momento y de la cual quería escapar. Comenzó a sentir que el suelo se abría a sus pies, que lo tragaba. Un abismo que en aquella oscuridad no pudo ver, se abrió poco a poco a sus pies, devorándolo, tragándolo poco a poco sin la posibilidad de escapar. Intentó gritar, pero aquel silencio era imposible de quebrar. No pudo emitir sonido alguno. Y se sintió caer en aquella oscuridad profunda que lo alejaba de todo y lo llevaba hasta el inevitable fin donde nada existe y nada es...
Se despertó de un sobresalto. La tablet en la que hacía un momento trabajaba por poco cae al suelo. Su corazón latía con fuerza y un gota de sudor rodó por su mejilla. Miró alrededor. Las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Todos seguían ahí y nadie más. Temió lo peor. La anciana se acercó a él.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con cierto temor y angustia. Esto ya lo había vivido, o al menos así le parecía.
- Tiene razón. La espera siempre es mejor en compañía.
Y comenzó una plática entre ellos dos. Pasajera, irrelevante. El del traje gris cerró su laptop y fue por un café, el joven de los audífonos realizó una llamada, la pareja despertó y al instante se besaron y la madre y su bebé caminaron por la sala de espera. Luego, llegaron otros pasajeros, y comenzó a crecer un cuchicheo, aquel que implica la llegada de más y más personas. Y aquel que platicaba con la anciana y cuyo sudor ya se había secado, miró de rabillo el reloj de manecillas que estaba a lo lejos. Sólo faltaban 45 minutos para su vuelo.
sábado, 16 de febrero de 2013
Manual para visitar El Torito
Dicen que tanto va el cántaro al pozo hasta que se quiebra, o lo que es lo mismo, tanto le pica uno las patas al diablo hasta que responde. Y es verdad. Por cuestión estadística. Tanto está uno dale y dale hasta que ¡zaz!, se aparece SanJuditas y te echa el mal de ojo.
En fin, la presente entrada es un manual muy recomendable para todos aquellos que frecuentan beber y conducir. Eso de que se vuelvan más o menos ágiles en la conducción bajo los efectos del alcohol es algo que no voy a discutir, cada quien sabrá cómo se mueve cuando anda medio pedín. Aquí la cosa es revisar algunos puntos generales, y de buena fuente testimonial (ya saben, el primo de un amigo), respecto a qué es lo que ocurre si te llega a parar el tan mentado y conocido Alcoholímetro.
Para los camaradas que no estén en la ciudad de México y no sepan de qué coños hablamos, el Alcoholímetro es un programa implementado en la ciudad de México, que lleva alrededor de 9 años y que tiene como objetivo disminuir los accidentes automovilísticos relacionados con el consumo de alcohol. En general, este programa consiste en que jueves, viernes, sábado y algún día extra al azar (de esto no estoy muy seguro) en horario nocturno, policías cierran parcialmente avenidas muy transitadas o donde ocurren con frecuencia accidentes automovilísticos o cercanos a bares y antros, y se hace una revisión de los conductores para saber si han consumido alcohol y si están aptos para
conducir. La revisión consiste en dos posibles etapas. A la primera la llamaremos oler el tufo. Literalmente te huelen el tufo; esto es, un policía mete su cabezota a tu vehículo y te hace alguna pregunta para ver si hay rastros de alcohol en tu oloroso aliento o en la propia atmósfera de tu vehículo. Si el uniformado no detectara nada, sin problema te diría que continuaras tu camino. Si por el contrario, confiesas haber consumido alcohol o al oficial le llega el tufo, pasarías a la siguiente etapa. A ésta la llamaremos, ¡sóplale bien, carnal!. En esta etapa, te piden cortesmente que te orilles, apagues tu vehículo y bajes de él, para que posteriormente te hagan la medición del nivel de alcohol presente en tu aliento. Para ello tendrás que soplar a través de un popote que va directo a un detector que parece multímetro. Te dirán que tienes que seguir soplando hasta escuchar un "bleep" del aparato. Si le haces
al buey y empiezas a fingir que soplas pero no soplas, te dirán que le soples bien, que así no va a detectar nada. La soplada correcta, que es medio prolongada, dura como unos 3 o 4 segundos y es entonces cuando suena el tal "bleep". Te retiran de la boca el aparato y a tu vista empiezas a ver cómo los numeritos comienzan a moverse, mostrando que está midiendo tu cantidad de alcohol en tu aliento. Y es aquí donde viene la parte que hace roncha: no importa si estás sobrio o bien pedo, que sigas tu camino o que te cargue el payaso depende exclusivamente del numerito que marque el aparatejo ese. Si tu medición es por debajo de 0.40 ¡que suertudo cabrón!, pero si sale mayor al 0.40, pues vete preparando para amanecer guardado en el famoso Torito.
Para los camaradas que no estén en la ciudad de México y no sepan de qué coños hablamos, el Alcoholímetro es un programa implementado en la ciudad de México, que lleva alrededor de 9 años y que tiene como objetivo disminuir los accidentes automovilísticos relacionados con el consumo de alcohol. En general, este programa consiste en que jueves, viernes, sábado y algún día extra al azar (de esto no estoy muy seguro) en horario nocturno, policías cierran parcialmente avenidas muy transitadas o donde ocurren con frecuencia accidentes automovilísticos o cercanos a bares y antros, y se hace una revisión de los conductores para saber si han consumido alcohol y si están aptos para
conducir. La revisión consiste en dos posibles etapas. A la primera la llamaremos oler el tufo. Literalmente te huelen el tufo; esto es, un policía mete su cabezota a tu vehículo y te hace alguna pregunta para ver si hay rastros de alcohol en tu oloroso aliento o en la propia atmósfera de tu vehículo. Si el uniformado no detectara nada, sin problema te diría que continuaras tu camino. Si por el contrario, confiesas haber consumido alcohol o al oficial le llega el tufo, pasarías a la siguiente etapa. A ésta la llamaremos, ¡sóplale bien, carnal!. En esta etapa, te piden cortesmente que te orilles, apagues tu vehículo y bajes de él, para que posteriormente te hagan la medición del nivel de alcohol presente en tu aliento. Para ello tendrás que soplar a través de un popote que va directo a un detector que parece multímetro. Te dirán que tienes que seguir soplando hasta escuchar un "bleep" del aparato. Si le haces
al buey y empiezas a fingir que soplas pero no soplas, te dirán que le soples bien, que así no va a detectar nada. La soplada correcta, que es medio prolongada, dura como unos 3 o 4 segundos y es entonces cuando suena el tal "bleep". Te retiran de la boca el aparato y a tu vista empiezas a ver cómo los numeritos comienzan a moverse, mostrando que está midiendo tu cantidad de alcohol en tu aliento. Y es aquí donde viene la parte que hace roncha: no importa si estás sobrio o bien pedo, que sigas tu camino o que te cargue el payaso depende exclusivamente del numerito que marque el aparatejo ese. Si tu medición es por debajo de 0.40 ¡que suertudo cabrón!, pero si sale mayor al 0.40, pues vete preparando para amanecer guardado en el famoso Torito.
Sí, ya sé que debí escribir 0.4 pero neto para los oficiales, jueces,
custodios, médicos, para todo mundo una cosa es 0.4 y otra 0.40, ya
saben ustedes y por supuesto que es un rollo lo de la medición si me preguntan a mi. Primera pregunta, ¿porqué el nivel es 0.4 mg/l de alcohol? Que tu libertad de casi un día entero dependa de la medición de un aparatito pues da de qué pensar. Si estará bien calibrado, si estará funcionando óptimamente, etc., son cosas que uno se pone a pensar cuando le está soplando. Creo que al menos debería añadirse previo a la medición del aparatito una revisión visual del conductor para saber su grado de alcoholización. Si arrastra la lengua, si tiene dificultades para responder o para liar ideas, si no puede ni salir de su vehículo pues lo mandas directamente a la medición del aparatito y seguramente saldrá con los niveles disparados. Pero si pasa la prueba visual, pues lo dejas continuar su camino. Todos respondemos de manera diferente al consumo de alcohol y creo que al menos una inspección visual en primer plano sería conveniente. En fin, no estoy de acuerdo que una simple medición sea lo que decida si te quedarás guardado toda una noche o no. Bien, continuemos. ¿Qué prosigue si rebaso el mentado 0.40? De entrada, hazte a la idea que ya valió tu noche y tu día siguiente, al menos. No habrá modo de que te zafes. O al menos no tan fácilmente. Si vienes acompañado, le preguntarán a tu acompañante si bebió alcohol. Si bebió entonces le preguntarán que si se puede llevar tu vehículo. Si no puede llevárselo, o bebió alcohol o viajabas solo pues vete haciendo a la idea que tu coche se irá al corralón, arrastrado por esas pinches grúas que no se fijan si lo hacen bien o mal, le pondrán los molestos pegotes esos en puertas, cofre y cajuela y tendrás que pagar tu multa correspondiente, además de que tendrás que averiguar a cuál corralón lo llevaron. Esto es fácil. Sólo llamas a Locatel (5658111), das las placas y datos de tu vehículo y ahí te dirán dónde está. No olvides preguntar qué documentos necesitas, porque es diferente si el vehículo es particular o si es de empresa. Y necesitarás copias de esos documentos, así que si alguien te puede acompañar en coche pues qué mejor, porque luego alrededor de esos corralones no hay nada para sacar copias. Claro, de todo esto te preocuparás después de que salgas de tu encierro en el Torito.
Después de que te hicieron tu lectura en el chupómetro y que rebasaste el 0.40, el médico que está ahí en el retén levantará el reporte. Te pedirá tus datos generales, que de dónde vienes, a dónde te dirigías, cuántos tragos te tomaste (siempre son entre 2 o 3 cervezas). Te dirán que según el reglamento de la ciudad de México, violaste el artículo tal porque manejabas con un nivel elevado de alcohol e incurriste en una falta, por lo que deberán trasladarte ante el juez de lo civil para que te dicte la sentencia que deberás purgar. Por cierto, y antes de continuar, debo decir que no hay modo que des mordida. Hay como 30 personajes en los retenes, además de cámaras de video. Es imposible llegar a un acuerdo con alguien. No hay modo. Yo lo entiendo de esta manera: este es un programa que quiere hacer lucir a la ciudad de México como de primer mundo en prevención de accidentes vinculados con el consumo de alcohol, por ello debe evitarse a toda costa la mordida. Habiendo 30 sujetos, ¿a quién sobornas? En fin, pueden intentarlo pero lo único que podrían ocasionar sería empeorar su condena. Ya con tu reporte en mano de algún oficial, te introducirán en uno de sus vehículos y empieza el viaje. Si te estas miando, que suele ocurrir después de venir de una fiesta, pues les dices "oficial, me estoy miando, ¿qué hago?". Si el oficial está de buenas, seguramente te harán casita y te dejarán orinar en plena vía pública. Total, ya te vas detenido, mejor que vayas cómodo. Una vez dentro del vehículo y con dos o tres policías únicamente, pues puedes intentar el soborno, pero no servirá de mucho: el reporte está levantado y ya te están esperando en el Torito. Y ahora en la patrulla, te llevarán a otro retén y a otro, no sólo para llevarse a otros detenidos como tú, sino porque en uno de esos retenes se encuentra el juez que te dictará sentencia. La sentencia mínima es de 20 horas de arresto. Y es aquí donde viene la otra nota importante: si ya te agarraron y vas bien pedo o estás encabronado, neto, no te desquites con los oficiales ni hagas desmadre. Si levantan la queja que te pusiste necio, que no puedes ni hablar o que vienes muy mal, el juez puede ponerte una condena mayor a la mínima. Y ahí sí está cabrón. Conozco testimonios de tipos que se gritonearon con un policía o lo empujaron o le aventaron los condones a la juez al estar encabronados y les dictaron 36 horas por sus escenitas. Ya te ensartaron. Ni modo. Mejor sereno y tranquilo. Una vez que te presenten ante el juez, te toman tu declaración, firmas, firmas, firmas y te dictan tu sentencia, esperando, neto, que sea la mínima. Es a partir de este momento que empiezan a contar tus horas de arresto. Si desde que te detuvieron hasta la hora en que te llevaron ante el juez pasaron 2 o 3 horas, pues qué mal pedo. No cuentan. Empiezan a contar hasta que tomaron tu declaración y que el juez dictó sentencia.
Ya con tu sentencia, tu siguiente parada es el Torito. Durante todo este momento, puedes hacer llamadas y mensajearte con tu gente usando tu celular. Si tienes que avisarle a alguien que no vas a llegar, pues hazlo. Los policías no te dicen nada. A menos, insisto, que te pongas necio y que te sientas la influencia más potente en medio oriente. Avísale a alguien lo que te pasó, no para que mueva sus influencias y te saque, sino para que alguien sepa dónde estás y no empiecen a pensar cosas extremas, como que te levantaron, andas en tu desmadre o de plano sufriste abducción por un ovni. También te sirve para que te vayan a visitar a tu encierro. Son al menos 20 largas horas que tendrás que pasar ahí dentro, dependiendo de tu condena. Una vez que llegas al famoso Torito, ubicado muy cerca del metro Tacuba, lo primero que te harán será leerte la cartilla de las reglas generales de ahí adentro. Obvio, te las recita un custodio mal encarado. Respeto aquí, respeto allá. "No vienen a curársela señores, ni vienen a dormir, vienen a cumplir una condena", es lo primero que te dicen. Y es en este punto, cuando has ingresado al Torito donde ya tienes que apagar tu celular. Ya no puedes comunicarte con el exterior porque ya llegaste al centro de sanciones administrativas. Te pasarán con el médico legista para ver cómo llegas y después a la "aduana", no se si se llame así, pero es donde tienes que entregar todas tus cosas y que serán guardadas hasta que salgas: agujetas, cartera, celular, cinturón, reloj, dinero, todo, absolutamente todo, no puedes meter nada a tu encierro. No te preocupes por tu cosas, mientras se van guardando, se va enlistando una por una detalladamente. Nada se pierde. Al menos eso me han dicho jeje. Y cuando entregas todo, y tienes tu recibo, es cuando un custodio grita: ¡Ingreso!, anunciando que ya vas para adentro.
Ahora a pasar el tiempo. 20 horas cuando menos. Te dan tus tres comidas que tú sabrás si consumes o no. En la comida te ofrecen la famosa pancita para la cruda. Después de comer tienes que lavar tu batea donde te dan tu comida. Y auténticamente es como batea de cerdos, me han contado. Los baños no son un ejemplo de limpieza pero al menos están más limpios que los de ciertas plazas, aunque eso sí no tienen puertitas por si quieres un poco de privacidad para cagar a gusto. Te pasan lista dos veces, en la mañana y luego en la noche, y te repiten que no puedes tener celular, ni dinero, ni cadenas, ni aretes, ni nada. Si los tuvieras te invitan a que los entregues. En ningún momento te dejan dormir. Te mantienen despierto además de que no hay mucha comodidad. Y también esperando que durante tu encierro no haga mucho frío, o lleves un buen abrigo, porque eso de usar las cobijas seguro enchinchadas pues no es muy buena opción. En algún momento te hace una entrevista el de trabajo social. ¿Casado?, ¿soltero?, ¿algún familiar sabe que está aquí?, ¿cuánto alcohol consume a la semana?, etc. Ya sabrás tú que contestas. Y es aquí donde te indican a qué hora saldrás, para que se los comuniques a tus familiares, o vayas previendo cómo saldrás de ahí. Es Tacuba y los rumbos están feos. Durante tu encierro te pasan películas, obvio de superación o relacionadas con el alcohol, o te dan chance de estar en la biblioteca donde puedes perder el tiempo leyendo algo. La biblioteca es atendida por una señoras muy lindas que en todo momento te regañan como si estuvieras en la primaria. "A ver chicos, no quieren que llamemos a los custodios, ¿verdad?, así que mejor calladitos y no pueden salir sin permiso". Porque cabe mencionar que es un centro de sanciones administrativas, o sea, cae de todo. Compartirás encierro con franeleros, teporochos, los que andaban moneando o indigentes. Y por supuesto, no falta el wey influyente, de traje y toda la onda que está esperando que llegue su abogado con su amparo, que se pasea de un lado a otro mirando con desprecio a uno que otro valedor. El amparo no sirve, a menos que tengas una urgencia impostergable. Es para lo único que sirve, para cambiar la fecha de tus horas de encierro, pero de que tienes que pagar las horas de tu encierro pues lo tienes que hacer. Y de manera increíble, hay una tiendita adentro del torito. Sí, increíble. Venden de todo, bueno lo de una tiendita pues. Papitas, maruchan, refrescos, por si prefieres comer algo de ahí y no de lo que te ofrecen. Lo que pidas, te lo anotan en una lista y cuando la tiendita cierra pues te pasan a la aduana, donde dejaste tu dinero y ya liquidas. Si necesitas comunicarte con tu gente, desde adentro hay teléfonos públicos que funcionan con tarjeta telefónica, que es lo único que te dejan pasar. El horario de visitas es de 3 a 5 si mal no recuerdo. Digo, me han dicho. Te pueden traer comida tus familiares y pues también es bueno que te visiten para perder el tiempo, para distraerte. También te pueden llevar papel de baño, porque en algún momento te entregan un poco de papel y te hacen firmar; claro, son como cinco cuadritos. Obvio no faltan los testimonios de AA para ayuda y en la tarde hay misa por el grupo de católicos laicos, porque según ellos, todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ni yo entiendo eso que dijeron, pero así dijeron. "Nosotros no somos religiosos, que quede claro. Nosotros somos laicos, porque todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ahora recemos...". Después de la cena que se sirve a las 7, te vuelven a pasar lista. Y después de las 8 ya te pasan a las celdas. Prácticamente durante tu estancia sólo estás al final en las celdas, cuando es la hora de dormir. Y así. A seguir perdiendo el tiempo con los cuates que ya habrás hecho ahí. A esperar que alguien grite tu nombre y la neta sí son puntuales. Bueno, eso me han contado.
Cuando gritan por fin tu nombre, pues pasas nuevamente con el médico legista para que firmes en qué condiciones sales. Te entregan tus cosas, firmas, firmas, firmas y ahora sí, a salir y ver si alguien te espera afuera.
Pues espero que esta narración del primo de mi amigo les sirva como previo si es que algún día tienen la mala fortuna de caer en el Torito. Es algo que no se lo deseo a nadie. Es una weba total de perdedera de tiempo. Y si ni pedo vas, pues peor. Aunque pensándolo bien, lo peor sería llegar ahí bien pedo. ¿Cómo te la curas? ¡Sería espantoso! Bueno, creo yo. Porque de todo esto, pues a mi me lo contaron.
Anécdotas cagadas.
¿O no?
Ahora a pasar el tiempo. 20 horas cuando menos. Te dan tus tres comidas que tú sabrás si consumes o no. En la comida te ofrecen la famosa pancita para la cruda. Después de comer tienes que lavar tu batea donde te dan tu comida. Y auténticamente es como batea de cerdos, me han contado. Los baños no son un ejemplo de limpieza pero al menos están más limpios que los de ciertas plazas, aunque eso sí no tienen puertitas por si quieres un poco de privacidad para cagar a gusto. Te pasan lista dos veces, en la mañana y luego en la noche, y te repiten que no puedes tener celular, ni dinero, ni cadenas, ni aretes, ni nada. Si los tuvieras te invitan a que los entregues. En ningún momento te dejan dormir. Te mantienen despierto además de que no hay mucha comodidad. Y también esperando que durante tu encierro no haga mucho frío, o lleves un buen abrigo, porque eso de usar las cobijas seguro enchinchadas pues no es muy buena opción. En algún momento te hace una entrevista el de trabajo social. ¿Casado?, ¿soltero?, ¿algún familiar sabe que está aquí?, ¿cuánto alcohol consume a la semana?, etc. Ya sabrás tú que contestas. Y es aquí donde te indican a qué hora saldrás, para que se los comuniques a tus familiares, o vayas previendo cómo saldrás de ahí. Es Tacuba y los rumbos están feos. Durante tu encierro te pasan películas, obvio de superación o relacionadas con el alcohol, o te dan chance de estar en la biblioteca donde puedes perder el tiempo leyendo algo. La biblioteca es atendida por una señoras muy lindas que en todo momento te regañan como si estuvieras en la primaria. "A ver chicos, no quieren que llamemos a los custodios, ¿verdad?, así que mejor calladitos y no pueden salir sin permiso". Porque cabe mencionar que es un centro de sanciones administrativas, o sea, cae de todo. Compartirás encierro con franeleros, teporochos, los que andaban moneando o indigentes. Y por supuesto, no falta el wey influyente, de traje y toda la onda que está esperando que llegue su abogado con su amparo, que se pasea de un lado a otro mirando con desprecio a uno que otro valedor. El amparo no sirve, a menos que tengas una urgencia impostergable. Es para lo único que sirve, para cambiar la fecha de tus horas de encierro, pero de que tienes que pagar las horas de tu encierro pues lo tienes que hacer. Y de manera increíble, hay una tiendita adentro del torito. Sí, increíble. Venden de todo, bueno lo de una tiendita pues. Papitas, maruchan, refrescos, por si prefieres comer algo de ahí y no de lo que te ofrecen. Lo que pidas, te lo anotan en una lista y cuando la tiendita cierra pues te pasan a la aduana, donde dejaste tu dinero y ya liquidas. Si necesitas comunicarte con tu gente, desde adentro hay teléfonos públicos que funcionan con tarjeta telefónica, que es lo único que te dejan pasar. El horario de visitas es de 3 a 5 si mal no recuerdo. Digo, me han dicho. Te pueden traer comida tus familiares y pues también es bueno que te visiten para perder el tiempo, para distraerte. También te pueden llevar papel de baño, porque en algún momento te entregan un poco de papel y te hacen firmar; claro, son como cinco cuadritos. Obvio no faltan los testimonios de AA para ayuda y en la tarde hay misa por el grupo de católicos laicos, porque según ellos, todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ni yo entiendo eso que dijeron, pero así dijeron. "Nosotros no somos religiosos, que quede claro. Nosotros somos laicos, porque todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ahora recemos...". Después de la cena que se sirve a las 7, te vuelven a pasar lista. Y después de las 8 ya te pasan a las celdas. Prácticamente durante tu estancia sólo estás al final en las celdas, cuando es la hora de dormir. Y así. A seguir perdiendo el tiempo con los cuates que ya habrás hecho ahí. A esperar que alguien grite tu nombre y la neta sí son puntuales. Bueno, eso me han contado.
Cuando gritan por fin tu nombre, pues pasas nuevamente con el médico legista para que firmes en qué condiciones sales. Te entregan tus cosas, firmas, firmas, firmas y ahora sí, a salir y ver si alguien te espera afuera.
Pues espero que esta narración del primo de mi amigo les sirva como previo si es que algún día tienen la mala fortuna de caer en el Torito. Es algo que no se lo deseo a nadie. Es una weba total de perdedera de tiempo. Y si ni pedo vas, pues peor. Aunque pensándolo bien, lo peor sería llegar ahí bien pedo. ¿Cómo te la curas? ¡Sería espantoso! Bueno, creo yo. Porque de todo esto, pues a mi me lo contaron.
Anécdotas cagadas.
- Nunca falta el wey influyente que en todo momento quiere hablar con el sargento, y no para de preguntar si ya llegó su abogado.
- ¡Aguas con el NegroPingaGrande!
- En todo momento quieres saber qué hora es.
- No falta el wey que ya ha caído más de tres veces por la misma razón y que se las sabe de todas, todas.
- Jeje tampoco falta el wey arrepentidísimo: "No mames, yo iba a ponerle con mi vieja y mira dónde acabo. Me encabroné tanto que le aventé los condones a la juez y me aventó 28 horas de encierro. Pero la neta no vuelvo a beber, me cae de madre. Si me viera mi jefe, santa madriza que me daría. A ver si no me corren de la chamba".
- Tampoco falta el wey que nunca bebe, y que ese día bebió tres cervezas, llevó a sus padres a una fiesta y mira donde acabó, con una lectura 5 veces mayor que la permitida, y totalmente sobrio, sin entender cómo pudo ocurrir.
- He escuchado varios testimonios y relatos de AA en otros lugares, pero nunca tan crudos como los que escuché aquí.
- Chingón que lleguen los de Clínica Condesa a dar su plática, la cual la dio una señora. Abierto, claro y sin tapujos. No faltaban los weyes que se reían.
- Muy cagado que cuando ya gritan tu nombre y que anuncia que ya sales, todos tus compañeros te aplauden y echan porras.
- Que tus familiares durante la hora de visita te hayan llevado un rollo de papel de baño no tiene precio.
- Que a tu salida, tus compañeros de celda te griten: "¡No mames, deja el papel de baño!", y tú contestes: "¡No mames, me lo encargaron!" , jeje es una reverenda mamada y no tiene precio.
- Que al final salgas y te estén esperando tus cuates con los que ibas en la peda y traigan cara de "wey, discúlpanos", además de un pomo, un balón de los Raiders y una bolsa de Chachitos de regalo, pues tampoco tiene precio.
- Que llegue tu cuate con su ex y ella te quiera regañar, pues tampoco tiene precio. Casi puedes pensar que tu infortunio los reunió otra vez.
- Y que también llegara el wey con el que siempre andas de pedo y concluyas: ya me tocaba.
- ¿Es un mito el NegroPingaGrande? ¡No, no es un mito! ¡Aguas!
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