Dos años y medio sin escribir. Demasiado tiempo. Una vida quizá. En esos más de dos años me ocurrieron muchas cosas. Algunos ya las sabrán, otros las conocerán poco a poco en este blog. Viví en Barcelona esos dos años, en la comunidad autónoma de Catalunya en el reino de España. Vaya que si tengo historias. Algunas, cortas de una noche. Otras, continúan en mis sueños taladrando mis noches con sus "si hubiera" y sus "suponiendo que". Vivir en Sabadell (a 20 km de plaza Catalunya en Barcelona) ha sido de las más grandes experiencias en mi vida. Ya iré contando un poco por aquí lo que llegó a pasar.
Hoy, de mientras, me importa más retomar mi blog. Porque si algo me gusta, aparte de leer, es escribir. Pero mi trabajo me impide muchas veces guardar todo y concentrarme en este tipo de hobbies. En fin, intentemos una historia breve.
Va por ustedes.
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Hace quince minutos que te has marchado. Llevo treinta minutos en esta cafetería y me he pensado pedir un tercer café o la cuenta, para irme al bar que está en la esquina. Te cité aquí para tratar de solucionar nuestros problemas. Que si la ropa en el suelo, que si mis llegadas tarde, que si mi alcoholismo, que si mis gritos, que si mi falta de interés, que si los trastes que no lavo, que por qué trabajo tanto. Vine a aclarar todos tus reclamos. Vine de buena fe. Y tú viniste a otra cosa. Tu decisión la tenías ya bien tomada. En la mesa siguen el par de cosas que has dejado: la pulsera que compartíamos y las llaves de mi piso. ¿Qué voy a hacer con ellos? Ni siquiera me dejaste hablar. Llegaste y dijiste la cantaleta de las últimas semanas: "ya no aguanto, no te intereso, ya ni me saludas, ni me pelas, ya te valgo". Reclamos de niño mimado. Huecos, vacíos, pero, a tu modo, sinceros.
Quince minutos en los que los últimos tres años pasan por mi mente en forma de resumen. ¿Para qué apostar si aunque parezca que ganas, al final siempre pierde uno? Ordené mi casa como quisiste, compré las cosas que quisiste, puse mi horario como preferiste, cambié mi rutina por ti, rechacé un par de trabajos y puedo decir que detuve mis sueños por ti. No es reclamo, pero es así. Ah, pero no fue suficiente. Ni el hecho de soportar a tu gato, ese animal peludo que metiste en mi vida y que detesté al principio. Pero querías el control total, el dominio absoluto de mi persona. Me querías sumiso, callado, con la cabeza gacha: la única manera posible de demostrarte mi amor. "Si me amas harás lo que yo diga" aún resuena en mi cabeza. ¿Cómo pude caer en eso?
Quince minutos en los que, ¡por fin!, tus ridículos arranques de celos han cesado. "¿Qué le ves?", "¡déjame ver tu móvil!", "¿a quién le escribes?", "seguro te andas besuqueando con veinte más", "un día te voy a espiar", "ya puse cámaras escondidas aquí para tenerte vigilado", "¿por qué llegaste temprano?", "¿por qué llegas tarde?". Me río y suspiro. Se acabó y brindaré por eso.
Pero ahora tu gato ya no me recibirá cuando llegue. Ni encontraré huellas de sus patitas sobre mis notas o sobre mi escritorio. Ni se paseará por mis piernas, ni me ronroneará mientras ceno. Ni andará tras de mi a donde quiera que vaya en mi piso. Ni continuará su eterna pelea con la escoba los días que tocaba limpieza. Ni se acostará sobre mi mientras bebo una cerveza viendo Netflix, o leyendo un libro. Ni se alejará de ti buscándome feliz. Ni jugará conmigo con cualquier cosa que se me caiga al suelo. Ni se plantará en la ventana las tardes de lluvia, cola colgando y moviendo al gusto, volteándome a ver a ratos invitándome a contemplar la magnífica vista de la ciudad. Ni saltará de aquí para allá escondiéndose, jugando a que lo encuentre. Ni subirá por mi brazo para instalarse entre mi cuello y el sofá. Ni me brincará encima por las mañanas para despertarme. Ni me lamerá los dedos mientras lo acaricio. Ni se quedará dormido en mis piernas mientras trabajo en la computadora, sintiendo su respiración pausada, cálida, serena sobre mi, que me daba paz en el tormento diario de vivir contigo.
Quince minutos que ayudan a la reflexión. A darme cuenta que, a pesar de todo, fui amado en esta relación. Quince minutos que te has ido. Y no se qué haré sin tu gato.
"Ahora que las tormentas son tan breves y los duelos no se atreven a dolernos demasiado." Nada más que un intento por describir un poco lo que soy, lo que veo y lo que entiendo. Simplificando sueños y vaciando tragos mientras nos enfilamos a la vida que empieza cuando la propia acaba.
jueves, 23 de febrero de 2017
lunes, 16 de junio de 2014
La promesa
El golpeteo incesante en la puerta principal interrumpió violentamente nuestra intimidad. Como en otras ocasiones, creí que el lugar era lo suficientemente grande para mantenernos escondidos. Pero al caer la última puerta que nos guarecía me asusté, y por primera vez, temí por nosotros. Aquellos extraños inoportunos que vestían de uniforme azul ya sabían dónde estábamos. Eran demasiados y venían por nosotros. Contigo a cuestas corrí por el pasillo, subí por la escalera saltando escalones, anhelando alcanzar el siguiente que me llevaría a las puertas del cielo, a nuestra libertad.
Abajo, las sombras uniformadas vociferaban y gritaban demandando mi inmediata presencia. Me ordenaban que me detuviera y te soltara. “Qué ingenuos” pensé, mientras continuaba sin parar. Sonaban silbatos y ladridos de perros. Pasos atropellados perseguían a los míos que, sin descanso, ascendían con el amor entre mis brazos. Firmemente sujetaba tu torso desnudo mientras escapábamos a cada paso. Tus largas piernas bailaban al ritmo de mi ascenso. Yo temía que en cualquier momento pudiera perder alguno de aquellos detalles tuyos que me habían cautivado, cegado, conmovido. Y así ocurría: a cada paso tu belleza languidecía, iluminada únicamente por las dos esmeraldas con que me veías, con que me suplicabas no darme por vencido y cumpliera mi promesa. Al dar una rápida vuelta en nuestro ascenso, casi sales de mis brazos. Alcancé a sujetar tu cabello rojizo que en el último descanso había caído; pero aparatosamente tu pie golpeó la pared y cayó sin remedio. Los gritos de aquellas infatigables sombras se arremolinaron en mi dirección, señalando mis pasos y esfuerzos. Finalmente conseguí alcanzar la puerta de mi redención que atranqué con la silla más próxima que tuve al alcance de mi mano.
El viento nocturno de octubre nos brindó esperanza. El frío nos cobijó dulcemente. El cielo estrellado y la luna llena en todo su esplendor sonreían ante nuestro triunfo. Cuántas noches habíamos contemplado ese fondo, solos tú y yo. Recordé entonces aquella en que, con un susurro intenso, confesaste que me amabas; que darías tu vida entera por mí si yo era capaz de sacrificar la mía por ti. Y desde entonces nada nos había separado. Clandestinamente cada noche me colaba por la puerta principal y permanecía escondido, a veces en los sanitarios, otras más en los probadores. Cuando la iluminación intensa daba lugar a la tenue luz que indicaba que nadie más interrumpiría nuestros encuentros, sabía que era tiempo de salir de mi refugio para alcanzar el verdadero: el de tus brazos. Y bailábamos y reíamos y soñábamos con el futuro. Un día sin quererlo llegamos aquí, arriba de todo y de todos. Y contemplamos el vacío que nos separaba del suelo. Y el aire nocturno fue cómplice de nuestros secretos. “Si pudiéramos volar, nos iríamos lejos” me dijiste en un suspiro. Yo te abracé y te prometí que algún día sería. Algún día.
Una noche comenzaron las interrupciones. Primero un anciano armado con su lámpara sorda trató de sorprendernos, pero alcanzamos a refugiarnos. Días después fue un guardia flanqueado por un perro entrenado. Nunca consiguieron darnos alcance. A mí no me importaba si lo que hacía estaba bien o mal. Lo único que valía era saber que estaba contigo. Y que eras feliz a mi lado.
De pronto, las incesantes increpaciones del otro lado de la puerta recién atrancada rompieron mis pensamientos. Me miraste y, temerosa, te guareciste en mis brazos. Cálida, segura y enamorada me besaste. Tu mano acarició mi cara y entonces lloré sobre tu pecho, esperando que aquella pesadilla terminara y que volviéramos a nuestra intimidad violada. Los golpes a la puerta no parecían importunar aquel momento en que eras mía y yo de ti, como tantas otras noches nos habíamos pertenecido.
Súbitamente sentí un golpe seco en mi cabeza. Todo dio vueltas y me desplomé. Sujeté tu mano con todas mis fuerzas, pero ellos me separaron de ti. Al ver que tu mano se arrancaba de tu cuerpo me aferré a tus piernas que también se vencieron, se desgarraron, ¡se hicieron pedazos de ti! Sometido por aquellos canallas fui testigo de la indiferencia con que te trataron. Viviendo el abandono en que te dejaban, imploré que te ayudaran, que te salvaran, ¡que no te dejaran ahí! Pero sólo conseguí carcajadas y un segundo golpe que nubló mi razón. Con el resto de mis fuerzas logré liberarme. Corrí hacia ti golpeando al último guardia que permanecía a tu lado y logré nuevamente sujetarte. Con largos pasos alcancé nuestro sueño, volando juntos surcando la noche. Sonreíste y lloraste en nuestro vuelo. “Sabía que cumplirías tu promesa”, confesaste.
Lo último que recuerdo es el tremendo dolor en todo el cuerpo. Mi sangre tiñendo el pavimento. La vista perdida y la imposibilidad de moverme. Las luces rojas acercándose y aquel zumbido ensordecedor que se confundía con sirenas lejanas. Y tú, reducida a mil pedazos desperdigados. Tus ojos rodando hasta caer por la alcantarilla. Y tu mano, sujetando la mía.
La impotencia de no haber cumplido mi promesa me atormenta en las noches, peor que los tratamientos médicos con los que pretenden sanarme. Maldigo esos pasos finales que me trajeron aquí, que me alejaron de ti. Se que nunca conseguiré salir. Las paredes son demasiado pequeñas, demasiado altas, demasiado blancas. Demasiado tersas para volar lejos, allá, rumbo a aquel aparador donde una noche de mayo me detuve y, por un instante, tras de aquel vidrio, te miré sonreír. Mañana será; volaré mañana con el viento. Sí, mañana, surcando los cielos azules, infinitos, sintiendo el viento en mi cabello, tocando el sol con mis dedos, y tú, a mi lado de nuevo.
jueves, 29 de mayo de 2014
Suenos reales
Cada noche te pienso.
Cada día, en cada respiro, a cada instante.
Surges de repente, surcando mi mente.
Navegas en silencio hasta alcanzar la orilla,
infinita, de mis deseos por volver a verte.
Tu mano, fuerte, aprisiona mis sueños,
que de a poco se vuelven tuyos, nuestros,
que dejan de ser míos, para compartir con aquellos
que un día suspiraron de encontrarme dispuesto
a querer caminar juntos bajo cielos radiantes.
Y mi voz, se silencia.
Y mis ojos, se ciegan al mundo restante.
Más allá de tu esencia, nada existe, nada es estable.
Tu sola existencia ilumina mi ausente presencia
para yacer de rodillas a la espera de tu mano afable.
Y mi rostro, sin fuerza para mirarte,
se inclina hacia el suelo...
Nada persiste,
nada transcurre...
más que la espera de saber
que tu mano, dócil a mi pena,
tomará mi barbilla, alzará mi rostro
con el fin verdadero de brindarme la luz esperada
al volver a besarme.
Y existimos.
Tú, junto a mí. Yo, para ti.
Y mis ojos se reflejan en los tuyos.
Y mis manos, vacías hasta hace poco,
existen tomando las tuyas.
Y mis labios, secos de tu savia,
se inundan completos al juntarse a los tuyos.
Y tu olor, delirio perfecto, se agolpa en mi mente.
Surge inclemente la urgencia de poseerte.
Y te arranco las ropas, y arrojo las mías
y aquellas ganas de controlarme.
Y existimos presentes, y en armonía, todo somos,
y nada es sin nuestro oleaje.
Y mi mente asegura que somos perfectos,
como sueños reales, como aquellos que todos soñamos,
de los que nadie nunca quisiera despertarse.
Cada día, en cada respiro, a cada instante.
Surges de repente, surcando mi mente.
Navegas en silencio hasta alcanzar la orilla,
infinita, de mis deseos por volver a verte.
Tu mano, fuerte, aprisiona mis sueños,
que de a poco se vuelven tuyos, nuestros,
que dejan de ser míos, para compartir con aquellos
que un día suspiraron de encontrarme dispuesto
a querer caminar juntos bajo cielos radiantes.
Y mi voz, se silencia.
Y mis ojos, se ciegan al mundo restante.
Más allá de tu esencia, nada existe, nada es estable.
Tu sola existencia ilumina mi ausente presencia
para yacer de rodillas a la espera de tu mano afable.
Y mi rostro, sin fuerza para mirarte,
se inclina hacia el suelo...
Nada persiste,
nada transcurre...
más que la espera de saber
que tu mano, dócil a mi pena,
tomará mi barbilla, alzará mi rostro
con el fin verdadero de brindarme la luz esperada
al volver a besarme.
Y existimos.
Tú, junto a mí. Yo, para ti.
Y mis ojos se reflejan en los tuyos.
Y mis manos, vacías hasta hace poco,
existen tomando las tuyas.
Y mis labios, secos de tu savia,
se inundan completos al juntarse a los tuyos.
Y tu olor, delirio perfecto, se agolpa en mi mente.
Surge inclemente la urgencia de poseerte.
Y te arranco las ropas, y arrojo las mías
y aquellas ganas de controlarme.
Y existimos presentes, y en armonía, todo somos,
y nada es sin nuestro oleaje.
Y mi mente asegura que somos perfectos,
como sueños reales, como aquellos que todos soñamos,
de los que nadie nunca quisiera despertarse.
jueves, 16 de enero de 2014
Puntos distantes
En qué abandono me tienes!
Cuánto olvido nos separa!
Tú, sobre aquella nube de nieve;
yo, tras la vieja cumbre asfaltada.
La suerte, entre los dos, trazó
esta enorme distancia,
ungida de olvido,
adornada de nada.
Mas esta distancia existe
si existimos como puntos distantes.
Ven a mí, sin dudar un instante.
Mirémonos en silencio: lejanía menguante.
Borra mi olvido tuyo
con tu inocencia culpable;
adorna mi nada infinita
con aquella sonrisa afable.
Y de golpe, arranca mis suspiros con tus caricias!
invítame a existir, por fin!, después de besarte,
y a tus adentros, pleno, seguro, concédeme adentrarme!
que yo colectaré los pistilos de tu sino
que dejarás en mi vida,
cálidos, tibios, etéreos,
cuando se acerque el día
en que vuelvas a amarme.
Cuánto olvido nos separa!
Tú, sobre aquella nube de nieve;
yo, tras la vieja cumbre asfaltada.
La suerte, entre los dos, trazó
esta enorme distancia,
ungida de olvido,
adornada de nada.
Mas esta distancia existe
si existimos como puntos distantes.
Ven a mí, sin dudar un instante.
Mirémonos en silencio: lejanía menguante.
Borra mi olvido tuyo
con tu inocencia culpable;
adorna mi nada infinita
con aquella sonrisa afable.
Y de golpe, arranca mis suspiros con tus caricias!
invítame a existir, por fin!, después de besarte,
y a tus adentros, pleno, seguro, concédeme adentrarme!
que yo colectaré los pistilos de tu sino
que dejarás en mi vida,
cálidos, tibios, etéreos,
cuando se acerque el día
en que vuelvas a amarme.
lunes, 17 de junio de 2013
La espera
Nunca se caracterizó por ser una persona paciente. No lo fue de niño ni de joven, ni ahora de adulto lo era. Las esperas, esas largas pérdidas de tiempo lo incomodaban fuertemente. Siendo niño prefería que las cosas iniciaran de inmediato: los exámenes en la escuela, las visitas al médico, las fiestas, los primeros besos. No había razón alguna para que ocurriera algún retraso. Quizá el factor sorpresa podría ser una buena razón, pero no lo suficiente para soportar una larga espera. En su juventud, no esperaba a sus amigos. Dejó plantadas a varias chicas simplemente porque no podía soportar una espera mayor a diez minutos. Era su límite para esperar a una mujer, así fuera la más hermosa del mundo. "Yo llegué a tiempo, tú fuiste quien no fue puntual", arremetía cuando alguna chica le llegó a reclamar su falta. El tiempo es precioso, la única verdadera bendición en este mundo, había concluido desde joven, ¿porqué desperdiciarlo esperando cuando uno lo puede utilizar haciendo algo mejor? Era puntual en todo. Para salir, para llegar, para estar. Incluso las ocasiones que llegaba tarde, era planeado, con la intención justamente de disminuir al máximo esa terrible ofensa que era la espera. Hasta para llegar tarde hay que hacerlo a tiempo, se decía.
Así había sido durante toda su vida y ahora, entrando a sus 30 años, no tenía porqué cambiar. Su trabajo no demandaba demasiadas reuniones con su colegas, por lo que esa dependencia de la presencia de los demás no lo perturbaba. A las reuniones siempre llegaba dos o tres minutos tarde, nunca antes. Nunca era el último en llegar, por lo que no hacía esperar a los demás, ni mucho menos era el primero, haciendo su espera mayor. El tiempo mínimo necesario de espera, se decía. Su gente más cercana le había dicho que no era algo normal que pensara así, que actuara de esa forma. No es sano, le decían. No es una enfermedad el que no me guste esperar demasiado, les repetía. No toda espera estará dentro de tus manos, le replicaban; ¿qué pasará cuando mueras? ¿Acaso tampoco esperarás? Cuando llegue mi momento, haré lo que siempre he hecho: esperar lo mínimo necesario, ni un minuto más. Si no llega la muerte, entonces iré a buscarla. Sonaba a obsesión su comportamiento es cierto. Pero cuando se refería al momento de su muerte, su soberbia e imposición a no esperar resultaba molesta, casi ofensiva a los demás, y a la muerte misma.
Cuando salía de viaje, no era diferente su comportamiento. Sabía que no tenía solución la espera obligada para realizar su "check in", para documentar su equipaje o para pasar la aduana. Lo que sí podía hacer era dedicar ese tiempo a realizar alguna tarea pendiente, contestar algún correo, revisar algún documento. Nada dejado al azar, menos a la decidia. Todo planeado minuciosamente. Un día salió de viaje de negocios. Su vuelo salía a las 5:50 am, seguramente la primera salida del día, por lo que hizo su planeación acostumbrada. Llegó tarde, lo mínimo necesario, pero a tiempo. Entró a la sala de espera a las 5:00 am, como lo había planeado. A tiempo como siempre. 50 minutos para realizar los pendientes planeados. Observó a los otros pasajeros que ya esperaban antes que él. Una anciana leyendo concentradamente un libro. Un hombre en mediocre traje gris escribiendo en su laptop, seguramente alguna igualmente mediocre presentación. Un joven no mayor a 25 años que se movía al ritmo de la música que salía de sus audífonos blancos. Una pareja abrazada, dormitando a su vez. Y por último, frente a él, una madre con su hijo en brazos. Un bebé, sospechó, al tiempo que esperó que no compartieran vuelo por la posibilidad de que el niño en cualquier momento rompiera en llanto. Dibujó una sonrisa de mofa, de cierta burla a cada uno de ellos por el tiempo innecesario, según él, que ya llevaban ahí.
La espera no es buena, menos hacerlo perdiendo el tiempo sin razón, se dijo. Sacó de su morral su tableta para trabajar un poco. Conectó los audífonos para escuchar música. Iba a comenzar a trabajar cuando a su lado se sentó la anciana que hacía un momento estaba en otro asiento apartado de donde él se encontraba.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con un gesto de reproche, de notable incomodidad ante su interrupción.
- Siempre es mejor esperar un vuelo haciendo lo que se tenía planeado, y seguro eso no es charlar con un desconocido, le contestó fría y toscamente.
El tono casi ofensivo sorprendió a la anciana. Se retiró apenada de inmediato y él empezó a trabajar un poco en sus pendientes. Leyendo aquí, revisando allá. Nada urgente. Todo imprescindible. No así su espera. Esa inevitable espera. Por un momento, pestañó. Cerró los ojos evidenciando fatiga. Con la intención de despertar y no dejarse caer en el sueño, levantó la cara y miró alrededor. Al hacerlo se consternó. Las mismas personas yacían a su alrededor. La anciana leyendo, el hombre del mediocre traje gris, aquel de los audífonos, la pareja durmiendo y la madre y su pequeño. Nadie más. ¿Será acaso que sólo nosotros iremos en el vuelo? Eso nunca lo había visto. Tan pocas personas para un vuelo de varias horas no sería común. Faltando ya tan poco tiempo para que el vuelo saliera no podía tener lógica que no llegaran los demás pasajeros. Y al contemplar el reloj en su tableta, su consternación aumento: las 5:00 am anunciaba que aun faltaban 50 minutos para su vuelo. ¿Cómo era posible aquello? Llevaba más de 30 minutos ahí, o al menos eso suponía. Miró hacia los alrededores buscando algún otro reloj. Vio a lo lejos, justo arriba de un pequeño café, uno de manecillas que marcaban las cinco de la mañana. No puede ser posible, se afirmaba, estoy seguro que debe ser más tarde. Buscó su celular para revisar la hora que marcaba y el resultado el mismo: aparentemente no había transcurrido tiempo alguno. Suspiró inconforme, pero convencido. Seguiremos esperando entonces, se dijo para sí. Terminó los pendientes y leyó los documentos restantes. Los pendientes habían dejado de serlo para volverse asuntos concluídos. Inició la lectura del periódico. Un vistazo aquí, una lectura rápida allá. La desaparición de cinco personas llamó su atención. Ocurrió afuera de un bar, decía la nota. Aparentemente nadie los ha visto en días. Andarán muy contentos en la fiesta, se dijo con una sonrisa. De repente recordó que no había revisado en días su muro en el Facebook. Entró a su cuenta después de varios yerros en su contraseña. Su muro plagado de notas de amigos y familiares. Leyó algunas notas, contestó otras tantas, rió con algunos videos y observó varias fotografías. Hechó ligeramente de menos a quienes ahí recordó. Volvió entonces a su principal ocupación: debía de tomar un vuelo a las 5:50 y ya debía ser hora. Levantó la vista y no pudo creer lo que observó. La anciana seguía leyendo, el mediocre seguía trabajando, el joven seguía bailando ligeramente en su asiento, la pareja seguía dormitando y la madre y su pequeño continuaban esperando. Ni una persona más había llegado. Observó el reloj de su tableta, el de su celular y aquel lejano de manecillas y el resultado idéntico al de hacía un rato. Las 5:00 am anunciaban. Su desesperación aumentó notablemente. Se acercó a la anciana para preguntarle la hora.
- Hay un reloj de manecillas ahí enfrente, contestó en el mismo tono frío que él lo había hecho con ella hacía unos momentos, si es que eso tenía algún sentido temporal para él. Parece que no tiene mucha paciencia para esperar, añadió.
- Ya he esperado demasiado aquí, le contestó notablemente consternado. Esto no está bien.
- Todos tenemos que esperar algún día, querramos o no, por alguna cosa que ni sabemos qué es.
No permitió que la mujer terminara su comentario, regresó a su asiento y tomó su equipaje. Caminó hacia la entrada más próxima, encontró a un policía y le preguntó la hora.
- Las 5:00 am, contestó mirando su reloj, ¿a qué hora sale su vuelo?
- Es que no entiende, mi vuelo debió salir ya, respondió apurado. Tengo casi una hora esperando aquí o más y no hacen ningún anuncio.
- Permítame su pase de abordar, dijo serenamente el guardia. Su vuelo sale en 50 min.
- No es posible, ya esperé demasiado. Yo llegué a tiempo. Esto no puede estar sucediendo.
- Señor, le sugiero que vuelva a la sala y espere su vuelo, no hay ningún anuncio de cancelación. Vea en la pantalla, su vuelo está a tiempo. Sólo tiene que esperar 50 minutos.
Mas no hizo caso. Sorprendido a un grado inexplicable, entró al baño. Se mojó la cara y enjuagó la boca. Se sentía extraño, asustado a cierto grado. Ya la espera era demasiada tortura, pero este no transcurrir del tiempo, esta inmovilidad temporal lo estaba asfixiando. Se peinó con abundante agua pra refrescar las ideas y poner atentos a sus sentidos. Salió de nuevo al pasillo. Las mismas personas. La misma posición en las manecillas lejanas y una consternación en aumento. Entró en la primera tienda que encontró y compró lo primero que estuvo a su alcance en el mostrador. Esperó ansioso el ticket. La compra se había realizado a las 5:00 am. Tragó saliva y un frío temblor recorrió su ser. Esto ya no era posible. Se acercó al estante de las revistas y tomó la primera que encontró. La abrió en cualquier parte y comenzó a leer. Un reportaje de cierta familia real y de dónde vacacionan ciertos reyes europeos. No le interesó en lo más mínimo, pero su intención era dejar pasar el tiempo; consientemente dejarlo pasar. Sabía que la lectura completa de aquella nota rosa le había consumido al menos 5 minutos. Volvió al mostrador y tomó lo primero que encontró. ¿Olvidó algo hace rato?, dijo amablemente la cajera. Él no respondió. Sólo esperaba el ticket. Al recibirlo lo escudriñó violentamente. La misma hora anunciaba. Lanzó un grito inesperado que asustó a la cajera. El guardia que hacía un momento le había ayudado se acercó y habló violentamente: Señor será mejor que se calme. Tomó su equipaje y decidió huir. Salir de ese lugar. Perdería el vuelo. El viaje podía esperar pero ya no más aquella espera en ese lugar donde el tiempo no avanza, donde cada segundo inamovible que no pasa, que no vive para sucumbir al paso del siguiente, lo lapidaba una y otra vez. Caminó por el pasillo que hacía un tiempo lo había conducido por ahí. Y al dar la vuelta se encontró con la sala de espera donde había estado hacía un momento. Pero ahora notó un cambio sustancial. Seguían estando las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Pero ahora era diferente: el del traje gris leía, la anciana escribía en su laptop, la joven pareja escuchaba música, el joven esperaba y la madre y su bebé dormitaban, en las mismas posiciones en las que anteriormente los otros realizaban las actividades que los distinguían. Imágenes que aparecían y venían. Al pestañeo momentaneo, las imágenes se superponían unas sobre otras, haciendo parecer que la anciana se enfundaba en traje gris, que la pareja escribía en la laptop, que el bebé esperaba sentado, maduro, en su propio asiento, que la madre escuchaba música y que el mediocre tarareaba música. Un colapso temporal y dimensional atestiguaba. Tiempo y espacio definen un momento. Y él observaba cómo la realidad, su realidad, se derrumbaba, se confundía, se traslapaba un instante sobre otro. Voces confusas llegaban a sus oídos. Sonidos lejanos, indistinguibles hacían más irreal la escena. Ahora algunos agudos, ahora graves, sin alcanzar a distinguir su origen o la razón de existir que tuvieran. Igualmente la luz parecía apagarse en tonos rojisos por momentos o azulados en otros. Todo orquestado en una extraña sinfonía sin sentido que agudizaba su confusión, que incrementaba por cada segundo que no transcurría su ritmo cardíaco, haciendo que aquella sudoración que escurría por su frente lo cegara por momentos.
Corrió de ese lugar, buscando la salida. Sabía que iba en dirección de los puntos de seguridad del aeropuerto, pero no le importaba. Debía salir de esa confusión, de esa espera, de ese lugar donde el control del tiempo se escapaba de sus manos y lo hacía sentirse prisionero de algo ajeno a él. El pasillo se alargaba en cada momento. Parecía que a cada paso que daba, la distancia que lo separaba de aquella luz que era la salida se alejaba más y más, al tiempo que la luz iba disminuyendo inevitablemente a su alrededor. De pronto, oscuridad total. Silencio absoluto. Nada perturbaba la nada que existía a su alrededor, en la que yacía, a la que pertenecía en ese momento y de la cual quería escapar. Comenzó a sentir que el suelo se abría a sus pies, que lo tragaba. Un abismo que en aquella oscuridad no pudo ver, se abrió poco a poco a sus pies, devorándolo, tragándolo poco a poco sin la posibilidad de escapar. Intentó gritar, pero aquel silencio era imposible de quebrar. No pudo emitir sonido alguno. Y se sintió caer en aquella oscuridad profunda que lo alejaba de todo y lo llevaba hasta el inevitable fin donde nada existe y nada es...
Se despertó de un sobresalto. La tablet en la que hacía un momento trabajaba por poco cae al suelo. Su corazón latía con fuerza y un gota de sudor rodó por su mejilla. Miró alrededor. Las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Todos seguían ahí y nadie más. Temió lo peor. La anciana se acercó a él.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con cierto temor y angustia. Esto ya lo había vivido, o al menos así le parecía.
- Tiene razón. La espera siempre es mejor en compañía.
Y comenzó una plática entre ellos dos. Pasajera, irrelevante. El del traje gris cerró su laptop y fue por un café, el joven de los audífonos realizó una llamada, la pareja despertó y al instante se besaron y la madre y su bebé caminaron por la sala de espera. Luego, llegaron otros pasajeros, y comenzó a crecer un cuchicheo, aquel que implica la llegada de más y más personas. Y aquel que platicaba con la anciana y cuyo sudor ya se había secado, miró de rabillo el reloj de manecillas que estaba a lo lejos. Sólo faltaban 45 minutos para su vuelo.
Así había sido durante toda su vida y ahora, entrando a sus 30 años, no tenía porqué cambiar. Su trabajo no demandaba demasiadas reuniones con su colegas, por lo que esa dependencia de la presencia de los demás no lo perturbaba. A las reuniones siempre llegaba dos o tres minutos tarde, nunca antes. Nunca era el último en llegar, por lo que no hacía esperar a los demás, ni mucho menos era el primero, haciendo su espera mayor. El tiempo mínimo necesario de espera, se decía. Su gente más cercana le había dicho que no era algo normal que pensara así, que actuara de esa forma. No es sano, le decían. No es una enfermedad el que no me guste esperar demasiado, les repetía. No toda espera estará dentro de tus manos, le replicaban; ¿qué pasará cuando mueras? ¿Acaso tampoco esperarás? Cuando llegue mi momento, haré lo que siempre he hecho: esperar lo mínimo necesario, ni un minuto más. Si no llega la muerte, entonces iré a buscarla. Sonaba a obsesión su comportamiento es cierto. Pero cuando se refería al momento de su muerte, su soberbia e imposición a no esperar resultaba molesta, casi ofensiva a los demás, y a la muerte misma.
Cuando salía de viaje, no era diferente su comportamiento. Sabía que no tenía solución la espera obligada para realizar su "check in", para documentar su equipaje o para pasar la aduana. Lo que sí podía hacer era dedicar ese tiempo a realizar alguna tarea pendiente, contestar algún correo, revisar algún documento. Nada dejado al azar, menos a la decidia. Todo planeado minuciosamente. Un día salió de viaje de negocios. Su vuelo salía a las 5:50 am, seguramente la primera salida del día, por lo que hizo su planeación acostumbrada. Llegó tarde, lo mínimo necesario, pero a tiempo. Entró a la sala de espera a las 5:00 am, como lo había planeado. A tiempo como siempre. 50 minutos para realizar los pendientes planeados. Observó a los otros pasajeros que ya esperaban antes que él. Una anciana leyendo concentradamente un libro. Un hombre en mediocre traje gris escribiendo en su laptop, seguramente alguna igualmente mediocre presentación. Un joven no mayor a 25 años que se movía al ritmo de la música que salía de sus audífonos blancos. Una pareja abrazada, dormitando a su vez. Y por último, frente a él, una madre con su hijo en brazos. Un bebé, sospechó, al tiempo que esperó que no compartieran vuelo por la posibilidad de que el niño en cualquier momento rompiera en llanto. Dibujó una sonrisa de mofa, de cierta burla a cada uno de ellos por el tiempo innecesario, según él, que ya llevaban ahí.
La espera no es buena, menos hacerlo perdiendo el tiempo sin razón, se dijo. Sacó de su morral su tableta para trabajar un poco. Conectó los audífonos para escuchar música. Iba a comenzar a trabajar cuando a su lado se sentó la anciana que hacía un momento estaba en otro asiento apartado de donde él se encontraba.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con un gesto de reproche, de notable incomodidad ante su interrupción.
- Siempre es mejor esperar un vuelo haciendo lo que se tenía planeado, y seguro eso no es charlar con un desconocido, le contestó fría y toscamente.
El tono casi ofensivo sorprendió a la anciana. Se retiró apenada de inmediato y él empezó a trabajar un poco en sus pendientes. Leyendo aquí, revisando allá. Nada urgente. Todo imprescindible. No así su espera. Esa inevitable espera. Por un momento, pestañó. Cerró los ojos evidenciando fatiga. Con la intención de despertar y no dejarse caer en el sueño, levantó la cara y miró alrededor. Al hacerlo se consternó. Las mismas personas yacían a su alrededor. La anciana leyendo, el hombre del mediocre traje gris, aquel de los audífonos, la pareja durmiendo y la madre y su pequeño. Nadie más. ¿Será acaso que sólo nosotros iremos en el vuelo? Eso nunca lo había visto. Tan pocas personas para un vuelo de varias horas no sería común. Faltando ya tan poco tiempo para que el vuelo saliera no podía tener lógica que no llegaran los demás pasajeros. Y al contemplar el reloj en su tableta, su consternación aumento: las 5:00 am anunciaba que aun faltaban 50 minutos para su vuelo. ¿Cómo era posible aquello? Llevaba más de 30 minutos ahí, o al menos eso suponía. Miró hacia los alrededores buscando algún otro reloj. Vio a lo lejos, justo arriba de un pequeño café, uno de manecillas que marcaban las cinco de la mañana. No puede ser posible, se afirmaba, estoy seguro que debe ser más tarde. Buscó su celular para revisar la hora que marcaba y el resultado el mismo: aparentemente no había transcurrido tiempo alguno. Suspiró inconforme, pero convencido. Seguiremos esperando entonces, se dijo para sí. Terminó los pendientes y leyó los documentos restantes. Los pendientes habían dejado de serlo para volverse asuntos concluídos. Inició la lectura del periódico. Un vistazo aquí, una lectura rápida allá. La desaparición de cinco personas llamó su atención. Ocurrió afuera de un bar, decía la nota. Aparentemente nadie los ha visto en días. Andarán muy contentos en la fiesta, se dijo con una sonrisa. De repente recordó que no había revisado en días su muro en el Facebook. Entró a su cuenta después de varios yerros en su contraseña. Su muro plagado de notas de amigos y familiares. Leyó algunas notas, contestó otras tantas, rió con algunos videos y observó varias fotografías. Hechó ligeramente de menos a quienes ahí recordó. Volvió entonces a su principal ocupación: debía de tomar un vuelo a las 5:50 y ya debía ser hora. Levantó la vista y no pudo creer lo que observó. La anciana seguía leyendo, el mediocre seguía trabajando, el joven seguía bailando ligeramente en su asiento, la pareja seguía dormitando y la madre y su pequeño continuaban esperando. Ni una persona más había llegado. Observó el reloj de su tableta, el de su celular y aquel lejano de manecillas y el resultado idéntico al de hacía un rato. Las 5:00 am anunciaban. Su desesperación aumentó notablemente. Se acercó a la anciana para preguntarle la hora.
- Hay un reloj de manecillas ahí enfrente, contestó en el mismo tono frío que él lo había hecho con ella hacía unos momentos, si es que eso tenía algún sentido temporal para él. Parece que no tiene mucha paciencia para esperar, añadió.
- Ya he esperado demasiado aquí, le contestó notablemente consternado. Esto no está bien.
- Todos tenemos que esperar algún día, querramos o no, por alguna cosa que ni sabemos qué es.
No permitió que la mujer terminara su comentario, regresó a su asiento y tomó su equipaje. Caminó hacia la entrada más próxima, encontró a un policía y le preguntó la hora.
- Las 5:00 am, contestó mirando su reloj, ¿a qué hora sale su vuelo?
- Es que no entiende, mi vuelo debió salir ya, respondió apurado. Tengo casi una hora esperando aquí o más y no hacen ningún anuncio.
- Permítame su pase de abordar, dijo serenamente el guardia. Su vuelo sale en 50 min.
- No es posible, ya esperé demasiado. Yo llegué a tiempo. Esto no puede estar sucediendo.
- Señor, le sugiero que vuelva a la sala y espere su vuelo, no hay ningún anuncio de cancelación. Vea en la pantalla, su vuelo está a tiempo. Sólo tiene que esperar 50 minutos.
Mas no hizo caso. Sorprendido a un grado inexplicable, entró al baño. Se mojó la cara y enjuagó la boca. Se sentía extraño, asustado a cierto grado. Ya la espera era demasiada tortura, pero este no transcurrir del tiempo, esta inmovilidad temporal lo estaba asfixiando. Se peinó con abundante agua pra refrescar las ideas y poner atentos a sus sentidos. Salió de nuevo al pasillo. Las mismas personas. La misma posición en las manecillas lejanas y una consternación en aumento. Entró en la primera tienda que encontró y compró lo primero que estuvo a su alcance en el mostrador. Esperó ansioso el ticket. La compra se había realizado a las 5:00 am. Tragó saliva y un frío temblor recorrió su ser. Esto ya no era posible. Se acercó al estante de las revistas y tomó la primera que encontró. La abrió en cualquier parte y comenzó a leer. Un reportaje de cierta familia real y de dónde vacacionan ciertos reyes europeos. No le interesó en lo más mínimo, pero su intención era dejar pasar el tiempo; consientemente dejarlo pasar. Sabía que la lectura completa de aquella nota rosa le había consumido al menos 5 minutos. Volvió al mostrador y tomó lo primero que encontró. ¿Olvidó algo hace rato?, dijo amablemente la cajera. Él no respondió. Sólo esperaba el ticket. Al recibirlo lo escudriñó violentamente. La misma hora anunciaba. Lanzó un grito inesperado que asustó a la cajera. El guardia que hacía un momento le había ayudado se acercó y habló violentamente: Señor será mejor que se calme. Tomó su equipaje y decidió huir. Salir de ese lugar. Perdería el vuelo. El viaje podía esperar pero ya no más aquella espera en ese lugar donde el tiempo no avanza, donde cada segundo inamovible que no pasa, que no vive para sucumbir al paso del siguiente, lo lapidaba una y otra vez. Caminó por el pasillo que hacía un tiempo lo había conducido por ahí. Y al dar la vuelta se encontró con la sala de espera donde había estado hacía un momento. Pero ahora notó un cambio sustancial. Seguían estando las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Pero ahora era diferente: el del traje gris leía, la anciana escribía en su laptop, la joven pareja escuchaba música, el joven esperaba y la madre y su bebé dormitaban, en las mismas posiciones en las que anteriormente los otros realizaban las actividades que los distinguían. Imágenes que aparecían y venían. Al pestañeo momentaneo, las imágenes se superponían unas sobre otras, haciendo parecer que la anciana se enfundaba en traje gris, que la pareja escribía en la laptop, que el bebé esperaba sentado, maduro, en su propio asiento, que la madre escuchaba música y que el mediocre tarareaba música. Un colapso temporal y dimensional atestiguaba. Tiempo y espacio definen un momento. Y él observaba cómo la realidad, su realidad, se derrumbaba, se confundía, se traslapaba un instante sobre otro. Voces confusas llegaban a sus oídos. Sonidos lejanos, indistinguibles hacían más irreal la escena. Ahora algunos agudos, ahora graves, sin alcanzar a distinguir su origen o la razón de existir que tuvieran. Igualmente la luz parecía apagarse en tonos rojisos por momentos o azulados en otros. Todo orquestado en una extraña sinfonía sin sentido que agudizaba su confusión, que incrementaba por cada segundo que no transcurría su ritmo cardíaco, haciendo que aquella sudoración que escurría por su frente lo cegara por momentos.
Corrió de ese lugar, buscando la salida. Sabía que iba en dirección de los puntos de seguridad del aeropuerto, pero no le importaba. Debía salir de esa confusión, de esa espera, de ese lugar donde el control del tiempo se escapaba de sus manos y lo hacía sentirse prisionero de algo ajeno a él. El pasillo se alargaba en cada momento. Parecía que a cada paso que daba, la distancia que lo separaba de aquella luz que era la salida se alejaba más y más, al tiempo que la luz iba disminuyendo inevitablemente a su alrededor. De pronto, oscuridad total. Silencio absoluto. Nada perturbaba la nada que existía a su alrededor, en la que yacía, a la que pertenecía en ese momento y de la cual quería escapar. Comenzó a sentir que el suelo se abría a sus pies, que lo tragaba. Un abismo que en aquella oscuridad no pudo ver, se abrió poco a poco a sus pies, devorándolo, tragándolo poco a poco sin la posibilidad de escapar. Intentó gritar, pero aquel silencio era imposible de quebrar. No pudo emitir sonido alguno. Y se sintió caer en aquella oscuridad profunda que lo alejaba de todo y lo llevaba hasta el inevitable fin donde nada existe y nada es...
Se despertó de un sobresalto. La tablet en la que hacía un momento trabajaba por poco cae al suelo. Su corazón latía con fuerza y un gota de sudor rodó por su mejilla. Miró alrededor. Las mismas personas. La anciana, el del traje gris, el joven, la pareja y la madre y su bebé. Todos seguían ahí y nadie más. Temió lo peor. La anciana se acercó a él.
- Siempre es mejor esperar el vuelo con una buena charla, ¿no le parece?, afirmó la anciana. Él la miró con cierto temor y angustia. Esto ya lo había vivido, o al menos así le parecía.
- Tiene razón. La espera siempre es mejor en compañía.
Y comenzó una plática entre ellos dos. Pasajera, irrelevante. El del traje gris cerró su laptop y fue por un café, el joven de los audífonos realizó una llamada, la pareja despertó y al instante se besaron y la madre y su bebé caminaron por la sala de espera. Luego, llegaron otros pasajeros, y comenzó a crecer un cuchicheo, aquel que implica la llegada de más y más personas. Y aquel que platicaba con la anciana y cuyo sudor ya se había secado, miró de rabillo el reloj de manecillas que estaba a lo lejos. Sólo faltaban 45 minutos para su vuelo.
sábado, 16 de febrero de 2013
Manual para visitar El Torito
Dicen que tanto va el cántaro al pozo hasta que se quiebra, o lo que es lo mismo, tanto le pica uno las patas al diablo hasta que responde. Y es verdad. Por cuestión estadística. Tanto está uno dale y dale hasta que ¡zaz!, se aparece SanJuditas y te echa el mal de ojo.
En fin, la presente entrada es un manual muy recomendable para todos aquellos que frecuentan beber y conducir. Eso de que se vuelvan más o menos ágiles en la conducción bajo los efectos del alcohol es algo que no voy a discutir, cada quien sabrá cómo se mueve cuando anda medio pedín. Aquí la cosa es revisar algunos puntos generales, y de buena fuente testimonial (ya saben, el primo de un amigo), respecto a qué es lo que ocurre si te llega a parar el tan mentado y conocido Alcoholímetro.
Para los camaradas que no estén en la ciudad de México y no sepan de qué coños hablamos, el Alcoholímetro es un programa implementado en la ciudad de México, que lleva alrededor de 9 años y que tiene como objetivo disminuir los accidentes automovilísticos relacionados con el consumo de alcohol. En general, este programa consiste en que jueves, viernes, sábado y algún día extra al azar (de esto no estoy muy seguro) en horario nocturno, policías cierran parcialmente avenidas muy transitadas o donde ocurren con frecuencia accidentes automovilísticos o cercanos a bares y antros, y se hace una revisión de los conductores para saber si han consumido alcohol y si están aptos para
conducir. La revisión consiste en dos posibles etapas. A la primera la llamaremos oler el tufo. Literalmente te huelen el tufo; esto es, un policía mete su cabezota a tu vehículo y te hace alguna pregunta para ver si hay rastros de alcohol en tu oloroso aliento o en la propia atmósfera de tu vehículo. Si el uniformado no detectara nada, sin problema te diría que continuaras tu camino. Si por el contrario, confiesas haber consumido alcohol o al oficial le llega el tufo, pasarías a la siguiente etapa. A ésta la llamaremos, ¡sóplale bien, carnal!. En esta etapa, te piden cortesmente que te orilles, apagues tu vehículo y bajes de él, para que posteriormente te hagan la medición del nivel de alcohol presente en tu aliento. Para ello tendrás que soplar a través de un popote que va directo a un detector que parece multímetro. Te dirán que tienes que seguir soplando hasta escuchar un "bleep" del aparato. Si le haces
al buey y empiezas a fingir que soplas pero no soplas, te dirán que le soples bien, que así no va a detectar nada. La soplada correcta, que es medio prolongada, dura como unos 3 o 4 segundos y es entonces cuando suena el tal "bleep". Te retiran de la boca el aparato y a tu vista empiezas a ver cómo los numeritos comienzan a moverse, mostrando que está midiendo tu cantidad de alcohol en tu aliento. Y es aquí donde viene la parte que hace roncha: no importa si estás sobrio o bien pedo, que sigas tu camino o que te cargue el payaso depende exclusivamente del numerito que marque el aparatejo ese. Si tu medición es por debajo de 0.40 ¡que suertudo cabrón!, pero si sale mayor al 0.40, pues vete preparando para amanecer guardado en el famoso Torito.
Para los camaradas que no estén en la ciudad de México y no sepan de qué coños hablamos, el Alcoholímetro es un programa implementado en la ciudad de México, que lleva alrededor de 9 años y que tiene como objetivo disminuir los accidentes automovilísticos relacionados con el consumo de alcohol. En general, este programa consiste en que jueves, viernes, sábado y algún día extra al azar (de esto no estoy muy seguro) en horario nocturno, policías cierran parcialmente avenidas muy transitadas o donde ocurren con frecuencia accidentes automovilísticos o cercanos a bares y antros, y se hace una revisión de los conductores para saber si han consumido alcohol y si están aptos para
conducir. La revisión consiste en dos posibles etapas. A la primera la llamaremos oler el tufo. Literalmente te huelen el tufo; esto es, un policía mete su cabezota a tu vehículo y te hace alguna pregunta para ver si hay rastros de alcohol en tu oloroso aliento o en la propia atmósfera de tu vehículo. Si el uniformado no detectara nada, sin problema te diría que continuaras tu camino. Si por el contrario, confiesas haber consumido alcohol o al oficial le llega el tufo, pasarías a la siguiente etapa. A ésta la llamaremos, ¡sóplale bien, carnal!. En esta etapa, te piden cortesmente que te orilles, apagues tu vehículo y bajes de él, para que posteriormente te hagan la medición del nivel de alcohol presente en tu aliento. Para ello tendrás que soplar a través de un popote que va directo a un detector que parece multímetro. Te dirán que tienes que seguir soplando hasta escuchar un "bleep" del aparato. Si le haces
al buey y empiezas a fingir que soplas pero no soplas, te dirán que le soples bien, que así no va a detectar nada. La soplada correcta, que es medio prolongada, dura como unos 3 o 4 segundos y es entonces cuando suena el tal "bleep". Te retiran de la boca el aparato y a tu vista empiezas a ver cómo los numeritos comienzan a moverse, mostrando que está midiendo tu cantidad de alcohol en tu aliento. Y es aquí donde viene la parte que hace roncha: no importa si estás sobrio o bien pedo, que sigas tu camino o que te cargue el payaso depende exclusivamente del numerito que marque el aparatejo ese. Si tu medición es por debajo de 0.40 ¡que suertudo cabrón!, pero si sale mayor al 0.40, pues vete preparando para amanecer guardado en el famoso Torito.
Sí, ya sé que debí escribir 0.4 pero neto para los oficiales, jueces,
custodios, médicos, para todo mundo una cosa es 0.4 y otra 0.40, ya
saben ustedes y por supuesto que es un rollo lo de la medición si me preguntan a mi. Primera pregunta, ¿porqué el nivel es 0.4 mg/l de alcohol? Que tu libertad de casi un día entero dependa de la medición de un aparatito pues da de qué pensar. Si estará bien calibrado, si estará funcionando óptimamente, etc., son cosas que uno se pone a pensar cuando le está soplando. Creo que al menos debería añadirse previo a la medición del aparatito una revisión visual del conductor para saber su grado de alcoholización. Si arrastra la lengua, si tiene dificultades para responder o para liar ideas, si no puede ni salir de su vehículo pues lo mandas directamente a la medición del aparatito y seguramente saldrá con los niveles disparados. Pero si pasa la prueba visual, pues lo dejas continuar su camino. Todos respondemos de manera diferente al consumo de alcohol y creo que al menos una inspección visual en primer plano sería conveniente. En fin, no estoy de acuerdo que una simple medición sea lo que decida si te quedarás guardado toda una noche o no. Bien, continuemos. ¿Qué prosigue si rebaso el mentado 0.40? De entrada, hazte a la idea que ya valió tu noche y tu día siguiente, al menos. No habrá modo de que te zafes. O al menos no tan fácilmente. Si vienes acompañado, le preguntarán a tu acompañante si bebió alcohol. Si bebió entonces le preguntarán que si se puede llevar tu vehículo. Si no puede llevárselo, o bebió alcohol o viajabas solo pues vete haciendo a la idea que tu coche se irá al corralón, arrastrado por esas pinches grúas que no se fijan si lo hacen bien o mal, le pondrán los molestos pegotes esos en puertas, cofre y cajuela y tendrás que pagar tu multa correspondiente, además de que tendrás que averiguar a cuál corralón lo llevaron. Esto es fácil. Sólo llamas a Locatel (5658111), das las placas y datos de tu vehículo y ahí te dirán dónde está. No olvides preguntar qué documentos necesitas, porque es diferente si el vehículo es particular o si es de empresa. Y necesitarás copias de esos documentos, así que si alguien te puede acompañar en coche pues qué mejor, porque luego alrededor de esos corralones no hay nada para sacar copias. Claro, de todo esto te preocuparás después de que salgas de tu encierro en el Torito.
Después de que te hicieron tu lectura en el chupómetro y que rebasaste el 0.40, el médico que está ahí en el retén levantará el reporte. Te pedirá tus datos generales, que de dónde vienes, a dónde te dirigías, cuántos tragos te tomaste (siempre son entre 2 o 3 cervezas). Te dirán que según el reglamento de la ciudad de México, violaste el artículo tal porque manejabas con un nivel elevado de alcohol e incurriste en una falta, por lo que deberán trasladarte ante el juez de lo civil para que te dicte la sentencia que deberás purgar. Por cierto, y antes de continuar, debo decir que no hay modo que des mordida. Hay como 30 personajes en los retenes, además de cámaras de video. Es imposible llegar a un acuerdo con alguien. No hay modo. Yo lo entiendo de esta manera: este es un programa que quiere hacer lucir a la ciudad de México como de primer mundo en prevención de accidentes vinculados con el consumo de alcohol, por ello debe evitarse a toda costa la mordida. Habiendo 30 sujetos, ¿a quién sobornas? En fin, pueden intentarlo pero lo único que podrían ocasionar sería empeorar su condena. Ya con tu reporte en mano de algún oficial, te introducirán en uno de sus vehículos y empieza el viaje. Si te estas miando, que suele ocurrir después de venir de una fiesta, pues les dices "oficial, me estoy miando, ¿qué hago?". Si el oficial está de buenas, seguramente te harán casita y te dejarán orinar en plena vía pública. Total, ya te vas detenido, mejor que vayas cómodo. Una vez dentro del vehículo y con dos o tres policías únicamente, pues puedes intentar el soborno, pero no servirá de mucho: el reporte está levantado y ya te están esperando en el Torito. Y ahora en la patrulla, te llevarán a otro retén y a otro, no sólo para llevarse a otros detenidos como tú, sino porque en uno de esos retenes se encuentra el juez que te dictará sentencia. La sentencia mínima es de 20 horas de arresto. Y es aquí donde viene la otra nota importante: si ya te agarraron y vas bien pedo o estás encabronado, neto, no te desquites con los oficiales ni hagas desmadre. Si levantan la queja que te pusiste necio, que no puedes ni hablar o que vienes muy mal, el juez puede ponerte una condena mayor a la mínima. Y ahí sí está cabrón. Conozco testimonios de tipos que se gritonearon con un policía o lo empujaron o le aventaron los condones a la juez al estar encabronados y les dictaron 36 horas por sus escenitas. Ya te ensartaron. Ni modo. Mejor sereno y tranquilo. Una vez que te presenten ante el juez, te toman tu declaración, firmas, firmas, firmas y te dictan tu sentencia, esperando, neto, que sea la mínima. Es a partir de este momento que empiezan a contar tus horas de arresto. Si desde que te detuvieron hasta la hora en que te llevaron ante el juez pasaron 2 o 3 horas, pues qué mal pedo. No cuentan. Empiezan a contar hasta que tomaron tu declaración y que el juez dictó sentencia.
Ya con tu sentencia, tu siguiente parada es el Torito. Durante todo este momento, puedes hacer llamadas y mensajearte con tu gente usando tu celular. Si tienes que avisarle a alguien que no vas a llegar, pues hazlo. Los policías no te dicen nada. A menos, insisto, que te pongas necio y que te sientas la influencia más potente en medio oriente. Avísale a alguien lo que te pasó, no para que mueva sus influencias y te saque, sino para que alguien sepa dónde estás y no empiecen a pensar cosas extremas, como que te levantaron, andas en tu desmadre o de plano sufriste abducción por un ovni. También te sirve para que te vayan a visitar a tu encierro. Son al menos 20 largas horas que tendrás que pasar ahí dentro, dependiendo de tu condena. Una vez que llegas al famoso Torito, ubicado muy cerca del metro Tacuba, lo primero que te harán será leerte la cartilla de las reglas generales de ahí adentro. Obvio, te las recita un custodio mal encarado. Respeto aquí, respeto allá. "No vienen a curársela señores, ni vienen a dormir, vienen a cumplir una condena", es lo primero que te dicen. Y es en este punto, cuando has ingresado al Torito donde ya tienes que apagar tu celular. Ya no puedes comunicarte con el exterior porque ya llegaste al centro de sanciones administrativas. Te pasarán con el médico legista para ver cómo llegas y después a la "aduana", no se si se llame así, pero es donde tienes que entregar todas tus cosas y que serán guardadas hasta que salgas: agujetas, cartera, celular, cinturón, reloj, dinero, todo, absolutamente todo, no puedes meter nada a tu encierro. No te preocupes por tu cosas, mientras se van guardando, se va enlistando una por una detalladamente. Nada se pierde. Al menos eso me han dicho jeje. Y cuando entregas todo, y tienes tu recibo, es cuando un custodio grita: ¡Ingreso!, anunciando que ya vas para adentro.
Ahora a pasar el tiempo. 20 horas cuando menos. Te dan tus tres comidas que tú sabrás si consumes o no. En la comida te ofrecen la famosa pancita para la cruda. Después de comer tienes que lavar tu batea donde te dan tu comida. Y auténticamente es como batea de cerdos, me han contado. Los baños no son un ejemplo de limpieza pero al menos están más limpios que los de ciertas plazas, aunque eso sí no tienen puertitas por si quieres un poco de privacidad para cagar a gusto. Te pasan lista dos veces, en la mañana y luego en la noche, y te repiten que no puedes tener celular, ni dinero, ni cadenas, ni aretes, ni nada. Si los tuvieras te invitan a que los entregues. En ningún momento te dejan dormir. Te mantienen despierto además de que no hay mucha comodidad. Y también esperando que durante tu encierro no haga mucho frío, o lleves un buen abrigo, porque eso de usar las cobijas seguro enchinchadas pues no es muy buena opción. En algún momento te hace una entrevista el de trabajo social. ¿Casado?, ¿soltero?, ¿algún familiar sabe que está aquí?, ¿cuánto alcohol consume a la semana?, etc. Ya sabrás tú que contestas. Y es aquí donde te indican a qué hora saldrás, para que se los comuniques a tus familiares, o vayas previendo cómo saldrás de ahí. Es Tacuba y los rumbos están feos. Durante tu encierro te pasan películas, obvio de superación o relacionadas con el alcohol, o te dan chance de estar en la biblioteca donde puedes perder el tiempo leyendo algo. La biblioteca es atendida por una señoras muy lindas que en todo momento te regañan como si estuvieras en la primaria. "A ver chicos, no quieren que llamemos a los custodios, ¿verdad?, así que mejor calladitos y no pueden salir sin permiso". Porque cabe mencionar que es un centro de sanciones administrativas, o sea, cae de todo. Compartirás encierro con franeleros, teporochos, los que andaban moneando o indigentes. Y por supuesto, no falta el wey influyente, de traje y toda la onda que está esperando que llegue su abogado con su amparo, que se pasea de un lado a otro mirando con desprecio a uno que otro valedor. El amparo no sirve, a menos que tengas una urgencia impostergable. Es para lo único que sirve, para cambiar la fecha de tus horas de encierro, pero de que tienes que pagar las horas de tu encierro pues lo tienes que hacer. Y de manera increíble, hay una tiendita adentro del torito. Sí, increíble. Venden de todo, bueno lo de una tiendita pues. Papitas, maruchan, refrescos, por si prefieres comer algo de ahí y no de lo que te ofrecen. Lo que pidas, te lo anotan en una lista y cuando la tiendita cierra pues te pasan a la aduana, donde dejaste tu dinero y ya liquidas. Si necesitas comunicarte con tu gente, desde adentro hay teléfonos públicos que funcionan con tarjeta telefónica, que es lo único que te dejan pasar. El horario de visitas es de 3 a 5 si mal no recuerdo. Digo, me han dicho. Te pueden traer comida tus familiares y pues también es bueno que te visiten para perder el tiempo, para distraerte. También te pueden llevar papel de baño, porque en algún momento te entregan un poco de papel y te hacen firmar; claro, son como cinco cuadritos. Obvio no faltan los testimonios de AA para ayuda y en la tarde hay misa por el grupo de católicos laicos, porque según ellos, todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ni yo entiendo eso que dijeron, pero así dijeron. "Nosotros no somos religiosos, que quede claro. Nosotros somos laicos, porque todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ahora recemos...". Después de la cena que se sirve a las 7, te vuelven a pasar lista. Y después de las 8 ya te pasan a las celdas. Prácticamente durante tu estancia sólo estás al final en las celdas, cuando es la hora de dormir. Y así. A seguir perdiendo el tiempo con los cuates que ya habrás hecho ahí. A esperar que alguien grite tu nombre y la neta sí son puntuales. Bueno, eso me han contado.
Cuando gritan por fin tu nombre, pues pasas nuevamente con el médico legista para que firmes en qué condiciones sales. Te entregan tus cosas, firmas, firmas, firmas y ahora sí, a salir y ver si alguien te espera afuera.
Pues espero que esta narración del primo de mi amigo les sirva como previo si es que algún día tienen la mala fortuna de caer en el Torito. Es algo que no se lo deseo a nadie. Es una weba total de perdedera de tiempo. Y si ni pedo vas, pues peor. Aunque pensándolo bien, lo peor sería llegar ahí bien pedo. ¿Cómo te la curas? ¡Sería espantoso! Bueno, creo yo. Porque de todo esto, pues a mi me lo contaron.
Anécdotas cagadas.
¿O no?
Ahora a pasar el tiempo. 20 horas cuando menos. Te dan tus tres comidas que tú sabrás si consumes o no. En la comida te ofrecen la famosa pancita para la cruda. Después de comer tienes que lavar tu batea donde te dan tu comida. Y auténticamente es como batea de cerdos, me han contado. Los baños no son un ejemplo de limpieza pero al menos están más limpios que los de ciertas plazas, aunque eso sí no tienen puertitas por si quieres un poco de privacidad para cagar a gusto. Te pasan lista dos veces, en la mañana y luego en la noche, y te repiten que no puedes tener celular, ni dinero, ni cadenas, ni aretes, ni nada. Si los tuvieras te invitan a que los entregues. En ningún momento te dejan dormir. Te mantienen despierto además de que no hay mucha comodidad. Y también esperando que durante tu encierro no haga mucho frío, o lleves un buen abrigo, porque eso de usar las cobijas seguro enchinchadas pues no es muy buena opción. En algún momento te hace una entrevista el de trabajo social. ¿Casado?, ¿soltero?, ¿algún familiar sabe que está aquí?, ¿cuánto alcohol consume a la semana?, etc. Ya sabrás tú que contestas. Y es aquí donde te indican a qué hora saldrás, para que se los comuniques a tus familiares, o vayas previendo cómo saldrás de ahí. Es Tacuba y los rumbos están feos. Durante tu encierro te pasan películas, obvio de superación o relacionadas con el alcohol, o te dan chance de estar en la biblioteca donde puedes perder el tiempo leyendo algo. La biblioteca es atendida por una señoras muy lindas que en todo momento te regañan como si estuvieras en la primaria. "A ver chicos, no quieren que llamemos a los custodios, ¿verdad?, así que mejor calladitos y no pueden salir sin permiso". Porque cabe mencionar que es un centro de sanciones administrativas, o sea, cae de todo. Compartirás encierro con franeleros, teporochos, los que andaban moneando o indigentes. Y por supuesto, no falta el wey influyente, de traje y toda la onda que está esperando que llegue su abogado con su amparo, que se pasea de un lado a otro mirando con desprecio a uno que otro valedor. El amparo no sirve, a menos que tengas una urgencia impostergable. Es para lo único que sirve, para cambiar la fecha de tus horas de encierro, pero de que tienes que pagar las horas de tu encierro pues lo tienes que hacer. Y de manera increíble, hay una tiendita adentro del torito. Sí, increíble. Venden de todo, bueno lo de una tiendita pues. Papitas, maruchan, refrescos, por si prefieres comer algo de ahí y no de lo que te ofrecen. Lo que pidas, te lo anotan en una lista y cuando la tiendita cierra pues te pasan a la aduana, donde dejaste tu dinero y ya liquidas. Si necesitas comunicarte con tu gente, desde adentro hay teléfonos públicos que funcionan con tarjeta telefónica, que es lo único que te dejan pasar. El horario de visitas es de 3 a 5 si mal no recuerdo. Digo, me han dicho. Te pueden traer comida tus familiares y pues también es bueno que te visiten para perder el tiempo, para distraerte. También te pueden llevar papel de baño, porque en algún momento te entregan un poco de papel y te hacen firmar; claro, son como cinco cuadritos. Obvio no faltan los testimonios de AA para ayuda y en la tarde hay misa por el grupo de católicos laicos, porque según ellos, todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ni yo entiendo eso que dijeron, pero así dijeron. "Nosotros no somos religiosos, que quede claro. Nosotros somos laicos, porque todos somos laicos desde el momento en que recibimos el bautismo. Ahora recemos...". Después de la cena que se sirve a las 7, te vuelven a pasar lista. Y después de las 8 ya te pasan a las celdas. Prácticamente durante tu estancia sólo estás al final en las celdas, cuando es la hora de dormir. Y así. A seguir perdiendo el tiempo con los cuates que ya habrás hecho ahí. A esperar que alguien grite tu nombre y la neta sí son puntuales. Bueno, eso me han contado.
Cuando gritan por fin tu nombre, pues pasas nuevamente con el médico legista para que firmes en qué condiciones sales. Te entregan tus cosas, firmas, firmas, firmas y ahora sí, a salir y ver si alguien te espera afuera.
Pues espero que esta narración del primo de mi amigo les sirva como previo si es que algún día tienen la mala fortuna de caer en el Torito. Es algo que no se lo deseo a nadie. Es una weba total de perdedera de tiempo. Y si ni pedo vas, pues peor. Aunque pensándolo bien, lo peor sería llegar ahí bien pedo. ¿Cómo te la curas? ¡Sería espantoso! Bueno, creo yo. Porque de todo esto, pues a mi me lo contaron.
Anécdotas cagadas.
- Nunca falta el wey influyente que en todo momento quiere hablar con el sargento, y no para de preguntar si ya llegó su abogado.
- ¡Aguas con el NegroPingaGrande!
- En todo momento quieres saber qué hora es.
- No falta el wey que ya ha caído más de tres veces por la misma razón y que se las sabe de todas, todas.
- Jeje tampoco falta el wey arrepentidísimo: "No mames, yo iba a ponerle con mi vieja y mira dónde acabo. Me encabroné tanto que le aventé los condones a la juez y me aventó 28 horas de encierro. Pero la neta no vuelvo a beber, me cae de madre. Si me viera mi jefe, santa madriza que me daría. A ver si no me corren de la chamba".
- Tampoco falta el wey que nunca bebe, y que ese día bebió tres cervezas, llevó a sus padres a una fiesta y mira donde acabó, con una lectura 5 veces mayor que la permitida, y totalmente sobrio, sin entender cómo pudo ocurrir.
- He escuchado varios testimonios y relatos de AA en otros lugares, pero nunca tan crudos como los que escuché aquí.
- Chingón que lleguen los de Clínica Condesa a dar su plática, la cual la dio una señora. Abierto, claro y sin tapujos. No faltaban los weyes que se reían.
- Muy cagado que cuando ya gritan tu nombre y que anuncia que ya sales, todos tus compañeros te aplauden y echan porras.
- Que tus familiares durante la hora de visita te hayan llevado un rollo de papel de baño no tiene precio.
- Que a tu salida, tus compañeros de celda te griten: "¡No mames, deja el papel de baño!", y tú contestes: "¡No mames, me lo encargaron!" , jeje es una reverenda mamada y no tiene precio.
- Que al final salgas y te estén esperando tus cuates con los que ibas en la peda y traigan cara de "wey, discúlpanos", además de un pomo, un balón de los Raiders y una bolsa de Chachitos de regalo, pues tampoco tiene precio.
- Que llegue tu cuate con su ex y ella te quiera regañar, pues tampoco tiene precio. Casi puedes pensar que tu infortunio los reunió otra vez.
- Y que también llegara el wey con el que siempre andas de pedo y concluyas: ya me tocaba.
- ¿Es un mito el NegroPingaGrande? ¡No, no es un mito! ¡Aguas!
lunes, 31 de diciembre de 2012
Fin (Inicio) del 2012 (2013)
Fin del 2012. Inicio del 2013. No se acabó el mundo como los malinterpretes de los mayas afirmaron. Ah, pero ni ellos pudieron impedir que no se acabara el año. Un año más pasado es un año menos de vida en algún pesimista modo. ¡Cuántas impresiones y emociones acumuladas en estos 365 días! Si estás leyendo esto, en algún momento para, y reflexiona todo lo que se fue y que te hizo feliz, y que no volverá más... ¿Ya ubicaste todo ello? ¡Ahora sonríe! ¡Fue parte de tu vida! ¡Cuánta dicha el saber que fuiste feliz con tan poco y que hiciste feliz a muchos! Ahora vuelve a hacer otra pausa y piensa en todo lo que vendrá durante los siguientes meses. ¿Ya lo visualizaste? ¡Ahora vuelve a sonreir, coño! ¡Observa todos los instantes en los que potencialmente podrías ser feliz! ¡Eso es digno de agradecer a quien quieras hacerlo! ¿Y las cosas malas y tristes? ¡Qué coños importan cuando la posibilidad de ser feliz y de hacer feliz a alguien o a tantos está latente! No hay que esconderlas ni subestimarlas, pero tampoco debemos pasarnos la vida pensando en hipotéticos y oscuros escenarios; y si llegasen a existir, pues a enfrentarlos, ¡de cara y con ánimo!
Yo pues aprovecho este espacio para agradecer a todos mis amigos, a mi familia, a mi gente cercana por hacerme cada día una peor persona al volverse ustedes cada vez mejores personas. ¿? No, no hay ambigüedad ni incoherencia alguna, todo aquí es seriedad... Entre más bueno (mejor pues) se vuelve uno, el malo se vuelve más malo (peor pues, para los fijados en la gramática) por el mero contraste. Algo bueno se me contagiará. No menciono nombre alguno en específico en los agradecimientos, porque luego se hieren susceptibilidades, como ocurrió con cierto Rabo en unas intrascendentes dedicatorias... Simplemente gracias a todos... Hasta a los 3 seguidores en twitter que tengo se les agradece y a los contactos del Face que no conozco! Muchas gracias a todos!
Finalmente cierro esta entrada, escrita en vísperas de año nuevo y en el que trabajé durante 8 horas (Captain Ñoño! Y no, no tardé 8 horas en escribir esta entrada...) enumerando algunos breves propósitos para el siguiente año:
1. Comprar un celular al que le dure más la pila.
2. Como consecuencia del punto anterior, espero no volver a dormir en la calle;
3. Como consecuencia de los dos puntos anteriores, probablemente no vuelva a quebrarme una costilla;
4. Como consecuencia de los tres puntos anteriores, creo que podré abandonar la bien llamada "terapia";
5. Reflexionar considerablemente respecto a mi consumo de alcohol. Esto se traduce como "tomar cada vez más fino" y en ningún sentido significa beber menos;
6. No volverme ni influencia ni ejemplo de nadie. Por salud mental propia... Y del otro...
7. Leer más y hablar menos... ¿O leer menos y hablar más? Mmmm no, mejor leer más y escribir más... Sí, así está mejor...
8. Ser más frío y romántico a la vez, pero sin serlo... O sea, así las dos al mismo tiempo. No ser ni uno ni otro sino todo lo contrario... Me explico, ¿verdad?
9. Ser más claro en mis comentarios porque luego no me entienden...
10. Y por supuesto el más importante de todos: hacer todo lo posible para alcanzar la paz mundial.
Feliz año a todos! Y no lo olviden! Que alguno de sus deseos de año nuevo, muchos de ellos ejemplos cínicos del individualismo, ¡sea por la anhelada Paz Mundial!
¡Salud y Felices Trazos!
Yo pues aprovecho este espacio para agradecer a todos mis amigos, a mi familia, a mi gente cercana por hacerme cada día una peor persona al volverse ustedes cada vez mejores personas. ¿? No, no hay ambigüedad ni incoherencia alguna, todo aquí es seriedad... Entre más bueno (mejor pues) se vuelve uno, el malo se vuelve más malo (peor pues, para los fijados en la gramática) por el mero contraste. Algo bueno se me contagiará. No menciono nombre alguno en específico en los agradecimientos, porque luego se hieren susceptibilidades, como ocurrió con cierto Rabo en unas intrascendentes dedicatorias... Simplemente gracias a todos... Hasta a los 3 seguidores en twitter que tengo se les agradece y a los contactos del Face que no conozco! Muchas gracias a todos!
Finalmente cierro esta entrada, escrita en vísperas de año nuevo y en el que trabajé durante 8 horas (Captain Ñoño! Y no, no tardé 8 horas en escribir esta entrada...) enumerando algunos breves propósitos para el siguiente año:
1. Comprar un celular al que le dure más la pila.
2. Como consecuencia del punto anterior, espero no volver a dormir en la calle;
3. Como consecuencia de los dos puntos anteriores, probablemente no vuelva a quebrarme una costilla;
4. Como consecuencia de los tres puntos anteriores, creo que podré abandonar la bien llamada "terapia";
5. Reflexionar considerablemente respecto a mi consumo de alcohol. Esto se traduce como "tomar cada vez más fino" y en ningún sentido significa beber menos;
6. No volverme ni influencia ni ejemplo de nadie. Por salud mental propia... Y del otro...
7. Leer más y hablar menos... ¿O leer menos y hablar más? Mmmm no, mejor leer más y escribir más... Sí, así está mejor...
8. Ser más frío y romántico a la vez, pero sin serlo... O sea, así las dos al mismo tiempo. No ser ni uno ni otro sino todo lo contrario... Me explico, ¿verdad?
9. Ser más claro en mis comentarios porque luego no me entienden...
10. Y por supuesto el más importante de todos: hacer todo lo posible para alcanzar la paz mundial.
Feliz año a todos! Y no lo olviden! Que alguno de sus deseos de año nuevo, muchos de ellos ejemplos cínicos del individualismo, ¡sea por la anhelada Paz Mundial!
¡Salud y Felices Trazos!
martes, 25 de diciembre de 2012
El pastel mancillado
No he escrito nada desde que llegamos a las 10mil entradas! Y ya estamos cercanos a las 11mil y nomás nada! Ah, pero no temaís! No es que la muerte o una crónica enfermedad me tenga en vilo, esperando el momento de mi deceso a ese otro mundo que todos sueñan y anhelan pero del que ningún humano ha vuelto. Simplemente he estado demasiado ocupado y quisiera probar una nueva idea para este blog. Pero para ello necesito tiempo y una creatividad que, para ser sinceros, no poseo.
Espero iniciando el año poder incluir aquí, las ideas que vengo maquinando. Nada sorprendente, nada nuevo, pero para mí sí lo sería.
De mientras, les dejo esta pequeña historia. Tenía un año en borrador y ahora ya está terminada. La empecé en un "All inclusive" de Cancún. A ver si les achocolata la vida.
--------------------------------------------
Quebrado en dos partes, aplastado de los bordes, esparcido de sus adentros, el pequeño trozo de pastel achocolatado suspira con tristeza. Ha visto cómo sus demás vecinos de charola, hermanos en algún momento, han partido, han ido a parar tras viajar en plato blanco inmaculado hacia algún rincón del salón. Los ha visto ser devorados por ancianos, por niños, por solteros y casados, por parejas y en familia, entre charlas y sonrisas en alegre reunión. Ha envidiado cómo algún trozo de alguno que en su momento estuvo a su lado, viajó a la boca de una hermosa mujer, o de un joven atractivo o de un señor con anteojos en su haber. Se ha entristecido de cómo alguien depositó en la boca de su acompañante, usando un pequeño tenedor, un trozo de alguno semejante a él.
Bien sabido es que la comida en buffet tiene sus beneficios. Bien puedes comer cuantos platillos quieras, repetir de aquel que tanto te gustó, decir de éste sí de aquel no, o preguntar con descaro "oiga, de eso que trae usted, ¿dónde lo encontró?". Y al ser así, cada trozo de placer que ha sido preparado con mano artesanal con tanto ahínco, puede cumplir esa función celestial de darnos gusto al placer más adicitivo que resulta el buen comer.
Mas es también, cual antiguo Estado fascista, foco de discriminación. Y eso es lo que hoy sufre el pequeño trozo de pastel, quien ha sido cambiado de charola, una y otra vez, juntándole con nuevos inquilinos rebosantes de perfección. Suspira y en silencio llora. Quizás supone que su fin sea el fondo de una bolsa negra, junto a los restos deshechados, a los que cayeron al suelo, a los que mal no fueron devorados en su totalidad. La basura piensa, será mi condenación.
¿Cuál ha sido su pecado para tener tan cruel destino? ¿Qué ojos son los que juzgan su apariencia, otrora perfecta, y que ahora sólo perciben una achocolatada abominación? ¿Quién pudo crearle esas marcas permanentes que hacen que quien está a punto de entregarlo a su acompañante, con firmeza exclame: "¡el magullado no!"? Quizás un niño travieso lo dañó de muerte. Quizás una mano torpe, o unos ojos cansados, miopes, no distinguieron bien sus bordes y le ocasionaron las cicatrices que ahora lo tienen en ese extraño limbo de olvido, existencia y frustración.
"De la vista nace el amor", le han dicho entre risas sus cofraternos de mesón. Él, resignado sobrevive con la esperanza de endulzar el paladar de quien no lo elija por su físico y sí por su dulce corazón. Yo, ajeno a toda esta disertación, me acerco al placentero rincón de los postres donde los olores y sabores se combinan en un paraíso terrenal. Miro al pequeño pastel mancillado y, de sostenerme la mirada, casi siento su incapacidad. Se avergüenza y se esconde: ¡no soportará un rechazo más! Al clavarle la mirada, llego a una conclusión: "algo bueno habrá tenido, pese a su mala condición". Tomo las pinzas y con cuidado lo deposito sobre plato blanco inmaculado, "endulzame la vida, trozo a trozo, hasta tu inminente extinción". Él, aliviado, suspira, "¡por fin, el noble caballero me escogió!". Y al momento de probarlo yo sonrío y él, contento, agradece mi elección.
Espero iniciando el año poder incluir aquí, las ideas que vengo maquinando. Nada sorprendente, nada nuevo, pero para mí sí lo sería.
De mientras, les dejo esta pequeña historia. Tenía un año en borrador y ahora ya está terminada. La empecé en un "All inclusive" de Cancún. A ver si les achocolata la vida.
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Quebrado en dos partes, aplastado de los bordes, esparcido de sus adentros, el pequeño trozo de pastel achocolatado suspira con tristeza. Ha visto cómo sus demás vecinos de charola, hermanos en algún momento, han partido, han ido a parar tras viajar en plato blanco inmaculado hacia algún rincón del salón. Los ha visto ser devorados por ancianos, por niños, por solteros y casados, por parejas y en familia, entre charlas y sonrisas en alegre reunión. Ha envidiado cómo algún trozo de alguno que en su momento estuvo a su lado, viajó a la boca de una hermosa mujer, o de un joven atractivo o de un señor con anteojos en su haber. Se ha entristecido de cómo alguien depositó en la boca de su acompañante, usando un pequeño tenedor, un trozo de alguno semejante a él.
Bien sabido es que la comida en buffet tiene sus beneficios. Bien puedes comer cuantos platillos quieras, repetir de aquel que tanto te gustó, decir de éste sí de aquel no, o preguntar con descaro "oiga, de eso que trae usted, ¿dónde lo encontró?". Y al ser así, cada trozo de placer que ha sido preparado con mano artesanal con tanto ahínco, puede cumplir esa función celestial de darnos gusto al placer más adicitivo que resulta el buen comer.
Mas es también, cual antiguo Estado fascista, foco de discriminación. Y eso es lo que hoy sufre el pequeño trozo de pastel, quien ha sido cambiado de charola, una y otra vez, juntándole con nuevos inquilinos rebosantes de perfección. Suspira y en silencio llora. Quizás supone que su fin sea el fondo de una bolsa negra, junto a los restos deshechados, a los que cayeron al suelo, a los que mal no fueron devorados en su totalidad. La basura piensa, será mi condenación.
¿Cuál ha sido su pecado para tener tan cruel destino? ¿Qué ojos son los que juzgan su apariencia, otrora perfecta, y que ahora sólo perciben una achocolatada abominación? ¿Quién pudo crearle esas marcas permanentes que hacen que quien está a punto de entregarlo a su acompañante, con firmeza exclame: "¡el magullado no!"? Quizás un niño travieso lo dañó de muerte. Quizás una mano torpe, o unos ojos cansados, miopes, no distinguieron bien sus bordes y le ocasionaron las cicatrices que ahora lo tienen en ese extraño limbo de olvido, existencia y frustración.
"De la vista nace el amor", le han dicho entre risas sus cofraternos de mesón. Él, resignado sobrevive con la esperanza de endulzar el paladar de quien no lo elija por su físico y sí por su dulce corazón. Yo, ajeno a toda esta disertación, me acerco al placentero rincón de los postres donde los olores y sabores se combinan en un paraíso terrenal. Miro al pequeño pastel mancillado y, de sostenerme la mirada, casi siento su incapacidad. Se avergüenza y se esconde: ¡no soportará un rechazo más! Al clavarle la mirada, llego a una conclusión: "algo bueno habrá tenido, pese a su mala condición". Tomo las pinzas y con cuidado lo deposito sobre plato blanco inmaculado, "endulzame la vida, trozo a trozo, hasta tu inminente extinción". Él, aliviado, suspira, "¡por fin, el noble caballero me escogió!". Y al momento de probarlo yo sonrío y él, contento, agradece mi elección.
domingo, 2 de septiembre de 2012
La orca de mi hermano
Como publiqué en el face recientemente ante la noticia de la abuelita septuagenaria que arruinó una pintura del siglo XIX al intentar restaurarla (pueden leer aquí la nota), recordé una historia familiar similar que hoy, con la venia de mi madre, escribo aquí.
Ocurrió pues hace algunos años cuando mi hermano mayor tenía ocho años. Yo por esos entonces rondaba los dos años apenas, por lo que esta historia que ahora cuento la conocí muchos años después, contada de primera mano por mi madre, un día en que las cajas con fotos, libretas, documentos y dibujos eran ordenadas. Mi hermano siempre fue un ávido lector. Desde niño se devoraba libro tras libro, cosa que a la fecha aún sigue haciendo. Creo que no conozco a alguien que haya leído tantos libros como él. Pero también, como todo niño, mi hermano pasó por esa etapa de dibujante que incluso se extendió hasta su adolescencia. Esa etapa infantil en que con unos crayones uno es feliz pintando el mundo que a uno le rodea.
Buena combinación el dibujo y la lectura, más para un niño, abriéndole horizontes y fomentando destrezas. En esos días mi hermano leía todo lo que tuviera que ver con el mar: piratas, batallas épicas, vikingos, buques de guerra de la segunda guerra mundial o de hace doscientos años, y por supuesto de sus habitantes. Una tarde al regresar mi madre del trabajo se encontró en la mesa, entre crayones y lápices de madera tirados y fruta roída, con una verdadera obra maestra. Emergiendo de entre las profundidades marinas, la ballena asesina, una orca majestuosa nadaba en el océano azul de una hoja blanca de papel. ¿Imaginas al artista trabajando? Míralo ahí, observando sus libros regados sobre la cama para darse ideas de qué dibujar. Ahora lo tienes allá, buscando entre sus cuadernos y libros de escuela todos sus materiales artísticos, mientras por momentos la televisión lo distrae de su actividad pero inmediatamente retoma la idea perseguida. Y en estos momentos está sentado en la silla del comedor, apoyado en la mesa, iniciando su obra, va y viene a su cuarto para consultar sus libros y no cometer error alguno en el cetáceo, y es hasta la cuarta vez que se da cuenta que es más fácil si trae el libro a la mesa. Pero el perfil artístico no fluye trabajando sobre la mesa, y ahora se encuentra en el suelo tirado, mordisqueando su lápiz, susurrando su próximo paso, con la panza sobre el suelo y agitando los pies en un ir y venir como si él mismo fuera un pez en ese universo profundamente azulado. Y es así que poco a poco ese gigante de los océanos comienza a tomar forma. Ahora, bien delínea cuidadosamente sus aletas, su cuerpo y su boca, nadando de perfil a lo largo de la hoja, y cerca de él nadarán otros peces que piensan que al enemigo entre más cercano esté mejor, y algunas algas marinas en el borde inferior de su hoja adornarán la escena, y un buzo, con su equipo y aletas artificiales y las típicas burbujitas que salen de su máscara también existirán en ese lienzo, mientras con su cámara submarina tratará de fotografiar al mamífero de blanco y negro. Quizás mi hermano sea ese buzo a tan sólo unos metros de ese asesino de las profundidades.
Cuánto tiempo le lleva terminar su dibujo nadie lo sabe. Seguro si nos distraemos de la tarea de contar esta historia que ahora nos hemos propuesto narrar, y llamamos a mi hermano para preguntarle, ni siquiera recordará tal dibujo o cuándo lo hizo. Pero ahí está. Terminado. Sobre la mesa. Rebosante de orgullo y felicidad por existir y estar terminado. La ballena asesina será el título de su dibujo. Pero el artista está cansado. Si bien uno, ignaro en las cosas del arte y de la creación artísitca, no comprende el cansancio que trae consigo el colorear por aquí y dibujar más allá, pero él lo siente en el cuerpo. Llega a su cama y se duerme sin maltratar sus libros pero tampoco sin recogerlos. Y al poco tiempo mi madre ya está admirando lo que su primer hijo ha hecho durante su ausencia.
Mi madre tomó el dibujo entre sus manos, sorprendida por la habilidad de mi hermano. Pero al momento se dio cuenta que no estaba terminado. Con el primer crayón negro que tuvo a su alcance dibujó, trazó y esbozó, más con cariño que con sabiduría en asuntos del mar, eso que ella creía ausente en el dibujo de mi hermano. Ahora sí, pensó para sí misma, sólo restaba ser firmado. El joven artista despertó más tarde, seguramente a causa del olor de la cena que ya salía de la cocina. No pudo distinguir inmediatamente si había soñado con su dibujo o si era real. Pero cuando llegó a la mesa del comedor, aun restregándose los adormilados ojos, al ver sus lápices y crayones regados recordó la obra que había hecho hacía unas horas. Corrió hacia la mesa, tomó su obra y enmudeció.
- Lávate las manos y recoge tus cosas que ya vamos a cenar. Te quedó muy bonito tu dibujo de la orca, pero le faltaba su ojito y ya se lo puse, asintió mi madre. Mi hermano seguía viendo su dibujo como si aquello que tenía entre sus manos no hubiera sido lo que hasta hace unas horas él había dibujado. Como si fuera todo menos una orca.
- Pero madre, a las orcas no se les ven los ojitos, los tienen aquí en la manchita oscura que dibujé, casi no se les ven, contestó mi hermano.
- ¿Qué esa no es su ceja?, repuso mi madre.
- Las orcas no tienen cejas, decía mi hermano mientras le enseñaba alguna de tantas ilustraciones que venían en su libro. Yo iba a enviárselo a Ramon Bravo, el que bucea con tiburones, pero así ya no se lo puedo mandar.
Esta historia me la ha contado muchas veces mi madre. Es natural entender que a estas alturas de la narración ella tiene un nudo en la garganta y se reprocha el cómo pudo echar a perder el dibujo de su hijo. Es cierto que mi hermano ya no envío su dibujo al que buceaba con tiburones, pero ni el rencor ni el enojo son cosas de niños felices. Él pegó su dibujo en la pared de su cuarto, le dio un beso a su hermano y a su madre y los tres cenaron contentos, porque al día siguiente había que ir a la escuela, a platicar de barcos, de piratas y de discutir con sus amigos dónde tienen sus ojos las ballenas asesinas.
Ocurrió pues hace algunos años cuando mi hermano mayor tenía ocho años. Yo por esos entonces rondaba los dos años apenas, por lo que esta historia que ahora cuento la conocí muchos años después, contada de primera mano por mi madre, un día en que las cajas con fotos, libretas, documentos y dibujos eran ordenadas. Mi hermano siempre fue un ávido lector. Desde niño se devoraba libro tras libro, cosa que a la fecha aún sigue haciendo. Creo que no conozco a alguien que haya leído tantos libros como él. Pero también, como todo niño, mi hermano pasó por esa etapa de dibujante que incluso se extendió hasta su adolescencia. Esa etapa infantil en que con unos crayones uno es feliz pintando el mundo que a uno le rodea.
Buena combinación el dibujo y la lectura, más para un niño, abriéndole horizontes y fomentando destrezas. En esos días mi hermano leía todo lo que tuviera que ver con el mar: piratas, batallas épicas, vikingos, buques de guerra de la segunda guerra mundial o de hace doscientos años, y por supuesto de sus habitantes. Una tarde al regresar mi madre del trabajo se encontró en la mesa, entre crayones y lápices de madera tirados y fruta roída, con una verdadera obra maestra. Emergiendo de entre las profundidades marinas, la ballena asesina, una orca majestuosa nadaba en el océano azul de una hoja blanca de papel. ¿Imaginas al artista trabajando? Míralo ahí, observando sus libros regados sobre la cama para darse ideas de qué dibujar. Ahora lo tienes allá, buscando entre sus cuadernos y libros de escuela todos sus materiales artísticos, mientras por momentos la televisión lo distrae de su actividad pero inmediatamente retoma la idea perseguida. Y en estos momentos está sentado en la silla del comedor, apoyado en la mesa, iniciando su obra, va y viene a su cuarto para consultar sus libros y no cometer error alguno en el cetáceo, y es hasta la cuarta vez que se da cuenta que es más fácil si trae el libro a la mesa. Pero el perfil artístico no fluye trabajando sobre la mesa, y ahora se encuentra en el suelo tirado, mordisqueando su lápiz, susurrando su próximo paso, con la panza sobre el suelo y agitando los pies en un ir y venir como si él mismo fuera un pez en ese universo profundamente azulado. Y es así que poco a poco ese gigante de los océanos comienza a tomar forma. Ahora, bien delínea cuidadosamente sus aletas, su cuerpo y su boca, nadando de perfil a lo largo de la hoja, y cerca de él nadarán otros peces que piensan que al enemigo entre más cercano esté mejor, y algunas algas marinas en el borde inferior de su hoja adornarán la escena, y un buzo, con su equipo y aletas artificiales y las típicas burbujitas que salen de su máscara también existirán en ese lienzo, mientras con su cámara submarina tratará de fotografiar al mamífero de blanco y negro. Quizás mi hermano sea ese buzo a tan sólo unos metros de ese asesino de las profundidades.
Cuánto tiempo le lleva terminar su dibujo nadie lo sabe. Seguro si nos distraemos de la tarea de contar esta historia que ahora nos hemos propuesto narrar, y llamamos a mi hermano para preguntarle, ni siquiera recordará tal dibujo o cuándo lo hizo. Pero ahí está. Terminado. Sobre la mesa. Rebosante de orgullo y felicidad por existir y estar terminado. La ballena asesina será el título de su dibujo. Pero el artista está cansado. Si bien uno, ignaro en las cosas del arte y de la creación artísitca, no comprende el cansancio que trae consigo el colorear por aquí y dibujar más allá, pero él lo siente en el cuerpo. Llega a su cama y se duerme sin maltratar sus libros pero tampoco sin recogerlos. Y al poco tiempo mi madre ya está admirando lo que su primer hijo ha hecho durante su ausencia.
Mi madre tomó el dibujo entre sus manos, sorprendida por la habilidad de mi hermano. Pero al momento se dio cuenta que no estaba terminado. Con el primer crayón negro que tuvo a su alcance dibujó, trazó y esbozó, más con cariño que con sabiduría en asuntos del mar, eso que ella creía ausente en el dibujo de mi hermano. Ahora sí, pensó para sí misma, sólo restaba ser firmado. El joven artista despertó más tarde, seguramente a causa del olor de la cena que ya salía de la cocina. No pudo distinguir inmediatamente si había soñado con su dibujo o si era real. Pero cuando llegó a la mesa del comedor, aun restregándose los adormilados ojos, al ver sus lápices y crayones regados recordó la obra que había hecho hacía unas horas. Corrió hacia la mesa, tomó su obra y enmudeció.
- Lávate las manos y recoge tus cosas que ya vamos a cenar. Te quedó muy bonito tu dibujo de la orca, pero le faltaba su ojito y ya se lo puse, asintió mi madre. Mi hermano seguía viendo su dibujo como si aquello que tenía entre sus manos no hubiera sido lo que hasta hace unas horas él había dibujado. Como si fuera todo menos una orca.
- Pero madre, a las orcas no se les ven los ojitos, los tienen aquí en la manchita oscura que dibujé, casi no se les ven, contestó mi hermano.
- ¿Qué esa no es su ceja?, repuso mi madre.
- Las orcas no tienen cejas, decía mi hermano mientras le enseñaba alguna de tantas ilustraciones que venían en su libro. Yo iba a enviárselo a Ramon Bravo, el que bucea con tiburones, pero así ya no se lo puedo mandar.
Esta historia me la ha contado muchas veces mi madre. Es natural entender que a estas alturas de la narración ella tiene un nudo en la garganta y se reprocha el cómo pudo echar a perder el dibujo de su hijo. Es cierto que mi hermano ya no envío su dibujo al que buceaba con tiburones, pero ni el rencor ni el enojo son cosas de niños felices. Él pegó su dibujo en la pared de su cuarto, le dio un beso a su hermano y a su madre y los tres cenaron contentos, porque al día siguiente había que ir a la escuela, a platicar de barcos, de piratas y de discutir con sus amigos dónde tienen sus ojos las ballenas asesinas.
jueves, 16 de agosto de 2012
La peor frase
Un amigo cercano, con motivo de una enorme felicidad que lo inunda, publicó en el face una frase que hizo que cayera en una reflección; en ésta que ahora estoy escribiendo. Por favor, si lees esto (y sé que algunos amigos en común leerán esto y sabrán de quién hablo) no pienses que es en alusión tuya: es una estricta meditación en torno a mi propia existencia, a mi propio presente y pasado. Conclusión personal a la que yo llego y que aquí comparto. Sólo eso y nada más.
Pues bien, empecemos con la pregunta central de mi reflexión (ya ni sé si escribe con x o con doble c, señor ilumíname la entendedera...): ¿Cuál es la peor frase que puedes decir a tu alrededor, a tu gente, al mundo entero y que no tenga que ver con cuestiones de salud? El acercamiento con la muerte siempre trae malas noticias. Cualquier frase cercana a un estado de salud delicado siempre ocasionará preocupación y tristeza en el círculo cercano, por ello las descartamos. Enseguida, podríamos empezar por clasificarlas según el ámbito en el que se centran: laborales-académicas, sexuales-personales y afectivas-personales. Ahora explicaré cuáles son cada una de ellas y enumerararé las posibles frases más horrorosas, para al final exponer, de manera personal, cuál es la que considero la peor de todas.
Perder el empleo, que haya quebrado nuestro negocio, sufrir un asalto, ser expulsado de la escuela, reprobar un examen, todas ellas indudablemente son malas noticias, terribles para nuestros seres queridos. Calan en los huesos, hieren al momento de ser mencionadas. Pero tienen una virtud: sanan fácilmente. En nuestras manos está la manera de alcanzar la curación ante una acción y una noticia tan abrumadora como alguna de ellas. Trabajo, estudio, disciplina, fortaleza, esfuerzo y dedicación bien combinadas pueden ayudar a librar rápidamente este mal momento. No es aquí lamentablemente donde encontraremos nuestra frase tenebrosa. Que pena.
Anunciar que eres gay/lesbiana, que serás madre soltera, que eres una mujer sexualmente activa (esto va muy enraizado en el machismo, o más bien dicho, en el menosprecio a la mujer, otro día discutiremos acerca de esto), que sufres de alguna conducta sexual que raya no sólo en lo pervertido sino en lo jurídicamente ilegal, definitivamente trascienden en tu vida. Tu vida quedará marcada, definida por este comportamiento. No habrá posibilidad alguna de que alcances a separarte de estos hechos porque simplemente son reflejo de lo que eres. Te definen y es inevitable. Conviven contigo en tu caminar, en tu hablar, en tu despertar y en cada momento porque no hay manera de que te separes de ti mismo. Es algo con lo que deberás vivir hasta el resto de tus días, y que la gente cercana a ti deberá aceptarlo. De lo contrario, corres el riesgo de ser aislado, separado, ¡expulsado de tu comunidad! ¿Cómo podría ser que anunciar lo que somos sea terrible? Hacemos lo que somos pues es lo que nos define. Falsas amistades y lealtades nos rodean si al anunciar frases semejantes sufrimos rechazo. Trágico el panorama se pinta en este esquema, pero nuevamente no se encuentra aquí la frase buscada, lo cual es verdaderamente lamentable.
Por reducción sospechamos que la peor frase la encontraremos en la última clasificación, las afectivo-personales. "Me caso", "hemos terminado", "nos divorciamos", "hemos decidido vivir juntos", "l@ odi@"... Frases que al ser pronunciadas retumban en nosotros mismos y en todo nuestro círculo cercano, algunas de ellas asemejan buenas noticias pero otras más traen consigo tristezas, amarguras y desilusiones. Enfrentar un divorcio o una separación es complicado para todos quienes nos rodean. Es reiniciar nuestra vida, comenzar una nueva etapa donde no estará más esa persona con quien, para bien o para mal, compartimos mucho o poco. Sin embargo, no son aquellas portadoras de malos augurios las que considero las peores. Son las buenas, las que vinculan y entrelazan a dos, únicamente a dos, las que destrozan emociones y lapidan sentimientos. Un " te amo" es nocivo. Se vuelve adictivo, se exije repetirlo más veces o no volver a decirlo nunca. Si alguno de los dos lo dice, obliga a una reacción inmediata de la otra, que será probablemente todo menos sincera. ¡Se vuelve un parteaguas en la relación! Hiere en lo más hondo porque se clava profundo. Une a dos personas no sólo durante el momento en que la palabra resuena en el ambiente, en su espacio, sino perdura, vive eternamente en las mentes y en los corazones de quienes vincula. Un "te amo" sella un pacto no escrito entre ellos que las entrelazará eternamente hasta que una de las dos ya no exista más. Sólo la muerte de alguno de ellos silenciará tal palabra del aire de estos dos entrelazados, porque existirá y vivirá entre ellos por siempre.
Cuánta maldad encierra la conjunción de un monosílabo y un bisílabo. Bien se comprueba que el mal por donde menos pensamos, ¡de pronto aparece! Mas hay una frase aun más perversa. Quizás sea imposible de creerlo, pero así es. Porque un "te amo" es secreto de dos, encerrado en un susurro nocturno, dentro de ese pacto íntimo que sólo conocen dos y nada más que ellos dos. Pero cuando estás enamorado, gritar a los cuatro vientos dentro de tu círculo cercano "¡por fin he encontrado el amor de mi vida!", o señalarle a la prenda amada "¡eres el amor de mi vida!" es sin duda la crueldad más grande jamás realizada por ser humano. Merecería el mayor castigo. La soledad eterna quizá o el olvido inmediato. Sí, la peor frase es ésta. ¿Cómo puedes decir que es el amor de tu vida? ¿Cómo puedes estar tan seguro, si aun te faltan por conocer a tantas personas más? Es que esa conclusión de "haber encontrado al amor de tu vida" es precisamente lo que te hará truncar de tajo las posibilidades de conocer a otras personas que probablemente te nutran y aviven tu vida más de lo que la persona señalada lo hace ahora. Bien, quizás el argumento futuro lo tomarán muchos como absurdo: no puedo compararlo con algo que aún no conozco. Y es justo allí donde está la peor perversión de esta frase, que destruye y corrompe no sólo el presente y futuro, sino que lacera de muerte el pasado. Y todas las demás personas anteriores, ¿dónde quedan? ¿Es acaso que de pronto, tras el sencillo evento de conocer a alguien, se volvieron polvo? ¿No existieron, no perduraron, no fueron trascendentes en tu vida? ¡Por supuesto que lo fueron! ¿Es acaso que esos años compartidos, o los fines de semana de escape nocturno, o el primer beso dado, o tantos hoteles juntos, o la primer noche pasada en los brazos de alguien, de pronto se esfumaron por el minúsculo imprevisto de haber conocido a alguien más? ¿Y dónde dejamos los sentimientos que desbordaban sobre nosotros aquellos que ahora no recuerdo porque he encontrado al amor de mi vida? ¿Dónde escondemos las palabras que pronunciamos y que dijimos sin recelo porque era lo que sentíamos en ese momento y que, por lo tanto, era sincero? ¿Dónde apilamos las caricias que tantas veces nos consolaron y que nunca pidieron nada a cambio más que pasar el tiempo, ¡ese tiempo!, con nosotros? ¿Es acaso que no valen nada porque simplemente, caminando por la vida, tropecé muy probablemente por accidente, con alguien que ahora ubico, pienso, señalo, represento como el amor de mi vida? ¿Es acaso que la sonrisa que ahora recibo del amor de mi vida es más sincera que aquella que recibí, una mañana de alguien que ni su nombre recuerdo? ¿Cómo puedo albergar tanta crueldad en señalar "es éste y nada más señoras y señores, el verdadero y único amor de mi vida"? ¿Es acaso que por un momento, al pronunciar estas funestas palabras, pensé en la interminable lista de personas con las que viví en su mente, sobre las que abrebé en su pecho, con quienes respiré en su corazón y compartí un instante que duró un día, un mes o un verano? ¡Qué monstruo puede ser aquel capaz de abrumar presentes, destruir futuros y borrar pasados al pronunciar estas palabras! Sin lugar a dudas el peor de todos.
Mas no estoy aquí únicamente para señalar y huir, para destruir sin proponer, oh serpiente repulsiva que emponzoñas y te alejas reptando sin mirar atrás el mal que has causado. Vengo aquí con ustedes, con acusaciones claras y soluciones en mano. Ante las abominables consecuencias de estas dos frases maléficas, ominosas, la solución es sencilla: dilas a todos en todo momento. Di a todos que los amas. Confiésales a todos que fuiste, has sido o serás "el amor de mi vida". ¡No lo dudes o no lo digas nunca! Que bajo el esquema del amor, nunca será el amor demasiado, ni será suficiente el tiempo para mirar caer la lluvia tomado acogedoramente del brazo amado.
Pues bien, empecemos con la pregunta central de mi reflexión (ya ni sé si escribe con x o con doble c, señor ilumíname la entendedera...): ¿Cuál es la peor frase que puedes decir a tu alrededor, a tu gente, al mundo entero y que no tenga que ver con cuestiones de salud? El acercamiento con la muerte siempre trae malas noticias. Cualquier frase cercana a un estado de salud delicado siempre ocasionará preocupación y tristeza en el círculo cercano, por ello las descartamos. Enseguida, podríamos empezar por clasificarlas según el ámbito en el que se centran: laborales-académicas, sexuales-personales y afectivas-personales. Ahora explicaré cuáles son cada una de ellas y enumerararé las posibles frases más horrorosas, para al final exponer, de manera personal, cuál es la que considero la peor de todas.
Perder el empleo, que haya quebrado nuestro negocio, sufrir un asalto, ser expulsado de la escuela, reprobar un examen, todas ellas indudablemente son malas noticias, terribles para nuestros seres queridos. Calan en los huesos, hieren al momento de ser mencionadas. Pero tienen una virtud: sanan fácilmente. En nuestras manos está la manera de alcanzar la curación ante una acción y una noticia tan abrumadora como alguna de ellas. Trabajo, estudio, disciplina, fortaleza, esfuerzo y dedicación bien combinadas pueden ayudar a librar rápidamente este mal momento. No es aquí lamentablemente donde encontraremos nuestra frase tenebrosa. Que pena.
Anunciar que eres gay/lesbiana, que serás madre soltera, que eres una mujer sexualmente activa (esto va muy enraizado en el machismo, o más bien dicho, en el menosprecio a la mujer, otro día discutiremos acerca de esto), que sufres de alguna conducta sexual que raya no sólo en lo pervertido sino en lo jurídicamente ilegal, definitivamente trascienden en tu vida. Tu vida quedará marcada, definida por este comportamiento. No habrá posibilidad alguna de que alcances a separarte de estos hechos porque simplemente son reflejo de lo que eres. Te definen y es inevitable. Conviven contigo en tu caminar, en tu hablar, en tu despertar y en cada momento porque no hay manera de que te separes de ti mismo. Es algo con lo que deberás vivir hasta el resto de tus días, y que la gente cercana a ti deberá aceptarlo. De lo contrario, corres el riesgo de ser aislado, separado, ¡expulsado de tu comunidad! ¿Cómo podría ser que anunciar lo que somos sea terrible? Hacemos lo que somos pues es lo que nos define. Falsas amistades y lealtades nos rodean si al anunciar frases semejantes sufrimos rechazo. Trágico el panorama se pinta en este esquema, pero nuevamente no se encuentra aquí la frase buscada, lo cual es verdaderamente lamentable.
Por reducción sospechamos que la peor frase la encontraremos en la última clasificación, las afectivo-personales. "Me caso", "hemos terminado", "nos divorciamos", "hemos decidido vivir juntos", "l@ odi@"... Frases que al ser pronunciadas retumban en nosotros mismos y en todo nuestro círculo cercano, algunas de ellas asemejan buenas noticias pero otras más traen consigo tristezas, amarguras y desilusiones. Enfrentar un divorcio o una separación es complicado para todos quienes nos rodean. Es reiniciar nuestra vida, comenzar una nueva etapa donde no estará más esa persona con quien, para bien o para mal, compartimos mucho o poco. Sin embargo, no son aquellas portadoras de malos augurios las que considero las peores. Son las buenas, las que vinculan y entrelazan a dos, únicamente a dos, las que destrozan emociones y lapidan sentimientos. Un " te amo" es nocivo. Se vuelve adictivo, se exije repetirlo más veces o no volver a decirlo nunca. Si alguno de los dos lo dice, obliga a una reacción inmediata de la otra, que será probablemente todo menos sincera. ¡Se vuelve un parteaguas en la relación! Hiere en lo más hondo porque se clava profundo. Une a dos personas no sólo durante el momento en que la palabra resuena en el ambiente, en su espacio, sino perdura, vive eternamente en las mentes y en los corazones de quienes vincula. Un "te amo" sella un pacto no escrito entre ellos que las entrelazará eternamente hasta que una de las dos ya no exista más. Sólo la muerte de alguno de ellos silenciará tal palabra del aire de estos dos entrelazados, porque existirá y vivirá entre ellos por siempre.
Cuánta maldad encierra la conjunción de un monosílabo y un bisílabo. Bien se comprueba que el mal por donde menos pensamos, ¡de pronto aparece! Mas hay una frase aun más perversa. Quizás sea imposible de creerlo, pero así es. Porque un "te amo" es secreto de dos, encerrado en un susurro nocturno, dentro de ese pacto íntimo que sólo conocen dos y nada más que ellos dos. Pero cuando estás enamorado, gritar a los cuatro vientos dentro de tu círculo cercano "¡por fin he encontrado el amor de mi vida!", o señalarle a la prenda amada "¡eres el amor de mi vida!" es sin duda la crueldad más grande jamás realizada por ser humano. Merecería el mayor castigo. La soledad eterna quizá o el olvido inmediato. Sí, la peor frase es ésta. ¿Cómo puedes decir que es el amor de tu vida? ¿Cómo puedes estar tan seguro, si aun te faltan por conocer a tantas personas más? Es que esa conclusión de "haber encontrado al amor de tu vida" es precisamente lo que te hará truncar de tajo las posibilidades de conocer a otras personas que probablemente te nutran y aviven tu vida más de lo que la persona señalada lo hace ahora. Bien, quizás el argumento futuro lo tomarán muchos como absurdo: no puedo compararlo con algo que aún no conozco. Y es justo allí donde está la peor perversión de esta frase, que destruye y corrompe no sólo el presente y futuro, sino que lacera de muerte el pasado. Y todas las demás personas anteriores, ¿dónde quedan? ¿Es acaso que de pronto, tras el sencillo evento de conocer a alguien, se volvieron polvo? ¿No existieron, no perduraron, no fueron trascendentes en tu vida? ¡Por supuesto que lo fueron! ¿Es acaso que esos años compartidos, o los fines de semana de escape nocturno, o el primer beso dado, o tantos hoteles juntos, o la primer noche pasada en los brazos de alguien, de pronto se esfumaron por el minúsculo imprevisto de haber conocido a alguien más? ¿Y dónde dejamos los sentimientos que desbordaban sobre nosotros aquellos que ahora no recuerdo porque he encontrado al amor de mi vida? ¿Dónde escondemos las palabras que pronunciamos y que dijimos sin recelo porque era lo que sentíamos en ese momento y que, por lo tanto, era sincero? ¿Dónde apilamos las caricias que tantas veces nos consolaron y que nunca pidieron nada a cambio más que pasar el tiempo, ¡ese tiempo!, con nosotros? ¿Es acaso que no valen nada porque simplemente, caminando por la vida, tropecé muy probablemente por accidente, con alguien que ahora ubico, pienso, señalo, represento como el amor de mi vida? ¿Es acaso que la sonrisa que ahora recibo del amor de mi vida es más sincera que aquella que recibí, una mañana de alguien que ni su nombre recuerdo? ¿Cómo puedo albergar tanta crueldad en señalar "es éste y nada más señoras y señores, el verdadero y único amor de mi vida"? ¿Es acaso que por un momento, al pronunciar estas funestas palabras, pensé en la interminable lista de personas con las que viví en su mente, sobre las que abrebé en su pecho, con quienes respiré en su corazón y compartí un instante que duró un día, un mes o un verano? ¡Qué monstruo puede ser aquel capaz de abrumar presentes, destruir futuros y borrar pasados al pronunciar estas palabras! Sin lugar a dudas el peor de todos.
Mas no estoy aquí únicamente para señalar y huir, para destruir sin proponer, oh serpiente repulsiva que emponzoñas y te alejas reptando sin mirar atrás el mal que has causado. Vengo aquí con ustedes, con acusaciones claras y soluciones en mano. Ante las abominables consecuencias de estas dos frases maléficas, ominosas, la solución es sencilla: dilas a todos en todo momento. Di a todos que los amas. Confiésales a todos que fuiste, has sido o serás "el amor de mi vida". ¡No lo dudes o no lo digas nunca! Que bajo el esquema del amor, nunca será el amor demasiado, ni será suficiente el tiempo para mirar caer la lluvia tomado acogedoramente del brazo amado.
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